La mayoría, el griterío, la hegemonía democrática

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Gibrán Ramírez Reyes

A la carga

Puede ser que los comentaristas del régimen no tengan elementos para leer lo que sucede en México ni atinen a encontrar rasgos que criticar del próximo gobierno. Es normal, porque la administración de la Cuarta Transformación no ha empezado realmente. Pero los ensayos de la crítica ya están como para deprimirse. La nueva moda es hablar de restauración de la hegemonía. Por su edad, los comentaristas tienen como recurso retórico la vuelta del “viejo PRI”, con la ventaja de que no podemos refutarlo quienes nacimos después del gobierno de Miguel de la Madrid. A lo mejor no se enteraron de que existen los libros de historia, y que cualquiera que no esté muy espantado puede ver con tranquilidad la vieja hegemonía priista y contrastar sus radicales diferencias con la potencial nueva hegemonía democrática de Morena. Pero debo hacer una acotación. Este texto, que ya estaba escribiendo antes de leer el de Denisse Dresser de esta semana, puede también servir como respuesta al de ella, que hace tres alusiones a mi artículo de hace algunas semanas sobre el cambio de régimen, unas con entrecomillado, aunque no me mencione (las referencias a la real transformación, a la refuncionalización de instituciones y al “priismo de los años treinta”, que no existía –el PRI se fundó en 1946, y era sustancialmente diferente al PRM– pero que es su extraño eufemismo de “cardenismo”).

Lo primero que debe hacerse notar es que “hegemonía” no es una mala palabra. Se trata, muy resumidamente, de las formas de generación del acuerdo que permite que la mayoría de las personas no se rebelen contra el orden social. En entornos autoritarios, la hegemonía suele ser más resignación de que las cosas no pueden cambiar que convencimiento de que deben ser como son. Pero, cuando la hegemonía es democrática, se trata de un acuerdo dinámico, absorbente de demandas, proveedor de soluciones, buscador de simpatías legítimas. Los agoreros de un posible nuevo régimen de partido hegemónico pasan por alto lo más obvio. Que el próximo gobierno llegó al poder sin fraude electoral, como fue costumbre confesada del PRI desde que existe –quien no crea puede asomarse a las memorias de Gonzalo N. Santos o hablar con el operador priista de su preferencia–, y además que compitió contra partidos infinitamente más ricos, poderosos, que conservan sus aparatos, sus bancadas y su dinero –aun si no conservan la misma posibilidad de robar que tenían antes. Pero también todos los mecanismos institucionales diseñados para evitar el abuso de poder, que siguen ahí.

Lo que pasa, en realidad, es que les molesta que haya una mayoría. Durante años, los de la transición a la democracia, los intelectuales mediáticos defendieron el gobierno dividido como expresión de contrapesaje, como si esa fuera la forma ideal de ser del pluralismo. Y hoy lo defienden como si eso hubiera ayudado a que los corruptos priistas no solaparan la corrupción de los panistas. Como si eso hubiera hecho que los espacios legislativos se convirtieran en verdaderos sitios de deliberación, y no en la plancha de la hegemonía neoliberal que tenía dos aparatos de partido para imponer su programa, obscenamente escenificada en el Pacto por México. En realidad, prefieren el pluralismo elitista que tiene división en los logos, pero unidad en la acción. Mauricio Merino también advierte una “vuelta al singular” en el lenguaje, que le parece indeseable, aunque antes hubiera, repito, un singular en el proyecto de nación de hecho, el Partido del Pacto, o sea el neoliberalismo que experimentó su auge y caída en el sexenio que acaba.

Las mayorías siempre se han considerado feas, desde la teoría política clásica –democracia era una mala palabra, entre otras cosas, porque se trata de un sujeto político que se experimenta en singular cuando elige un representante. Y hemos visto resurgir esta repulsión a la mayoría exactamente por los mismos motivos. Hecha la transición contra las mayorías ilegítimas y el mayoriteo, sus adalides se vuelcan ahora contra la mayoría democrática y su legítimo ejercicio del poder, así sea hipotéticamente. Piden que se renuncie a mandar sobre la vida pública, es decir, que se reniegue del mandato de los votos.

En eso, la reacción a la voz colectiva de los legisladores ha sido muy reveladora. Un diario de circulación nacional tituló algo así el día que tomaron protesta los diputados: “Diputados de Morena arman gritería en sesión constitutiva en San Lázaro”. La gritería. Así suena, para muchos, la nueva mayoría: son ruido y no palabra, gritería y no júbilo, zoológico –lo dijo Macario Schettino– y no representantes populares. Desde siempre, en la mayoría de los parlamentos los legisladores gritan: lo hacen igual en Alemania que en Inglaterra, en España o Estados Unidos –y muchas veces aplauden al presidente o al jefe de Estado en cuestión.

Lo que pasa es que estamos acostumbrados a dos procesos que han entrado en crisis: la impopularidad crónica del presidente y la militancia de los medios; su reverso ahora se ilumina. Los medios siguen siendo militantes, lo cual les acorta la memoria, entonces no recuerdan que en 2006 los panistas entraron gritando ¡Felipe, Felipe! y los priistas en 2012 optaron por el estribillo ¡Peña presidente, Peña presidente! (Incluso Reforma celebró en su sede de avenida Universidad, con Calderón como invitado de honor, el apretado triunfo del panista, según contaron en su momento reporteros del periódico). Si esos gritos no fueron tan unánimes o tan apabullantes como los que se vieron en estos días a favor de Andrés Manuel López Obrador, es solamente porque ninguno de esos presidentes fue tan votado. Si ninguno rebasó en la consigna la simple formulación de su nombre, es porque nada más complejo le inspiraba a su base social y política. Esa ha sido la única diferencia en este caso: los legisladores dicen una consigna que también es un mensaje, no sólo de ellos sino de quienes representan, de muchos millones para quienes, en efecto, es un honor estar con López Obrador. Es devolver las voces de la plaza pública a su espacio natural de representación. (Quizá otra cosa sea el Senado de la República, donde se representa el pacto federal).

La Cámara de Diputados siempre ha sido un espacio de gritos, como la mayoría de su tipo, sin que fuera nota. Es de sobra conocido el estilo del “Bronx priista”, esa área del pleno en el salón de sesiones que parecía más un estadio de futbol –a veces con bebidas alcohólicas incluidas– y cuya labor parlamentaria principal era hacer sentir su poder, en los oídos y a la vista, en el cuerpo; abuchear y aplaudir, no deliberar nada, ni discutir cosa alguna. Muchos de los legisladores que ahora son mayoría fueron ignorados o de plano callados por la, esa sí, gritería de la mayoría anterior, carente de mensaje o representación, que atinaba a recetar a los disidentes un sesudo “quiere llorar”. Hay una distancia entre hacer eso y contar del uno al 43 para exigir justicia cuando una oradora priista se llena la boca de mentiras sobre el gobierno. Ambas escenas pertenecen a la estética plebeya indisociable de la democracia, pero una tiene mensaje y la otra no, una servía para reproducir al poder vigente y otra para hacer patentes sus silencios, como el que cubre la verdad histórica sobre Ayotzinapa contra todos los que la han desmentido. No suenan más alto los gritos de Morena únicamente porque tiene más legisladores, sino porque tienen más cosas que decir, disruptivas como sólo puede ser la verdad que el régimen se ha negado a escuchar.

 

 

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