Cuando se te acaba el “aquí nos tocó vivir”

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A LA CARGA

Gibrán Ramírez Reyes

 

Estaba, como todos los martes, escribiendo mi columna. Se trataba de que José Woldenberg y otros intelectuales son pluralistas, pero no demócratas. No sé si verá la luz, yo espero que sí, aunque quizá habrá caducado, porque era a propósito de sus pasados artículos. Mientras tecleaba con cierto desgano después de regresar de una reunión de Claudia Sheinbaum con “líderes de opinión” –en la que se hablaba de derechos humanos, políticas públicas, bicicletas–, mi padre, que vive a unos minutos, me preguntó si sabía qué había pasado en la calle de al lado, a la vuelta de la esquina, porque hubo patrullas, acordonaron, llegó una ambulancia: un escándalo. Mi barrio no es pacífico, nunca lo ha sido. De vez en cuando se sabe de asaltos, hay riñas seguido, alguna vez matan a narcomenudistas –o gente acusada de serlo, de quien todo mundo ya sospechaba que “andaba en malos pasos”. Últimamente la cosa ha ido a peor. O quizá sólo es que regresé a vivir por esta zona de la ciudad.

En los últimos meses, cada vez más, escucho cosas terribles que les pasan a vecinos y familiares: robos en la puerta de la casa o incluso que entren, encañonen, golpeen e intenten robar la casa de mis parientes más cercanos. La semana pasada hubo una balacera entre policías y narcomenudistas cerca –el domingo enterraron a un policía–, y a menudo se oyen detonaciones –siempre me pregunto si dejaron muertos, nunca me entero. Acaban de robar a la encargada de una recaudería cercana y hubo en ese episodio balazos también. No suelo escribir de lo que veo, de lo que pasa cerca, porque pienso que mi responsabilidad social es otra, que me pagan por escribir de cosas de las que sé o en las que puedo aportar algo distinto y que, desde luego, la situación aquí es menos grave que en Guerrero. Pero ahora no pude seguir escribiendo.

Su foto sin rostro

Creo que desde que mataron a una vigilante que andaba siempre en su vocho no había visto de cerca un crimen tan atroz –otro feminicidio. Era yo pequeño, y la voz popular decía que la asesinaron por sus preferencias sexuales. Nunca supe si se aclaró el caso, si hubo detenidos.

Para contestar a mi padre, busqué en tuiter el nombre de mi colonia y lo primero que apareció fue una foto, nítida, tomada de cerca, que me conmocionó. Puede ser que alguien le subiera el pantalón para que su sexo no quedara expuesto, pero lo tenía desabrochado, abierto, con el cierre abajo, desacomodado. La blusa estaba subida, ensangrentada; de un lado, el sostén, desabrochado, colgando del brazo; y del otro, la mochila puesta. Ahí, con lo de la mochila, caí en la cuenta de que tuvieron que hacérselo en la calle, no sólo la dejaron ahí. No pude calcular su edad porque la mataron a golpes, le deshicieron el rostro. Debió ser anoche, mientras volvía, o esta madrugada muy temprano, mientras iba temprano a trabajar, a la universidad, a su escuela. O quizá iba de salida, después de visitar a una amistad por estos rumbos. Imposible saber.

Pienso que la violaron o la quisieron violar y se defendió. Pienso también que seguramente he visto al criminal, que probablemente más de una vez, porque es un área por la que paso todo el tiempo, todos los días, pero también sé que probablemente nunca sabré qué vecino se atrevió a hacer algo así. ¿A qué hora fue? ¿La mataron a golpes y nadie escuchó nada, en serio, o sólo fue el terror que paraliza, el miedo a la muerte que impide defender a una víctima evidente? Ojalá alguien diga algo. Ojalá alguien investigue algo. Aunque no suele ocurrir. En el último episodio delictivo que padeció mi familia, la policía aconsejó no denunciar. Si se enteran los ladrones, dijeron, van a regresar a hacerles algo. Y se iban a enterar, porque son de por aquí, porque los llamaron por su nombre mientras les robaban y los golpeaban.

Vivir en el cerro

Pensé, de inmediato, en F, que venía a verme y yo dejaba a veces que llegara sola, de noche, caminando hasta mi casa. Y pudo ser ella, cualquier mujer, la que pasara por un sitio oscuro y fuera despojada ahí de la vida por simple oportunidad. (¿Fue un crimen de oportunidad? ¿La siguieron, la conocían?). O cuando regresábamos de un bar en el último tren del metro, y subíamos caminando el cerro hasta donde yo vivía, después de la media noche, bastante ebrios. Lo que hice también solo en más de una ocasión. (Con todo, el privilegio masculino es claro, patente: me han seguido, han intentado asaltarme, han querido bajarme de mi auto, y he tenido miedo de que me navajeen, que me piquen con cualquier punta, pero nada como lo que le pasó a la chica de anoche). Pensé en mi hermana, en mi madre, en mi padre, que pueden volver tarde, que caminan la zona. Pensé en mi hermano, que debería quedarse a vivir fuera del país y no regresar. Pensé también en N, mi mejor amiga, que vivía en la misma delegación, que también fue agredida, acosada, en horas en que nadie podía ver que algo le pasara. Y en que no pocas mujeres han tenido que llegar así a casa, corriendo, para que no las violen, para que no les hagan daño.

Vivo aquí porque mi familia es de migrantes de distintas regiones de Oaxaca; obreros o pequeños comerciantes o trabajadoras domésticas, que accedieron a vivienda en esta zona del oriente de la ciudad por el precio: fue lo más céntrico y menos caro que alcanzamos. Ellos llegaron, de hecho, a fundar alguna de las colonias que están en este cerro. Es un lugar feo, pero aquí está la familia y todos aprendimos a construir una rutina desde este sitio. Yo he vivido, por temporadas, en otras zonas, pero pensé que si quería hacer un plan de vida no podía gastarme la mayoría de mis ingresos en pagar una renta, aunque todos digan que la comodidad lo vale. Creo que la mayoría de por aquí ni siquiera se lo plantearía. Antes hemos llegado a plantear armarnos. Pero se nos está acabando el ni modo, aquí nos tocó vivir. Habrá que volver a considerar las cosas.

 

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