2 mayo,2018 6:01 pm

El sueño de Imad: esperanza y temor ante la incipiente apertura saudí

Texto y fotos: DPA
Riad/Yeda, Arabia Saudita, 2 de mayo de 2018. Imad Mudschallid no se parece en nada al prototipo de hombre saudí: no viste ropa tradicional, sino camiseta negra. Su larga melena negra rizada le cae por la espalda, tan ancha que apenas cabe en una silla. Al pasar por la calle, lo llaman “hijo del diablo”.
Todo son gritos cuando este músico de 37 años sale a actuar a los escenarios saudíes: en la escena del death metal es conocido como “La bestia de Oriente Medio”. Pero “la bestia” lleva años teniendo mucho miedo. Miedo a la policía religiosa, a los conciertos underground disueltos a la fuerza, a la cárcel y a los latigazos.
Pese a los deseos de cambio de millones de personas como él, el reino saudí sigue siendo un país difícil, aunque algo parece estar cambiando.
La sociedad parece encaminarse a una apertura paulatina dirigida desde la cúpula hacia la modernidad: las mujeres podrán pronto conducir, como hacen en cualquier otro país del mundo, los cines volverán a proyectar películas, habrá desfiles de moda y ferias de cómics.
Para Imad es el momento de recuperar la música en su país. “Espero ser el primero en organizar un festival de metal en Arabia Saudita”, asegura.
Los jóvenes saudíes aseguran que el país se encuentra en estado de shock, pero un shock positivo que hace albergar esperanzas.

Imad no se parece en nada al prototipo de hombre saudí: no viste ropa tradicional, sino camiseta negra. Al pasar por la calle, lo llaman “hijo del diablo”.

En el conservador país regido por una estricta legislación islámica, la separación de sexos sigue siendo una realidad. Sin embargo, se está suavizando: por las tardes, grupos de mujeres jóvenes y pandillas de chicos recorren las aceras de las calles comerciales de la capital Riad.
Ellas llevan abaya, una túnica negra que cubren por completo, pero a veces ya no van del todo cubiertas y muestran partes del rostro, incluso algo de cabello, intercambiando miradas y sonrisas con los chicos con disimulo.
La policía religiosa sigue siendo un peligro para estos encuentros, aunque cada vez patrulla con menos frecuencia en la capital.
Sin embargo, Madiha al Adshrush recuerda bien cómo la atacaron estos vigilantes de las costumbres cuando se atrevió a conducir un coche.
Los policías golpeaban con fuerza con bastones la carrocería y las ventanas del automóvil, gritando: “Ustedes son malas mujeres que no sirven para nada”, cuenta la activista de 64 años.
Madiha se atrevió a conducir por primera vez en noviembre de 1990 por las calles de Riad, junto a más de 40 mujeres en protesta por la represión. No tenía nada que perder, asegura. Como psicóloga, no encontraba empleo y tampoco podía abrir un estudio de fotografía. Estuvo 12 horas bajo custodia policial, cuenta.
Delante de su casa se ve su automóvil con conductor. Pero el hombre se quedará pronto sin empleo, porque a partir de junio, las mujeres podrán conducir en el último país del planeta en que no pueden hacerlo. El decreto anunciado el pasado otoño fue muy celebrado en todo el mundo, atribuido sobre todo a una iniciativa del joven príncipe heredero, Mohammed bin Salman, de 32 años, a quien se considera el impulsor de la renovación.
Conocido como MbS por la abreviatura de su nombre, se le considera el verdadero hombre fuerte del país, en lugar del rey. Hace tres años era sólo uno de los cientos de príncipes engendrados por el fundador del Estado Abdulaziz bin Saud​ (1880-1953) y sus sucesores con sus numerosas esposas. Hasta que su padre el rey Salman llegó a palacio, lo nombró sucesor y le hizo acumular un enorme poder.
Desde el primer momento mostró su agresividad en política exterior, haciendo escalar la ofensiva en Yemen y las tensiones con el archienemigo iraní, además de impulsar el bloqueo al vecino Qatar y azuzar una crisis de Gobierno en Líbano.
En política interior ha demostrado energía y ansias de poder, impulsando amplias reformas que pretenden garantizar sobre todo la supervivencia económica del país. Al fin y al cabo, el petróleo un día se acabará y la caída del precio del oro negro ha provocado grandes agujeros presupuesto público en los últimos años. Con “Visión 2030”, un plan radical de reestructuración económica, el reino saudí pretende reducir su dependencia del oro negro.
Pero al mismo tiempo otros cambios transcurren en paralelo: la paciencia de los jóvenes menores de 30 años, que suponen la mayoría de la población, se acaba. Muchos han estudiado en el extranjero, utilizan las redes sociales y forman parte de la globalización. Y quieren tener lo que conocen de otras partes del mundo.
Internet fue también la ventana al mundo para Imad a finales de la década de 1990, donde descubrió bandas como Metallica y se quedó fascinado con la diversidad de géneros y subgenéros. Antes, su hermano, sobrecargo de vuelo, le había traído cassettes del extranjero, dándole a conocer a artistas como Brian Adams, Scorpions, Iron Maiden, Judas Priest o Black Sabbath. Y la música, ampliamente prohibida en la vida pública del país, se convirtió en mucho más que música.
Pero la felicidad que encontró en el metal chocó con la brutalidad de un sistema que lo llevó continuamente a ser detenido e interrogado. “Me sentía como un criminal”, cuenta.
Imad actuaba en otros países pero también en conciertos clandestinos en Arabia Saudí. Hasta que una noche la policía religiosa disolvió un concierto underground en 2010 en Riad, enviando a prisión a los organizadores, dos conocidos suyos, que recibieron 300 latigazos. La escena del metal quedó entonces apagada.
Hace tiempo que la auténtica vida en el país transcurre a puerta cerrada. Como el concierto de grunge en la vivienda de Jasmin Gahtani, una madre de 39 años que cría sola a sus gemelos desde que se divorció de su marido, algo muy poco habitual en el país.
Podía haber dejado el país hace tiempo, pero no quiere emigrar, sino quedarse, afirma la mujer que imparte clases de escalada para mujeres.
Estos jóvenes con deseo de libertad conforman la base del poder del príncipe Mohammed: además, MbS necesita a mujeres conductoras como mano de obra que permita el crecimiento de la empresa privada en el país.
Nadie sabe hasta dónde irá el cambio, pero lo que está claro es que no habrá concesiones políticas: el poder del rey seguirá siendo absoluto. Pro al mismo tiempo, MbS parece virar contra la alianza centenaria de la familia dominante de los Al Saud con los wahabitas, representantes de la interpretación más radical del Islam. El pacto con los clérigos ha sido uno de los principales pilares del país.
De ahí lo arriesgado de la política del príncipe, cuya apertura no es bien vista por clérigos, ancianos y las élites emparentadas con la familia real, pese a que no ha habido una oposición visible y pública por el momento.
Uno de los motivos es que el príncipe heredero parece ahogar cualquier atisbo de disenso, como hizo al encerrar durante meses en el hotel Riz-Carlton de Riad a cientos de empresarios, dignatarios e incluso príncipes a quienes acusaba de corrupción. El hotel se convirtió entonces en la prisión más lujosa del mundo y sólo los liberó tras el pago de cuantiosas cantidades. Las élites se muestran por ello reservadas y no quieren hablar con la prensa.
El tiempo de cambios en el reino saudí hacen oscilar a la población entre la esperanza y el miedo. Donde unos ven oportunidades, otros temen por su posición.
En cualquier caso, Imad quiere aprovecha para llevar la música metal al país y ha elaborado una lista de bandas a las que quiere invitar a un concierto por su cumpleaños en noviembre. “Yo no bebo pero ellos seguro estarán fastidiados porque no hay alcohol”, opina. Pese a ello está convencido de que asistirán.