Tres maromas krauzianas para confeccionar un insulto

A LA CARGA

 

Gibrán Ramírez Reyes

 

Leí el más reciente libro de Enrique Krauze. No estoy seguro de que sea, propiamente, un libro. Se trata de un compendio desigual, con ensayos de cierta profundidad –marcadamente la primera parte–, pero que no tiene ni siquiera unidad temática. Esa es una debilidad. Mientras la primera parte hace una arqueología de ciertas recurrencias en el pensamiento y la política de Nuestra América a partir de las herencias españolas, con mérito, en una segunda y tercera partes emprende el ataque contra populistas contemporáneos para hacer, finalmente, una reflexión sobre la demagogia. Son tres temas. Los reúne la preocupación del autor por el poder personal, su configuración actual y la amenaza que esto supone. En ese sentido quiere ser una advertencia. Pero no funciona como tal, porque echa en una misma cesta una serie de fenómenos distintos, y entonces pierde seriedad. Su principal debilidad es conceptual, y son sintomáticas las cuatro páginas que dedica a la palabra populismo, esmerándose en que sea algo malo, un término derogatorio. No puede hacerlo de otra forma, porque de lo contrario dejaría de hacer política, que es lo que le interesa en este caso. Krauze se encuentra con la realidad de que muchos de los llamados populistas han sido democratizadores, constructores de instituciones o de ideas revolucionarias, para bien. Y entonces empieza con sus excepciones. Krauze hace las operaciones conceptuales necesarias para que funcione como insulto.

  1. Si es estadunidense y democrático, entonces no es populismo

Todos recuerdan cuando Obama se dijo populista –dando un golpe certero a todas las plumas liberales que lo admiraban. Krauze, más que repensar su concepto, optó por corregir a Obama. Mire usted, señor Obama, lo que pasa es que usa “la definición aglosajona del término”. Obama habría entendido su equívoco con la llegada de Trump a la presidencia, y en consecuencia, dice nuestro autor, “dejó de usar el término”. La facilidad del argumento enternece: para Krauze no es que Obama haya dejado de ser presidente, que se haya retirado un poco del debate público. Lo que pasó es que dejó de utilizar el término populista porque estaba equivocado.

Según el historiador, el término populista es siempre positivo en inglés, y de ahí viene la confusión. La apreciación de Krauze es falsa (no podía serlo más). Desde el siglo XIX, cuando la palabra surgió, hasta nuestros días, el término es polémico en Estados Unidos, si bien ha tenido una carga peyorativa menor que entre nosotros. No obstante, siempre ha habido intelectuales, sobre todo liberales, que concibieron a los populistas como lobos con piel de oveja, como “extremistas de centro” (WTF), demagogos, fascistas, etcétera, lo mismo que en Nuestra América (Krauze podría verlo en el acercamiento a la historia conceptual del populismo de Tim Houwen, u hojeando periódicos estadunidenses de cada década). La diferencia, quizá, estriba en que allá han tenido más eco en el debate mediático las voces que reivindican la posibilidad de un populismo democrático, y en México somos unos pocos.

Si es demócrata y viejo, entonces no es populismo

Para sostener el argumento, Krauze recurre a una brevísima caracterización del primer ícono populista estadunidense, Andrew Jackson. No importa que la historiografía y la teoría política lo reconozcan ampliamente como tal: para Krauze es un equívoco, una palabra que se escribe igual pero cuyo significado cambió radicalmente. En Jackson sólo querría decir que “abrió una era de intensa participación popular en la democracia estadunidense”. Es una lectura interesada –le ve solamente lo bueno–, así como en México y en América Latina ve sólo lo malo. No debe recordar el historiador que Jackson mandó al diablo al Colegio Electoral que le arrebató la victoria, ni su persistencia en la denuncia, ni el sistema clientelista que forjó para el servicio público una vez que alcanzó la presidencia. Como, en general, se considera a Jackson un democratizador, admitirlo como populista implicaría admitir las posibilidades democratizadoras del fenómeno.

Lo mismo con su mención a los Narodniki –los primeros populistas rusos–, jóvenes  aristócratas y burgueses que, en el ocaso del siglo XIX, buscaron hacer una revolución acercándose al pueblo. Fracasaron, es cierto, pero no simplemente fueron rechazados por el pueblo y se regresaron a su casa. Colocaron en el debate demandas anti institucionales –sobre todo en materia agraria y contra el zarismo–, a favor de un nuevo constituyente y de la democracia electoral, y tuvieron una derivación guerrillera, que terminó en el asesinato del zar (muchas más resonancias con el siglo XX latinoamericano de lo que Krauze admitiría). Quizá sólo se trata de que, entre más tiempo lleven muertos y más lejos queden, los populistas resultan más agradables.

  1. Si es Cárdenas, entonces no es populista

Si en México existe una vía para comprender lo que el populismo puede significar positivamente para las sociedades, esa vía es Lázaro Cárdenas. El presidente de la expropiación petrolera tuvo todos los signos del populismo: fue un líder fuerte, que hizo converger todos los hilos importantes del poder en sus manos –para trasladarlos a la institución presidencial–, ejerciendo el poder en serio. Tejió personalmente una red de intermediaciones políticas corporativas, democráticas y autoritarias, una mezcla que suele tomarse por populista por todos los estudiosos del fenómeno. Sería, si nos atenemos a ello, un líder de ese estilo, muy querido, cuya herencia nacionalista es todavía venerada en algunos altares de la patria. Algo había que hacer con eso y Krauze lo hizo: resulta, agárrense, que Cárdenas no era populista, sino popular, que no es lo mismo. No hay argumentación, salvo que Cárdenas no hacía cosas malas: no era anti institucional ni promovía el odio (parece que era todo amor y felicidad y así, de un plumazo, Krauze borra la conflictividad del sexenio y la polarización que causó Cárdenas, la cual tuvo que atenuar hacia el final de su gobierno). Basta apuntar que en el pasado, cuando no era un término en disputa para funcionar como arma arrojadiza, Krauze sí trató a Cárdenas como populista (por ejemplo en Lázaro Cárdenas, general misionero, o en El sexenio de Lázaro Cárdenas).

Si reducimos así el término, queda sólo la descalificación: “el populismo es el uso demagógico de la democracia contra ella misma”. El problema es que así, también, pierde cualquier potencial analítico. Casi es lo mismo que decir que es un peligro para México, para España, para Estados Unidos, para lo que sea –y para decirlo no se requieren tantas letras.

 

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