“¡N… noo! ¡Me vuelas todo!”, un terremoto en el México de Peña Nieto

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Miguel Ángel Alvarado / Foto: Presidencia

Ciudad de México, 10 de septiembre de 2017. El suelo de México se resquebrajó en dos minutos. —¡N… noo! ¡Me vuelas todo!—, decía el presidente de México, Enrique Peña Nieto, a un reportero mientras sostenía su teléfono celular, explicando una grabación que él mismo hizo cuando, esa noche, un terremoto de 8.2 grados en escala de Ritcher, con epicentro a 137 kilómetros al suroeste de Tonalá, Chiapas, cerca de la frontera con Guatemala, sacudió parte del sur del país y algunos estados centrales, con saldo de 90 muertos.

—Es que yo estaba afuera. Sonó la alarma, me bajé y estaba en la parte de abajo, ahí —relataba el mandatario, con el rostro enrojecido y mirada asustada o perdida, nunca se sabrá. Su video muestra un acceso, una puerta de estilo colonial y al fondo una escalera. Se observa el balanceo de una lámpara en ese acceso de la residencia oficial de Los Pinos. Peña intenta, desvelado, una explicación. —…yo no alcancé… yo no alcancé a sentir… aaah… sentir el temblor, yo no lo sentí— respondía Peña al reportero Enrique Sánchez, de Grupo Imagen, en el Centro Nacional de Prevención de Desastres. Pero si el presidente no sintió nada a esa hora de las brujas, a otros 90 ese tremor, minimizado desde ese celular, les costó la vida. Además, otros más de 200 resultaron heridos. Mientras Peña mostraba su video en el Centro Nacional de Prevención de Desastres Naturales, en la Ciudad de México, otros filmaban la tragedia de Juchitán, en Oaxaca. Sin querer, el primer mensaje de Peña salió desde la filmación de ese celular y el “yo no lo sentí” se interpretó como la distancia insalvable que siempre separará al Grupo Atlacomulco del resto de México. Ellos, privilegiados aun en el terremoto —el más duro de los 15 mil 400 que desde hace un año se registran en el país— prefirieron mostrar las habilidades de videoasta de Peña, que pronunciarse de una vez por la emergencia oaxaqueña.

—Pero estuvo largo— le inquirió el reportero— ¿le dijeron cuánto duró? —Sí, sí —dijo Peña, abriendo los ojos unos segundos para después volver la cabeza y buscar ayuda. Su expresión lo dice todo. El responsable de México no tenía los datos elementales para evaluar los daños. No sabe, sólo entiende que tembló y quizá tampoco eso. —No sé… a ver… eeeste… Carlos, ¿cuánto duró el sismo, cuánto tiene registrado de duración?— preguntó Peña a su vez, y el director del Cenapred, Carlos Valdés, le respondió cansino. —Presidente, varía del lugar en el que estamos, pero en la zona blanda de la Ciudad de México podría haber estado cercano a dos minutos, como lo percibe la gente. Éste es el país de Peña Nieto, donde todo es posible. Antes del mediodía Peña tuvo en sus manos, por fin, información concreta: más de 260 réplicas, una de ellas de 6.1 grados; Chiapas y Oaxaca resultaron las entidades más afectadas, y casi dos millones de habitantes sin energía eléctrica, aunque la red de transporte funcionaba correctamente, menos en el Istmo de Tehuantepec, la zona más afectada.

A Peña se le critica todo, incluso sus erratas como camarógrafo cuando, a un año de dejar la Presidencia, entregará números escalofriantes como los 20 mil desaparecidos para el 2017, según el Registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas, en una lista que ni siquiera recaba números confiables, pero que en todo caso significa apenas el 4% denunciado. O las 143 mil fosas clandestinas encontradas desde 2007 que hacen del país un cementerio de proporciones inentendibles desde la barbarie genocida de Guerrero, Michoacán, Veracruz, Tamaulipas, Coahuila y el Estado de México, sólo por ubicar a los estados más sanguinarios, pero que apenas se diferencian del resto, amurallados en sus particulares baños de sangre. No se sabe cómo, junio del 2017 es el mes con mayor número de homicidios, con 2 mil 234 y ha roto un récord que tenía 20 años, ni que la Federación se haya deshecho del patrimonio nacional pasando por encima de todo. Incluso Ayotzinapa puede explicarse desde el teléfono de Peña y su “yo no lo sentí”, que abstrae cualquier cosa.

El presidente, que alguna vez como gobernador del Estado de México dijo que sinceramente no leía, y por otro lado declaraba con el estómago de quien no sabe lo que dice, que había ordenado la represión de San Salvador Atenco, en el 2006, no tiene por qué cambiar. No cambió cuando vio las fotos de los estudiantes asesinados en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico Norte, en Iguala. No se inmutó cuando Marisa Mendoza, pareja del normalista Julio César Mondragón Fontes, le arrojó en la cara las fotos de su esposo, desollado en vida, en la zona industrial de aquella ciudad y le exigió respuestas. Ni siquiera abrió los ojos cuando supo, porque lo supo, que Guerrero y el Estado de México fueron los primeros lugares en homicidios con mil 161 y mil 26 casos, respectivamente. No dijo nada cuando los cuatro escoltas de su primera esposa, Mónica Pretelini, fueron asesinados en Veracruz, confundidos con narcos por supuestos cárteles rivales cuando cuidaban de los niños Peña Pretelini. Tampoco le interesó que quienes asesinaron a esos guardias fueron contactados por su propio gobierno para hacer “un trabajito” en Veracruz, y que funcionarios de esa administración estuvieron involucrados. No tendría por qué hacer nada cuando los alcaldes de la región del Istmo solicitaron a su gobierno una declaratoria de emergencia nacional, la noche del temblor. Peña no tiene por qué conmoverse con un movimiento ondulatorio. Que lo hagan en Juchitán, donde todo lo que puede pasar durante un sismo de 8.2 grados les pasó sin más. O que lo hagan en el pueblo de Ixtaltepec, Oaxaca, que amaneció destruido y en la avenida principal las casas y los pequeños edificios públicos volcados sobre las calles, tomándolas desde su entraña de adobe y amianto. Quienes recorrían y filmaban no preguntaban cuánto duró el temblor ni dijeron que no lo habían sentido. —Aquí murió la viejita… aquí —dijo quien iba al volante cuando pasaban por un predio arrasado en Ixtaltepec por las piedras, apenas un montón informe.

Y uno se pregunta entonces quién ayuda cuando las únicas palabras que las casas abiertas a la mitad y los techos desgarrados pueden arrancar con “puto de mierda”. La Declaración de Emergencia Extraordinaria alcanzó a 41 municipios de Oaxaca y 122 de Chiapas y con ello se liberaron recursos del Fondo para la Atención de Emergencias que, se supone, alcanzará para alimentos, refugio y medicina para los damnificados. Juchitán fue la ciudad más afectada. Y aunque para el anochecer del 8 de septiembre había ya siete lugares de acopio en la Ciudad de México y uno en Oaxaca, Puebla y Chiapas, mientras Peña mostraba sus videos, en Juchitán los ciudadanos y Protección Civil municipal se organizaban para rescatar a los atrapados en el ayuntamiento, del cual el sismo había derrumbado la mitad. Los 90 muertos se repartieron entre Oaxaca, con 71; Chiapas con 15 y Tabasco con cuatro. Y esto que es México le permitió a Peña hablar de pie, él sí, sobre las ruinas de la presidencia municipal, custodiado por militares y los rescatistas de la localidad. Ayudado por un soldado, Peña trepó a lo que él llamó “devastación” y que siempre quedará, en su entendimiento, en la gris región del abstract que su equipo cercano le envía todos los días. Ahí, en ese Juchitán que lanzó por redes sociales su grito de auxilio casi de inmediato, pero que no pudo evitar que 65 murieran, Peña evitó mirar las más de 100 casas reportadas como pérdidas, aunque tuvo que escuchar, eso sí, que había personas desaparecidas entre los escombros.

La presencia militar recordó a todos lo que hicieron los soldados en la Ciudad de México, en 1985. Llegaron de inmediato a pararse sobre las ruinas del Hotel Regis, por ejemplo. Al principio los ciudadanos pensaron que ayudarían, pero sus manos se ocuparon sólo en sostener los fusiles, mirando y a veces impidiendo. Alegaron que contenían el saqueo, como si hubiera algo para llevarse, a no ser la piedra caída sobre el otro, la escara de alguien como impronta en los pavimentos. El 7 de septiembre, a las 23:49 el timbre sísmico se disparó por lo menos un minuto antes de que llegara el temblor. Un día antes una falsa alarma había desatado cierto temor en la capital de México. En el sur de la ciudad, anegado hasta el cuello por las lluvias, el terremoto les recordó la crudeza de la muerte a quienes habían sobrevivido al 19 de septiembre de 1985, cuando la ciudad, no toda, pero sí, desapareció entre el polvo de los dos minutos que duró aquella sentencia trepidatoria, a las 7:17.

Ahora, antes de que el pánico tomara control de los habitantes, el terremoto atravesó su ondulación hasta la Ciudad de México, y llegó 135 segundos después de haber salido de Chiapas. La ciudad resistió los dos minutos más largos en el tiempo sismológico. El de 1985 duró lo mismo, pero destruyó media capital, porque fue un sismo trepidatorio. Y eso ha quedado para siempre en la memoria de quienes sobrevivieron. Poco antes de las 23:49 las alarmas sonaron, pero pocos pusieron atención. La mayoría se percató del terremoto hasta que muebles y objetos comenzaron a moverse, algunos a caer. Quienes pudieron salieron a la calle y desde allí, abrazados, observaron el vaivén de casas, oficinas y rascacielos. Como seña ominosa del desastre, el Ángel de la Independencia, caído ya el 27 de julio de 1957, cuando a México, desde Acapulco, lo azotó un temblor de 7.1 grados, vacilaba en su pedestal reforzado de acero. Quince minutos antes de las tres de la mañana de hace 60 años, el Ángel se derrumbó y se hizo trizas, igual que la vida de 700 personas. Además, 2 mil 500 heridos dejaron instalados a los terremotos y revelaron la fragilidad, la suerte cruel de una ciudad construida sobre un lago, junto a dos volcanes, creciendo en cualquier dirección, incluso hacia el cielo. El tintineo de las cosas, las campanitas caseras que atrapan el aire acompasaron el vaivén.

Después ya nada, perdido el timming, sustituido por el “todo está bien”, y nuevamente el “todo está bien” que nadie creyó, o el “nada va a pasar” que apenas tocaba la razón, dejaron que el temblor sucediera. Porque qué hacer si el mundo se viene encima. Entonces, con la memoria copada, los capitalinos decidieron. Quedarse adentro o salir, con un terremoto de 8.2 grados daba lo mismo cuando a los 30 segundos era imposible o por lo menos más peligroso bajar escaleras. Pegarse a los muros y los marcos de las puertas fue la única opción para la mayoría. Y sí, los primeros 30 segundos fueron los más largos, pero no se compararon con el minuto siguiente, un siglo que alcanzó para que explotaran transformadores y se escucharan caer láminas, tronar escaleras, las propias paredes. Al final, igual que una ola en la playa después del huracán, se asentó la tierra y el respiro se derrumbó en llanto. Todavía algunos, aferrados al espacio donde los autos se balancearon cobrando vida junto a macetas y plantas, tardaron algunos minutos en comprender que nada había pasado. Casi de inmediato se supo. Pijijiapan, el centro de todo. De 8.1, que fue ajustado dos veces. Y en la espera de mirar las ruinas de una ciudad que no había resistido hace 22 años, las llamadas disiparon las dudas. Todos bien, incluso demasiado si se volteaba a Juchitán. Allá, el pasmo resultó la muerte, que incluso colocaba a los internados del hospital Macedonio Enríquez en la calle, por si ese edificio terminaba de caerse. La iglesia, también, y algunos comercios, lo mismo. Una foto de la bandera mexicana ondeando en las ruinas del ayuntamiento dio la vuelta al país y conmovió, aunque el mensaje, que primero dio a entender que a pesar de todo algo se levantaría, también resultó lo inverso.

Este país arruinado lo único que tiene es un trapo tricolor, un símbolo a gritos. Aquí, dice quien la puso, está México, mientras enterraba aquel palo sin saber pero entendiendo. La UNAM intervino para explicar y expertos del Instituto de Geofísica, Hugo Delgado, su director; Luis Álvarez Icaza, director del Instituto de Ingeniería de la UNAM; Xyoli Pérez Campos, jefa del Servicio Sismológico Nacional; Leonardo Ramírez, jefe de la Unidad Sismológica de Ingeniería y Jorge Zavala Hidalgo, jefe del Servicio Mareográfico, precisaron que el epicentro estuvo a 133 kilómetros de Pijijiapan, en el mar. México, dijo Pérez, está formado por cinco placas tectónicas y el sismo se registró en la de Cocos, ubicada debajo de la Placa de Norteamérica. Al romperse material en esa placa se generó el sismo, percibido por 50 millones de personas. Los expertos dijeron algo que nadie o casi nadie difundió: “este sismo tuvo niveles de intensidad de una tercera parte, una quinta parte de lo que se observó en 1985, entonces hay que ser cuidadosos con las aseveraciones del desempeño que tuvieron nuestras estructuras. No fue un sismo, para la Ciudad de México, que fuera realmente… o que se esperara que causara daños”. De acuerdo con la UNAM, el gran sismo que se vaticina y que puede superar los 8 grados Ritcher, nacerá en las costas de Acapulco. “Todos los sismos producen movimientos trepidatorios y oscilatorios”, dijo Pérez Campos, quien puntualizó que no hubo devastación porque el epicentro, entre otras características determinantes, estaba a más de 600 kilómetros de distancia de la capital. Las ondas del sismo de 1985 apenas recorrieron 400 kilómetros, desde Guerrero. Y eso era todo, aunque a Peña le faltaba una muestra más de eso que nadie sabe qué es, pero que es parte de la genética del presidente, cuando en la misma reunión desde el Cenapred, acosado por la hora y lo inverosímil, declaraba que “yo, la verdad, estaba ahí afuera viendo, de verdad no lo sentí. Sí sentí una vez un temblor que nadie más sintió… muy pocos sintieron hace… no me acuerdo, pero fue allá en Los Pinos. Y solamente se sintió ahí, no sé qué pasó. Y éste no lo sentí porque estaba ahí caminando”. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico también emitió sus alertas y previó olas de 4 metros para México y Centroamérica. Las Galápagos, en el surrealista Ecuador, fueron evacuadas aunque la tragedia del departamento de San Marcos, en Guatemala, pasaba a la historia silenciada por lo mexicano y sus medios invasivos, despiadados cuando de ignorar se trata.

Un día después el mar regresó y también devolvió la calma. Las alertas que anuncian los coletazos del dragón cesaron y la orilla del agua fue sólo eso. Acapulco, por ejemplo, no tuvo las olas de 4 metros y su marejada apenas mojó los pies, pero las olas llegaron a los tres metros, como en Salina Cruz y Puerto Madero en Oaxaca. Otras ciudades costeras, Tuxpan en Veracruz, por ejemplo, enfrentaban la siguiente embestida. Tres huracanes, Katia, Irma y José hacían fila para estrellarse en las costas atlánticas. También Oaxaca debió dejar de rascar la tierra para encontrar sobrevivientes y comenzar a llenar sacos de arena para trasladarlos a los puntos vulnerables. La anunciada inundación espera su turno, aunque a veces nada suceda, a pesar de nosotros, del temblor de nuestros corazones e incluso del celular de Enrique Peña, que en su carátula muestra una foto de él con su familia, que andaban por ahí, caminando, en alguna playa tranquila, soleada, sin alerta de tsunami.

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