13 agosto,2026 6:32 am

20 de agosto de 1967 Un crimen de Estado

Anituy Rebolledo Ayerdi

 

(Primera de tres partes)

France Press… ¡France Press!… clamaba angustiado Andrés Bustos Fuentes mostrando en todo lo alto su identificación de la agencia gala de noticias. Se dirigía a individuos siniestros apuntándole con una artillería brutal, apenas silenciada. Algunas bocas de fuego, aún humeantes, evidenciaban sus recientes exhalaciones letales. Aquellos hombres de ojos extraviados no entendían ni pretendían entender aquella jerigonza repetida una y otra vez. ¡France Press!… ¡France Press!… como si se tratara de un blindaje a prueba de balas o un conjuro contra la violencia. Sin embargo, el arrojo del reportero habrá de servirle como un salvoconducto jamás expedido.

El escenario de tal acción, lúgubre no obstante la luminosidad del 20 de agosto de 1967, tenía como fondo siniestro el edificio de la Unión Regional de Productores de Copra (Coprera, sencillamente), en la avenida Ejido y Calle 6 de este puerto.

Atrás, siguiendo muy de cerca a Bustos Fuentes, los también reporteros Enrique Díaz Clavel y el autor de estas líneas. Aturdidos por la atmósfera letal envolvente –la sangre y la pólvora huelen realmente a muerte y no a otra cosa–, los seguidores se esforzaban por contener la irreflexiva temeridad del tercero. Inútilmente. Andrés avanzaba enarbolando su ¡France Press…! ¡France Press! …ahora en calidad de “ábrete sésamo”, eficaz por lo menos hasta ese momento. Se perderá luego entre un grupo de campesinos aterrorizados, como nosotros mismos, procurando un refugio contra las balas.

Ejido mortal

La anchurosa avenida Ejido fue aquél mediodía un reverberante campo de exterminio. La cubría una dantesca alfombra de cuerpos humanos, hombres y mujeres a partir de la Calle 6 y hasta la empinada conexión con la avenida Pie de la Cuesta. A los sobrevivientes, tendidos boca abajo sobre la plancha de concreto hirviente, los identificaba la inmovilidad y el silencio. Curioso, a los muertos también.

Los primeros soportarán el chuquío desagradable de la sangre formando cuajarones e incluso comerán tierra antes de mostrarse presas fáciles para los halcones disparando desde La Coprera. Los impactos de bala en muertos y lesionados serán todos por la espalda, corroborando así la cobardía de los agresores.

Muchos de aquellos campesinos no habían recibido un rasguño siquiera. Fingieron rigidez cadavérica para eludir la muerte por arma de fuego aunque algunos estuvieron a punto de encontrarla por insolación. Los lesionados, por lo mismo, hubieron de soportar en silencio los dolores de la carne desgarrada por la metralla. Trascendido el peligro, los ayes de dolor, angustiosos y desesperados, tendrán acentos dramáticos.

Estos arreciarán cuando se escuchen el chocar rítmico de los estoperoles castrenses contra el pavimento, anuncio de la llegada del Ejército marchando a paso veloz. Para las víctimas aterradas será como escuchar un coro celestial y quienes puedan hacerlo, ilesos o lesionados, tomarán la vertical y muy pronto las de Villadiego. Otros deberán esperar las urgencias médicas y casi una treintena los servicios funerarios.

La muerte de un niño y tres mujeres hará que la indignación y el repudio populares se expresen en términos aún más enérgicos. Se pedirá castigo ejemplar para los asesinos e incluso la desaparición de los Poderes del Estado. Todo quedará finalmente en la oferta de una ‘’investigación exhaustiva y hasta sus últimas consecuencia para aplicar todo el peso de la ley, caiga quien caiga” (¿Alguien ha escuchado en alguna parte algo similar?).

El paleterito

El cuerpo de aquel infante yacía junto a su carrito de paletas. Con gran sentido de la oportunidad se había instalado desde muy temprano a la puerta principal de La Coprera. “El gentillal y la calor” le auguraban una venta rápida y segura. A lo mejor iba por otro carrito, habría calculado. Todo bien, menos la ubicación.

El chamaco, de 13 o 14 años, estará hora y media más tarde en la línea de fuego de la Coprera. Las cargas que lo acribillen serán las mismas que le quiten la vida a una hermana de Julio Berdeja Guzmán, líder coprero oposicionista, y a él le destrocen las piernas dejándolo inválido para toda la vida.

La URPC

La Unión Regional de Productores de la Copra nace en 1951 con el propósito de unificar a los grandes propietarios y a los ejidatarios, medianos y pequeños productores. Sus propósitos, luchar contra la elevación de impuestos y las arbitrariedades de los funcionarios públicos.

Para el investigador Francisco Gómezjara, las luchas campesinas en la Costa Grande habían respondido casi siempre a las fluctuaciones del mercado mundial de la copra, cuyo comportamiento lo determinaron los períodos de guerra y de paz en los Estados Unidos. El mismo aseguraba que la tensión se encontraba en aquel momento en su punto más alto, mientras el precio de la copra se deslizaba como en tobogán. Las palmeras morían por millares a causa de la “fungosis” y nadie sabía a dónde iban a parar –aunque lo imaginaban– los millones de pesos recaudados por el impuesto de trece centavos por kilogramos de copra”.

“Yo caí cerca de La Coprera”

“¡Ya me cargó la chingada!, me dije, buscándome ansiosamente la herida. Lo primero que pensé fue en mi familia y por mi situación en un compadre balaceado. El me aseguraba que cuando una bala penetra en el cuerpo no se siente dolor , nomás calientito y tantito ardor. Yo no sentía ni lo uno ni lo otro. También decía mi compadre que una bala de 9 milímetros puede derrumbarlo a uno nomás con el puro zumbido. A lo mejor fue lo que me pasó. ¡Ya estará de Dios!, me dije resignado, antes de hacerme el muertito, pero no por mucho tiempo.

Abrí los ojos al escuchar un susurro muy cercano. Era una señora del rumbo, ya grande, con enaguas negras de bolitas y blusa blanca. Trataba de eludir sus propios orines secándose con el rebozo. Para entonces la balacera cerrada ya había pasado y sólo se oían disparos aislados. No te muevas, madrecita, porque te van a matar, le dije. Quietecita y en silencio, madrecita, o no la cuentas, le repetí muy quedito y no me hizo caso. En eso se escucha una sirena como de ambulancia que venía de éste lado (Constituyentes). Y fue entonces cuando miro que mi vecina se lanza al encuentro de la Cruz Roja. No alcanzó a dar ni dos trancos cuando ¡pum!, una bala le destroza la cabeza. ¡Pobrecita!

¡No te levantes, abuelo!

¿¡Por qué, carajos, no me hizo caso el abuelo!? ¡Yo dícele y dícele: no te muevas, abuelo, porque te van a volar la cabeza! ¡Esos hijos de la chingada están disparando a todo lo que se mueve! ¡Come tierra, abuelo, pero no te pares. La tierra no mata, abuelo, las balas, sí! Mi abuelo y yo estábamos separados cosa de metro y medio, él delante de mí. Los chingadazos nos habían agarrado en un lote baldío frente a La Coprera. A los primeros balazos corrimos como alma que lleva el diablo, ¡y vaya que si resultó ligerito el abuelo! Era un hombre grande pero muy correoso y sin vicios.

De no estar muerto, el abuelo se moriría de la risa cuando yo le recordara sus consejos para casos como éste. “Nunca corras en medio de una balacera; lo que hay que hacer es tirarse al suelo para rodar una y otra vez hasta dejar lejos la línea de fuego”. No, no creo que con el miedo se le haya olvidado. ¡No sé qué le pasó, carajo! El abuelo debió desesperarse por lo ardiente del pavimento o quiso tal vez decirme algo. Yo tenía los ojos cerrados cuando escuché el tronido. Se oyó seco como cuando el hacha parte el coco. Le entró por atrás, fue una muerte instantánea. ¿¡Y ahora qué le voy a decir a la abuela!? Tanto que me lo encargó para que no anduviera de coscolino, ¡Chingada madre!… ¿Huerta?, ¿cuál huerta, carajo?… ¡mi abuelo era sacador de coco!

Cojo maldito

Bien dicen que cuando la perra es brava hasta a los de casa muerde. Eso le pasó a un tipo sin una pierna despedazado a balazos frente a La Coprera. Cayó exactamente en el poste de luz de la esquina, atrás del cual se había parapetado para cazar a campesinos. Quién sabe si por la confusión o fue a propósito, el caso fue que lo acribillaron sus propios compañeros. Era un pistolero ‘‘calidad importación”, como presumían ellos. Lo habían traído de Tierra Caliente por su fama de manejar el M-l como si fuera resortera. Le apodaban El Alacrancito”. ¿Como pedir castigo divino para este cojo maldito, si Diosito conoce bien a los de su calaña y los manda derechitos a la lumbrada?

La Ruptura

La Unión Regional de Productores de Copra había abdicado a su independencia gremial para entregarse a los brazos del gobierno del estado. Este participaría de los diez millones de pesos recaudados anualmente por impuestos especiales a la copra y los dirigentes de la URPC tendrían vía libre para ocupar alcaldías, regidurías, diputaciones y otros puestos públicos. Un matrimonio bien avenido bajo el régimen de bienes mancomunados.

La ruptura definitiva entre los grupos tradicionales se produce por millones, alrededor de cuarenta. Cantidad que se había gastado presumiblemente en una campaña fitosanitaria, para combatir una enfermedad grave del cocotero. Se conoció popularmente como “fungosis” y significó real amenaza para la riqueza coprera de Guerrero. Los recursos provenían de un impuesto especial de 13 centavos por kilogramo de copra, cuya producción en aquél momento fue de 70 mil toneladas anuales. La recaudación fiscal significaba los nada despreciables nueve millones de pesos, cada año.

No se incluía en esa contabilidad los casi tres millones de pesos que el gobernador Abarca Alarcón se había agandallado limpiamente al liquidar la Unión Mercantil de Productores de Coco, esta encabezada por el profesor Florencio Encarnación Urzúa. La negativa del mandatario para devolver tal suma fue calificada como un acto de ratería insolente, prepotencia y cinismo.

La injerencia en el asunto de dos secretarios del gobierno federal y aspirantes a la presidencia de la República, le dio una perspectiva distinta y sospechosa. Uno era el profesor Juan Gil Preciado, secretario de Agricultura, teniendo como adelantado en Guerrero al diputado César del Ángel Fuentes. El otro, Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, cuyo cuñado, diputado Rubén Zuno Arce, asesoraba a la URPC por muy buenas piastras.