Entre paréntesis

Federico Vite

 

Antes de seguir comentando libros de mujeres, me di cuenta que en muchas de las historias fantasmales del enorme Henry James, lo sobrenatural es una fuerza invisible, una pulsión que tensa el relato hasta consumar el The turn of the screw (en 1945 José Bianco tradujo la obra al español con el título Otra vuelta de tuerca, aunque este ha ido cambiando, al igual que el criterio de los traductores. En 2004, Juan Antonio Molina Foix tradujo ese monumental monstruo de James como Vuelta de tuerca (editorial Cátedra) y en 2015, Libros del Asteroide publicó una nueva versión titulada La vuelta del torno, traducida por Alejandra Devoto, Jackie DeMartino y Carlos Manzano, trabajaron 10 años en ella), ese movimiento lento de un mecanismo que acaba dislocando la razón de los personajes involucrados en algunas de las historias; por ejemplo, En la vida privada, donde el risueño James fusiona la ficción fantástica con la sátira. Propone una versión simpática de un tema canónico, el doble, hecho que lo hermana con El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, y con Dos imágenes en un mismo estanque, de Giovanni Papini (en Dos imágenes en un estanque, el escritor italiano cuenta cómo se encuentra un joven con su otro yo, aunque ese otro ya es viejo, entrado en años y en carnes. Cito a Papini: “Me volví bruscamente: un hombre se había sentado a mi lado y se reflejaba junto a mí en el estanque. Lo miré sorprendido, volví a mirarlo y me pareció que se me asemejaba un poco. (…) Al instante comprendí la verdad: ¡su imagen se parecía perfectamente a la que yo reflejaba siete años antes!”. Esto me hace pensar en el supuesto plagio de Borges a Papini. En El otro, el argentino narra una experiencia similar a la del italiano. Cito a Borges: “Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme enseguida, para no mostrarme incivil. El otro se puso a silbar. Fue entonces cuando sucedió la primera de las muchas zozobras de aquella mañana’”. Cuando le preguntaron a Borges si conocía Dos imágenes en un estanque, el poeta respondió: “‘Leí a Papini y lo olvidé. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz; el olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria”.).

En otro de los cuentos fantasmales de James, Owen Wingrave, el maestro trabaja la noción de lo fantástico de una forma peculiar, como un aparente alegato pacifista, pero en realidad le interesa mostrar el horror como una escaramuza violenta entre un humano y un fantasma. Realmente se entabla una batalla contra espíritus bélicos. Esos fantasmas no tienen un cuerpo, solo hay mención a un retrato, el de un antepasado de Owen, aparentemente el responsable de todos los males. El autor crea de manera impecable la atmósfera enrarecida de una casona en la que el mal actúa con pasión.

Aunque el texto de James que más me ha inquietado, no por la forma, quizá sea de los menos elaborados, sino por el tema y la manera de abordarlo, es justamente Los amigos de los amigos. Este documento destila una profunda melancolía y define al amor como una exaltación del misterio. De hecho, creo que el amor es eso: una exaltación del enigma de estar vivo.

Pero volviendo a James, la presencia del mal es una imagen que no se define, pero tiene referentes corporales, pareciera que lo fantástico es un táctil desdoblamiento de uno mismo, sobre todo, de la voz que narra las historias. En Los amigos de los amigos, no es la imagen visible del fantasma lo que cuenta, sino el nudo de las relaciones humanas que invoca al fantasma; dicho de otra forma, el fantasma elabora o establece (sirve de puente), nuevas relaciones, genera una red de amigos. Se habla de ellos (fantasmas), los que se manifestaron, y las personas que los vieron quedan arrobadas por esas energías.

Los amigos de los amigos (creo que la traducción adecuada sería Amigos de amigos. El original es The friends of friends), ofrece una historia que está contada en los diarios de una mujer. Un editor lee esas notas y los presenta al lector como una muestra de sucesos extraordinarios.

La historia contada por la dueña del diario es bastante simple, pero las relaciones de los personajes se imbrican poco a poco y eso crea que la lectura del cuento sea una grata experiencia estética. Dos personas con diversos amigos en común tienen una vivencia fantasmal curiosa y similar, pero no pueden encontrarse. A pesar de todos los esfuerzos que hacen sus conocidos para que se conozcan, cada vez que uno acude a la cita, el otro, por alguna causa inexplicable o totalmente increíble, no aparece en el sitio y la hora indicados. Este asunto, que es casi cómico, comienza a transformarse en algo extraño.

Gracias a las notas de un diario conocemos una misteriosa relación amorosa y soterrada. Así que el cuento se convierte lentamente, (recordemos el mecanismo de The turn of the screw) en un relato inquietante, lleno de suspenso, que se resuelve de un forma elegante.

Al terminar la relectura, me queda claro que para escribir un buen cuento no se necesita una estridente maquinaria narrativa, ni siquiera una historia manchada de rojo (o amarillo, pero nunca amarillo-roja como Alarma!). Un buen cuento se caracteriza por el alto grado de intensidad que posee y ese grado de intensidad no está directamente relacionado con un final sorpresivo ni con el ejercicio de una prosa magnífica, sino con la correcta utilización de los recursos literarios que el autor usa para entender la realidad. Y eso es paradójico hablando de fantasmas. Diría que la elegancia es la clave. Que tengan un martes grandioso.

 

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