Crisis renacentista y literatura / 4

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POZOLE VERDE

 

José Gómez Sandoval

 

El inmensurable imperio católico

Después de que los Reyes Católicos dominaron las ansias de poder de los nobles, y con la Santa Inquisición, expulsaron a judíos y musulmanes, España siguió la guerra con Francia, con Inglaterra, con Portugal,  mientras controla gran parte de Italia… En 1519, el “nuevo rey” expandería el imperio heredado en el Franco Condado, los Países Bajos, Austria y el ducado de Milán. “Esa increíble expansión en pocos años, el pasar de un país destrozado por guerras interiores y problemas sociales a la fortaleza de una unidad que domina el mundo… -apunta Fernando Díaz-Plaja, en Cervantes-, provocará en el español dos características… Una, es el orgullo, la soberbia de quien se ve de pronto dueño de un mundo que hasta entonces ignoraba. Otra, el convencimiento de que esa inesperada buena fortuna tiene que ser debida a la ayuda de Dios que recompensa así el catolicismo de los españoles. Éstos se sentirán… recíprocamente obligados a mantenerse como campeones del catolicismo”…

“El empeño de asociar las necesidades patrióticas –dice luego– con las religiosas provocará, a la larga, la caída de España como potencia… El rey Felipe II llegará a sostener que prefiere no reinar a hacerlo sobre herejes”. Estos son algunos de los ingredientes del fabado español que le tocó vivir a Miguel de Cervantes.

Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares, en 1547. Su padre, Rodrigo de Cervantes, era un cirujano –como se nombraba a los que curaban con sangrías- tan mal pagado que más de una vez tuvo que recurrir al empeño de sus pertenencias. Sus pretensiones de nobleza no impidieron que ingresara a la cárcel, por deudas que no pudo saldar. Los problemas económicos empujaron a la familia –don Rodrigo y doña Leonor, sus hijas Andrea y Luisa, y Miguel y Rodrigo- a trasladarse a Valladolid, Córdoba, Cabra y Sevilla, huyendo de alguna deuda o en busca de ayuda familiar. De ahí que los datos que existen sobre los estudios académicos del joven Miguel sean imprecisos. Se sabe que a los 19 años Miguel estudiaba en Madrid –adonde recaló su familia- cursos que se llevaban a los quince.

Uno de sus maestros, López de Hoyos, publicó su soneto en un libro conmemorativo de la muerte de la reina Isabel de Valois, esposa de Felipe II. En Madrid estaba la Corte y los cargos importantes. Miguel se siente poeta y quizá necesite a un protector. Una circunstancia imprevista le hará olvidar su pretensión poética y al mecenas presupuesto.

En 1568, Cervantes hiere en duelo de espadas a Antonio de Siguera, constructor adscrito a los Reales Alcázares. Los duelos están prohibidos, y la pena contra el agresor se agrava porque el desafío ocurrió en terrenos de Palacio Real, considerados casi sagrados porque ahí habita el hombre más importante para los españoles después de Dios: el Rey. Los jueces sentencian a Miguel de Cervantes a que “…con desvergüenza pública le fuese cortada la mano derecha, destierro de la Corte por diez años” y otras penas.

Cervantes, que no quiere perder su mano –¡la derecha con que escribe!- ni sufrir la desvergüenza pública (la exposición a la burla de la gente), y huye. A Valencia. A Barcelona, donde, aunque el rey es el mismo, la justicia castellana no tiene fuerza legal (diez meses después, sin embargo, ésta lo considera en rebeldía y da orden de capturarlo donde se encuentre). De Barcelona, Miguel viajó a Italia.

En Roma se acercó al cardenal Acquaviva, que había estado en España como delegado pontificio. El cardenal acogió al joven escritor como criado, un puesto de categoría (secretario, hombre de confianza, empleado, diríamos ahora) que le permitía seguir escribiendo. Por cierto, las impresiones que le dejaron a Miguel Barcelona y varias ciudades italianas están bien claras en el entremés titulado El licenciado Vidriera.

Los musulmanes, que habían sido expulsados de España en 1492, en 1570 dominan toda Europa oriental; en sus rápidas expediciones o desembarcos marinos asesinan, roban y capturan rehenes, incluyendo mujeres y niños.

Cunde la alarma, pero la unión de fuerzas no avanza por recelos: el Papa quiere derrotar al peligro musulmán (ahora con apellido turco), pero no fortalecer más a España; Francia escoge mantenerse neutral; Venecia, centro comercial de la época que comerciaba incluso con los turcos, concede sólo hasta que los turcos atacan Chipre (donde empalaron al defensor Bragadino), una de sus posesiones. En 1571 el Papa, el rey de España, la República de Venecia y la Orden de Malta constituyen la Santa Liga que habrá de combatir frontalmente a los turcos. El rey de España designa a su hermano Juan de Austria, hijo natural de Carlos V, jefe supremo de la flota guerrera.

Miguel, que en Nápoles ha tenido un hijo, llamado “Promontorio”, con Silena, se despide del cardenal Acquaviva y se enrola como soldado.

Conformaban la flota de la Santa Liga 208 galeras, seis galeazas y 57 fragatas. En el golfo de Lepanto aparecieron los barcos enemigos, en forma de media luna –símbolo musulmán-, amenazando con envolver la flota cristiana. Enfermo de fiebre y contradiciendo las órdenes de su capitán, Miguel decidió combatir –y lo hizo a la cabeza de 12 hombres y un esquife, hasta que dos arcabuzazos dieron en su pecho y uno más le dejaría su mano izquierda inmovilizada de por vida. Tras el triunfo de los cristianos, el jefe musulmán Alí Bajá fue puesto en una pica. En Don Quijote (parte I, cap. 38) hay testimonio de algunas peripecias de la batalla de Lepanto, también conocida como “la Naval”, a la que Cervantes llamó la más grande ocasión que vieron los siglos.

Tras el triunfo de la Santa Liga, Miguel regresó con Silena y trató de hacer carrera militar hasta 1570, pues, al fin y al cabo, como dice don Quijote (I, 37), ésta aventaja en mucho a la de las Letras.

Prisionero en Argel

Cervantes quiere ser alférez. No lo consigue (quizá porque tiene una mano estropeada), y decide volver a Madrid (ya puede hacerlo) en busca de un empleo en la burocracia imperial. Con sus méritos guerreros (y, claro, literarios), aspira a viajar a las Indias con un encargo importante. Junta todas las recomendaciones que puede, sin que falte la del cardenal Acquaviva ni la de Juan de Austria, y en 1575, acompañado por su hermano Rodrigo, se hace a la mar, de vuelta a España.

Tras bordear costas de Francia, una tormenta dispersa la flotilla (tres galeras artilladas) y cuando amaina tres barcos berberiscos asaltan violentamente la galera donde viajaban Miguel y Rodrigo. Prisioneros, son trasladados a Argel.

Los captores usaban a los unos prisioneros como fuerza motriz. Como esclavos. Las mujeres estaban destinadas a engrosar harenes y a los niños se les “reeducaba” religiosamente para que sirvieran como soldados musulmanes. Otros secuestrados tenían valor comercial. Para dejarlos en libertad exigían pago en oro. La negociación se realizaba a través de frailes de la Orden Trinitaria o de la Merced. Éste es el caso de Miguel de Cervantes Saavedra.

Las cartas de recomendación que Miguel había conseguido en Italia, llenas de encomios y buenos deseos, redactadas por cristianos poderosos, hicieron creer a los secuestradores que Cervantes era un hombre importante y su dueño, Dali Mimmi, exigió por él quinientos duros en oro. Una cantidad fabulosa, que su familia –tan dada a las deudas- no podría recaudar ni aunque vendiera los pocos bienes que poseía. Como Miguel no sirve como remador de galeras, por lo de su mano, Mimmi lo agarra como criado, que aquí quiere decir esclavo. Lo fustiga, no le da de comer, pero, tras el odio religioso y racial y lo que valga en duros, algo admira en este prisionero orgulloso y respondón. Al menos, no ordena que le corten la cabeza.

Le perdonó la vida y lo mantuvo a su lado (en los Baños) aun después de que Cervantes intentó escapar por primera vez.

Los Cervantes rematan sus pocos bienes, utilizan la dote casadera de las hijas, pero ni así juntan los quinientos duros que piden por Miguel. De nada sirve que los frailes reafirmen que el prisionero es pobre y humilde. Dali Mimmi no acepta menos de quinientos duros. A propuesta de Miguel, el rescatado es su hermano Rodrigo.

Entre la ayuda que pidió por escrito, destaca la que envío al Secretario Mateo Vázquez, amigo de la familia, porque está en versos rimados: Cuando llegué vencido y vi la tierra / tan nombrada en el mundo, que en su seno / tantos piratas cubre, acoge y cierra, empieza una estrofa… Y es que el Renacimiento había hecho de la poesía reina y señora de las Artes, había que ser poeta –dice Fernando Díaz-Plaja- incluso para redactar un requerimiento administrativo.

   No pudo el llanto detener el freno / que a mi despecho, sin saber lo que era / me vi el marchito rostro de agua lleno

Tras el fracaso de su nueva intentona de huida, lo menos que merecía Cervantes era la muerte: ahorcado, empalado o quemado vivo. El mismo rey Hassán Bajá fue a platicar con Cervantes y… lo compró. A Dali Mimmi, por quinientos duros. Así juega el Destino con la vida de Cervantes, dándole y quitándole alternativamente, dice Díaz-Plaja esbozando las semejanzas posibles entre las vidas del autor de El Quijote y de España.

Tras otros dos intentos de fuga, el prisionero merece mil palos de castigo. Pero, otra vez, Hassán Bajá lo perdona. Cuando éste debe viajar a Constantinopla, los frailes, que terminan de juntan los 200 duros que faltaban en la propia Argel, llegan a pagar por la libertad de Miguel.

Éste volvió a pisar Madrid después de doce años, tras cinco de prisión.

Sus amoríos

En 1580 Felipe II –en cuyos dominios nunca se ponía el sol– es proclamado rey de Portugal. Miguel de Cervantes aspira a una capitanía militar o a un cargo burocrático. Para lo primero, no ayuda su brazo inutilizado. Lo segundo parece imposible por la enorme cantidad de aspirantes que hay. De cualquier manera, pasan los meses, el dinero se le va a acabando a Miguel y sus peticiones no tienen respuesta. Sólo al mostrarse menos exigente le conceden una comisión. La cumple en Orán y a la vuelta le dieron cien ducados y la despedida.

En 1584 vende La Galatea, la novela pastoril que ha venido escribiendo estos años, a un editor, por mil trecientos treinta y seis reales, con lo que termina de pagar al padre Juan Gil los duros que puso para su liberación. Ya tiene rato interesado en el teatro, y se sumerge en el mundo de la farándula con entusiasmo. Desde muchacho –dice Don Quijote, su alter ego– fui aficionado a la carátula y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula… Escribe comedias breves y entremeses, y entra en amores con Ana Franca de Roja, una actriz “ligera” como la mayoría las damas que acababan de subir al escenario teatral. Antes de 1581, las actrices eran denostadas y degradadas y los papeles femeninos eran representados por jovencitos con faldas y larga cabellera.

Para esto, Miguel tiene una novia en Esquivias. Se llama Catalina Palacio. Cuando Ana le avisa que está embarazada, Miguel está a punto de casarse con Catalina. Los suegros recelan de él por ser escritor y por doblarle la edad a la novia, pero ella lo ama y se casan en diciembre de 1584.

Cervantes reconoció a la hija que tuvo con Ana Franca con el nombre de Isabel de Saavedra. Con Catalina no tuvo hijos.

Lo recto, lo formal, divaga Díaz-Plaja, es lo más difícil de obtener para Miguel de Cervantes. El viejo Destino, que siempre se interpone en su camino. En esta época muere su padre, don Rodrigo.

Comisario de la Armada

Entre 1585 y 1587 La Numancia, Los tratos de Argel y otras obras perdidas de Cervantes Saavedra se representan en los populares y prestigiados “corrales” de Madrid.

Sus obras son muy festejadas, pero no tanto ni tantas como las que empieza a producir ese joven lleno de talento para la poesía y el teatro que responde al nombre de Lope de Vega y Carpio…

Para esto, Felipe II, que está preparando la “Gran Armada”, la “Felicísima Armada” española para tratar de acabar de una vez por todas con fuerzas inglesas, da a Cervantes, por fin, un cargo administrativo: lo designa Comisario, con la misión de recoger en la región andaluza el trigo y el aceite necesarios para preparar los alimentos de los soldados. En 1587 llega a Sevilla. Luego andará de pueblo en pueblo convenciendo a los pobres lugareños para entreguen lo que necesitaban las fuerzas católicas, las fuerzas de su Majestad. ¿Cómo, si no, podrían acabar con los piratas que asesinan y hurtan el oro de las Indias y con los ingleses herejes? Los campesinos entendían la nobleza de la misión, pero difícilmente entregaban su trigo y su aceite. Su trabajo era antipático. Los campesinos no largaban pestes contra el Rey, sino al que cobraba por él. A esto se unía la desconfianza en la burocracia del reino. En Écija se resistieron porque les debían el trigo de hacía un año y Miguel rompió puertas y encontró el trigo que buscaba. Una de esas puertas era la de una edificación que pertenecía a una Iglesia, que, como tal, estaba exenta de requisa, y el vicario de Écija expidió contra él un decreto de excomunión.

Un año después, tras un largo esfuerzo para que las altas autoridades eclesiásticas anularan la tremenda sentencia, el Comisario Cervantes se metió en un problema semejante. En Castro del Río tuvo que meter a la cárcel a un sacristán renuente y, aunque Cervantes muestra las órdenes que claramente dicen que donde entendiese haber y hallar el dicho trigo y cebada y toda la cantidad que se hallase, tomará y sacará de poder de cualquier persona que lo tuviese, de cualquier estado y condición que sea, eclesiástico como seglar…, el indignado e iracundo provisor de Córdoba volvió a excomulgarlo.

Los de Écija acusan a Cervantes de malversar los fondos y piden al Rey que “largue” a Cervantes.

En 1590, a los 43 años, Miguel vuelve a solicitar un oficio en las Indias. Si se lo negaron a pesar de sus formidables credenciales, menos se lo iban a dar ahora que los galeones de la Armada Española habían sido destrozados por las rápidas naves de Inglaterra, sobrecogiendo a los españoles y a toda Europa. Ante el desastre, No te parezca acaso desventura / ¡oh España, Madre nuestra! / ver que tus hijos vuelven a tu seno / dejando el mar de sus desgracias lleno, lamentará Cervantes, al inicio de lo que parece ser el último poema “positivo” que escribió sobre la sociedad que lo rodea.

Los nuevos jefes piden cuentas claras al arrogante comisario Cervantes y, como sus respuestas no les satisfacen, justo cuando le habían encargado seis comedias (a cincuenta ducados cada una), lo meten a la cárcel, de la cual salió bajo fianza.

Un año después, por un problema que empezó por confiar a un mercador de Sevilla (que resultó quebrado) una fuerte suma de dinero que tenía que enviar a Madrid, Cervantes visitó la cárcel una vez más. Ahí estuvo tres meses, por órdenes de su Majestad.

Símbolo de la vida de España  

Del teatro lo habían alejado los problemas e, indirectamente, el éxito impresionante de Lope de Vega…, cuyas vidas se habían cruzado y se había de cruzar más. Además, ¿para qué escribir comedias si, con eso de que, después de sufrir la derrota de la Armada, los “bailes deshonestos” y las comedias de los faranduleros hace a “la gente de España muelle y afeminada e inhábil para las cosas de trabajo y guerra”, Felipe II había ordenado (en 1598) cerrar todos los teatros de la Corte?

Muere su madre, Leonor de Cortinas. Muere Ana Franco, y envía a su hija Isabel a casa de una de sus hermanas. Pocas veces irá a Esquivia, a ver a Catalina.

También murió Felipe II. (Los que lectores que deseen saber cuántos meses duraron sus exequias y cuánta riqueza se exhibió ahí, pueden recurrir a Miguel de Cervantes, La conquista de la ironía, de Jordi Gracia. Ahí están bien claras las relaciones que mantuvo Cervantes con su familia, por qué se batió en duelo, cómo eran sus hermanas y sus cónyuges, su vida de prisionero en Argel, su eterna disputa con Lope, el proceso de creación de sus obras y, en fin, cuanto vertiente, número o detalle falta aquí sobre la vida y obra de don Miguel…) A la muerte del desdeñoso Rey, Cervantes dedicó versos (“Al túmulo del Rey que se hizo en Sevilla”) satíricos:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla: / porque ¿a quién no suspende y maravilla / esta máquina insigne, esta riqueza? // por Jesucristo vivo, cada pieza vale más de un millón, y que es mancilla / que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla! / Roma triunfante en ánimo y nobleza. // Apostaré que la ánima del muerto / por gozar este sitio hoy ha dejado / la gloria donde vive eternamente

El esbozo biográfico del mal llamado Manco de Lepanto no termina aquí. Adelantamos la conclusión de Fernando Díaz-Plaja: “Símbolo de la vida de su país, (Cervantes) contemplará la cúspide del poder español (con la batalla de Lepanto -1571- y la anexión de Portugal -1580) y la caída (con la derrota de la “La Invencible”, en 1588). No fue el primero ni será el último que vea en Cervantes a un testigo excepcional, puesto que el Quijote reflejará “el choque del Sueño con la Realidad, cara y cruz de su misma existencia”.

No faltará una cazuela de Pozole Verde, pero sobre El Ingenioso Hidalgo platicaremos hasta dentro de quince días.

 

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