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A LA CARGA

Gibrán Ramírez Reyes

 

Casi inevitable: López Obrador, presidente de México

Es dicho común que la historia puede cambiar de un momento a otro, que hay vuelcos imprevisibles, que nada es seguro y todavía menos en la política. Por eso, por ejemplo, los encuestadores suelen sostener que sus estudios no son pronósticos sino apenas fotografías del momento que corre. Eso no implica que todo sea susceptible de cambio, que no haya nada previsible: a veces la historia es menos caprichosa y las tendencias estructurales son suficientemente fuertes. Pienso que se trata de uno de esos momentos: Andrés Manuel López Obrador va a ganar la presidencia de la República, si todo sigue más o menos igual, y lo más probable es que así sea, pues no hay ataque que no hayan previsto, escándalo en que no hayan hurgado, noticia que no hayan inventado y que pueda de repente surgir y hacer el milagro a sus adversarios. No es una certeza asentada en la opinión publicada, como lo fue por largo tiempo la victoria de Enrique Peña Nieto, de la que sólo se dudó hasta tarde, en marzo, cuando el Yo Soy 132 hizo su aparición.

La certeza proviene, más bien, de la opinión pública. Por más que analistas, comunicadores y líderes partidistas avisan y repiten que López Obrador llegó a su techo, que en adelante no hay más que declive y que seguirá la cosecha de negativos, la realidad se empeña en desmentirlos. Véase la puntillosa y técnicamente solvente encuesta de encuestas, publicada por Javier Márquez en oraculus.mx.

El acumulado histórico de simpatías partidistas es seguramente el dato más relevante. Se trata de uno de los indicadores menos cambiantes entre encuestadoras. El diagnóstico es inequívoco: Morena no para de crecer. Ha pasado de tener una preferencia tendencial de 16 por ciento en agosto de 2015 a promediar, para diciembre pasado, 28 puntos porcentuales. Se trata de niveles que nunca rozó la izquierda mexicana en su historia, pero más importante aún: se trata de un voto galvanizado, prácticamente garantizado a toda prueba. Presenciamos, en pocos años, la conformación de una identidad partidista que ya pasó por Eva Cadena, por la alharaca de la amnistía, por la hostilidad creciente de los últimos tres años en los medios de comunicación (y las identidades no cambian de un día para otro, ni siquiera en la fluidez de la posmodernidad). López Obrador eleva esta tendencia a niveles cercanos a los 45 puntos porcentuales, según la proyección de Defoe-Spin; 40, según Reforma, y 38, según Parametría o Buendía y Laredo –es decir, las cifras son bastante consistentes.

Para decirlo fácil: el candidato AMLO suma más de 10 puntos a la preferencia por el partido Morena. Ricardo Anaya y José Meade, en cambio, suman entre 22 y 26 por ciento, dependiendo la medición, una cifra muy cercana a la de sus partidos, a los que no suman prácticamente nada. Tomo en cuenta sólo la preferencia de los partidos dominantes de cada coalición, pues sus fuerzas nunca se suman aritméticamente, por lo que conviene tomar mejor por base al más grande, siempre definitorio en la imagen de la coalición. Deben anotarse también las tendencias. Mientras que desde 2015 Morena tiene un crecimiento sostenido, el PRI no ha podido disminuir sus mermas y el PAN sube y baja –y bajará más, si Margarita Zavala consigue su registro como candidata independiente, pues su electorado natural es panista.

La diferencia de López Obrador con sus competidores es abismal. En la estimación más conservadora ésta alcanza 11 puntos porcentuales; en la mayor, 23. Se trata de una diferencia que anularía el poder de cualquier maquinaria corporativa para la movilización y compra del voto. Tómese, por ejemplo, la elección del Estado de México, donde el PRI tiene una máquina aceitada de dinero y corrupción, pero que además estuvo reforzada por gobernadores, funcionarios del gabinete federal, estrategos y generales electorales, pero donde la diferencia de votos no superó el 3 por ciento. Este nivel de operación, incluso de inversión por cada distrito, es imposible repetir a nivel federal, pero nótese, aunque se repitiera, lo que eso vale –si se acepta mi supuesto de que el Estado de México es un caso límite de estructuras corporativas y recursos institucionales contra la equidad en la contienda–: no más de cinco puntos porcentuales, ya exagerando.

Quien conozca el sitio Oraculus me reclamará el que no haya tomado en cuenta para este texto mediciones como la de Mitofsky o GEA. Se trata de dos de los grupos más desprestigiados. Quien no sepa cómo ha operado Mitofsky, tendrá que regresar al texto de Jaime Avilés en 2006, cuando el cronista –fallecido el año pasado– desvistió a Roy Campos y demostró los contratos con el gobierno, la metodología sesgada y algunos otros vicios (http://www.jornada.unam.mx/2006/06/05/index.php?section=politica&article=005n1pol). GEA-ISA, que también muestra algo similar a un empate técnico, fue una de las encuestadoras menos consistentes en el proceso electoral de 2012 (ver tabla 9 de Quién es quién en las encuestas, de Leo Zuckermann, en Nexos de agosto de ese año). GEA exageró casi 12 puntitos con la ventaja de Peña Nieto, Mitofsky más de nueve.

Visto fríamente, López Obrador parece ahora inalcanzable, con una ventaja que no vio ni siquiera en su mejor momento de 2006. A diferencia de entonces, ahora ya hemos escuchado todo lo que el poder tiene que decir al respecto, las redes sociales han roto la espiral del silencio que hacía que los votantes del tabasqueño no supieran que había otros como ellos, con similares convicciones, y es muy improbable que haya un choque externo que cambie bruscamente las percepciones sobre el PRI y el PAN, los únicos que hace tiempo alcanzaron un techo que no rebasan. Parece inevitable: López Obrador va a ser presidente de México. Y sigue creciendo.

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