27 agosto,2026 6:32 am

20 de Agosto de 1967. Un crimen de estado

 

(Tercera y última parte)

Anituy Rebolledo Ayerdi

El Coprerazo

La mecha se prendió en el portal del edificio de la Coprera con la llegada de un numeroso grupo de copreros antagónicos, pretendiendo participar en la asamblea. Adentro, mientras tanto, se festejaba con música, barbacoa y mezcal una suerte de “no cumpleaños” de la URPC. No pueden pasar, les dijo uno de los muchos porteros; adentro ya no había campo.
Los recién llegados procedían en su mayor parte de la Costa Grande. Habían viajado en camiones especiales. Desembarcaron casi en el cruce de las avenidas Pie de la Cuesta y Ejido. Ahí, el mayor Óscar Figueroa, agente de la Secretaría de Gobernación, había verificado el cacheo de cada campesino por parte de agentes de la Policía Judicial. Ninguno portaba armas de ningún tipo. “Venimos desnudos”, aclaró uno de aquellos.
Al frente del contingente marchaba Julio Berdeja. Se había proclamado meses atrás líder auténtico de la URPC, al tiempo de ser declarada irregular la elección cuatro meses antes del diputado federal César del Ángel cuyo secretario particular, Alberto Véjar González, sin soltar nunca un portafolio negro, daba muestras de un protagonismo excesivo. Sabedor de que su jefe era buscado “como cosa de comer”, lo protegía quizás mediante el artilugio de atraer la atención sobre él.

Los amigos

La puerta de la Coprera se había encargado a uno de los amigos más conspicuos de los sugeridos por el gobernador Raymundo Abarca Alarcón. Era Constancio Hernández, El Zanatón, amu-rallado tras la gran puerta de cristal de varias pulgadas de espesor, y cuya actitud era la esperada. “Aquí no pasa ningún hijo de la chingada”, escupe cuando César del Ángel le exige, también alvaradeñamente, hablar con el dirigente de la URPC. Luego vendrá una frase lapidaria: ¡“Sólo muerto pasas, diputadito de mierda!”, y entonces la tragedia se hilvanará en cuestión de segundos.
Del Ángel responde con un “¡ábrenos negro, hijo de tu puta madre”!… coreado ruidosamente por el grupo que lo sigue.
Alberto Véjar le entrega a su jefe Del Angel un portafolio negro del que aquel saca una pistola escuadra y con ella que golpea la puerta. Atrás de ellos ha crecido el número de disidentes; exigen el paso a grandes voces.
“¡También es nuestra casa… déjennos pasar o tumbamos la puerta”… desgraciados maño-sos”!
La hoja derecha del portón de cristal sucumbe ante la feroz embestida de las puntiagudas botas vaqueras de Véjar y no hay tiempo para festejar la acción.
Simultáneamente con el estrépito de cristales, se produce una descarga de pistola. Es la de Constancio Martínez, El Zanatón, quien ha disparado su .38 Súper sobre la humanidad de Alberto Véjar. Tocado, este lanza un lamento estentóreo y mientras cae acciona su arma cuya bala le vacía un ojo al Zanatón, que no muere. Será entonces cuando se generalice la balacera de la Coprera. Más de cien bocas de fuego, introducidas al edificio durante la madrugada, ejecutan una sinfonía de muerte y dolor.
Prisciliano Peña, un joven campesino de Tenexpa, intenta apoderarse de la pistola abandonada por Véjar, pero apenas logra tomarla es abatido por dos policías judiciales, de los que asistirían por órdenes del gobernador.
El líder disidente Julio Berdeja logra con su hermana abandonar La Coprera pero son abatidos al intentar cruzar la calle. Ella muere, él queda paralítico de por vida.
A pocos metros de Berdeja y su hermana quedó el cuerpo destrozado de un pequeño vendedor de paletas. Se había guarecido detrás de una camioneta Pickup, estacionada frente a la Coprera. Al vehículo se le contaron más tarde 70 impactos de bala
Junto al poste de una esquina quedó el pistolero importado por manejar el M1 como si fuera resortera. El Alacrancito
El diputado federal César del Ángel, confundido con su secretario Alberto Véjar, muerto a manos de El Zanatón, consigue huir atravesando un baldío posterior a la Coprera. Lo hará sin soltar nunca el portafolios negro. Más tarde perderá el fuero y purgará dos años de prisión.
La cacería durará varios minutos desde el primer piso y la azotea del edificio de la Coprera. Todo lo que se moviera sería blanco para los perros de caza. Centenares de campesinos permanecerán inmóviles hasta la llegada de las fuerzas militares

Los cargos

El gobernador Abarca escondido en la 27 Zona Militar, cuya intervención solicitó, ahora sí, personalmente, responsabiliza de la matanza a César del Ángel (antes había hecho lo mismo con Lucio Cabañas y Genaro Vázquez). Acusa al diputado veracruzano de provocación e incitación a la violencia. Rechaza que la policía estatal haya disparado.
El legislador Del Ángel rechaza los cargos del gobernador y por su parte lo acusa de premeditación en el ametrallamiento de campesinos. El gobierno de Guerrero –asegura–, está sostenido por matones a sueldo.
Ninguno de los dos personajes estará aquel mediodía en la avenida Ejido para vomitar de dolor e indignación frente al dantesco espectáculo. Tendidos sobre el concreto hirviente, 27 campesinos asesinados y 156 lesionados, víctimas de la ineptitud, la demagogia, y la corrupción. El único monumento posible en ese lugar estará dedicado no a las víctimas sino a la impunidad. Hoy mismo, después de casi seis décadas, luce impecable, reluciente.
El gobernador Abarca Alarcón concluirá su sexenio con mucha más pena que gloria. César Del Ángel estará en la cárcel de Chilpancingo de 1967 a 1969. Algunos ejecutores de la matanza, El Zanatón entre ellos, cumplirán breves sentencias de prisión. La Muerte, agradecida por los servicios prestados, se los llevará sin violencia.

¿Y los reporteros?

Los reporteros desbalagados se reúnen finalmente en la puerta del la Coprera. Andrés Bustos Fuentes, Enrique Díaz Clavel y el autor de estas líneas, los tres de Trópico pero también corresponsales de me-dios nacionales e internacio-nales. Son amigos del coman-dante de la 27 Zona Militar, general Salvador del Toro Morán, permitiéndoles ello libre movilidad por el área acordonada. La toma del edificio por el Ejército había sido una auténtica acción guerrera.
“¡Nadie sale: todos pecho tierra y las manos sobre la cabeza!”!, fue el grito de un mayor a los ocupantes del edificio fortaleza. Gritos y llantos de mujeres y menores.
Los participantes en la celebración “huichilopoztliana”,, desfilan por el centro de una valla impenetrable de soldados. Salen primero aterrorizadas mu-jeres y niños. Una veintena de estos, integrantes de la Banda de Música infantil de la colonia La Laja. Hay clamores y llantos. Vendrán finalmente, siempre con las manos sobre la cabeza, los matones. Algunos, además de huérfanos, son cobardes e indignos. Claman inocencia cual mujercitas ante el jefe militar quien los mira con desprecio.

Toby

El general Del Toro Morán representaría al mejor “santaclós” de la temporada. Cuerpo robusto, rostro rubicundo y una bondad que no le cabe en el pecho. Se trata de un militar fuera de serie que esta vez, como antes y después, será cómplice de los reporteros. Entre ellos lo llaman “Toby”, el personaje gordito de la Pequeña Lulú, apodado “La Araña”. Con un guiño los aparta lejos de cualquier mirada, como si temiera algún regaño, para luego deslizarles subrepticia-mente información exclusiva. Información que nunca podría ofrecer en su calidad de comandante de la entonces Zona Militar de Guerrero. Lo mismo había ocurrido en Atoyac, durante la matanza de campesinos de mayo de 1967 –estábamos ya en la de agosto– mes en el que Lucio Cabañas sube a la sierra.
–¿Cómo han podido cometer tal carnicería?, ¡por Dios!, estallará más tarde el general Salvador del Toro Morán, con el rostro congestionado. No lo van a creer, muchachos, pero después de la matanza los hijos de puta se sentaron a comer barbacoa. ¡Bestias! Todos, sin excepción, portan credenciales de policías del estado, algunos son efectivos. ¿Cómo es que el gobierno civil puede hacer tales cosas? ¿Cómo es posible, digo yo que el propio gobernador esté intercediendo en favor de tales carniceros? ¡Allá que sus jueces se los entreguen. Yo, ni madres! ¡Estas si son chingaderas, carajo!
Los hermanos Gallardo habían ofrecido medio millón de pesos al general Del Toro Morán por dejarlos en libertad. “¡Pinches gallinas, ¿no que muy machos los hijos de la chingada!. Ellos, Gonzalo, Demetrio, Luis e Isabel negaron ser copreros, simplemente “invitados de honor”. ¿Las armas? ¡Por lo que pudiera ofrecerse! El arsenal incautado por el Ejército en La Coprera era superior a cualquier revuelta en el Cono Sur:
–Pistolas: 40
–Escopetas: 43
–Rifles M-1: 50
–Rifles M-2: 35
–Máusers: 6
–Puñales: 27

Corona, fotógrafo

Amador Corona, fotógrafo del diario La Verdad fue sin duda el reportero ocho columnas de la dolorosa jornada. Sus tomas oportunísimas hubieran sido de primera plana en cualquier diario del mundo. Una lo fue, efectivamente. Distribuida por la United Press International (UPI). Mostraba en primer plano los cuerpos tocados por las balas y en el fondo el repliegue empavorecido de los copreros.
La gráfica de Coronita será declarada una de las fotografías más oportunas y dramáticas de la prensa mundial en 1967. Su profesionalismo y arrojo serán premiados con un diploma alusivo y algunos billetes verdes. Estos se agotarán en la primera celebración con los colegas.

Periodistas

–Bueno Andrés –preguntamos Bustos y yo– ¿por qué gritabas en la Coprera ¡France Press, France Press! y no ¡Prensa! o ¡Periodista!?
–¡Porque entonces sí me hubieran ametrallado!