
La muestra Códice maya de México. Eslabón, fuente y testigo presenta al documento del siglo 11 en una cápsula anóxica -carente de oxígeno- desarrollada por la UNAM.
Texto: Yanireth Israde / Agencia Reforma / Foto: Agencia Reforma
Ciudad de México, 8 de octubre de 2018. Insertos en tramas rocambolescas que involucran persecuciones, fugas, misteriosos paraderos y personajes no menos enigmáticos, los códices prehispánicos podrían protagonizar relatos detectivescos de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle.
Lo decía la investigadora María Sten y lo refirió el director de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH), Baltazar Brito, al relatar la travesía del Grolier, hoy Códice Maya de México, el documento legible más antiguo de América.
Cuarto códice maya que sobrevivió a la hoguera de la inquisición, y único que permanece en México –los otros están en Dresde, París y Madrid–, prosigue expuesto hasta el 28 de octubre en el Museo Nacional de Antropología (MNA).
La muestra Códice maya de México. Eslabón, fuente y testigo presenta al documento del siglo 11 en una cápsula anóxica -carente de oxígeno- desarrollada por la UNAM. Esta coraza, provista de gas argón para evitar la proliferación de microorganismos, lo protegerá incluso cuando retorne a la bóveda de la BNAH, informa la restauradora Sofía Martínez del Campo.
Es el capítulo más reciente de una secuencia de principio nebuloso, pues el códice provino del saqueo.
Telefonemas anónimos revelaron la existencia del manuscrito al coleccionista mexicano Josué Sáenz, quien supuestamente lo adquirió en los años 60 del siglo pasado, tras viajar en avioneta hasta un sitio recóndito en la selva de Chiapas, según la versión publicada por la revista New Yorker en 1973.
Dos años antes, en 1971, Sáenz lo había prestado al Club Grolier para la exposición Ancient Maya Calligraphy.
Desde entonces fue debatida la autenticidad de este documento adivinatorio que mostraba en sus 20 páginas –se preservan 10– las cuatro fases del camino de Venus alrededor del sol.
Se dijo, incluso, que fue adquirido en el mercado de La Lagunilla.
Brito cotejó estos hechos con la documentación histórica, sin encontrar sustento.
Halló, en cambio, una carta de 1974 que Sáenz dirigió al entonces director del MNA, Ignacio Bernal, para que dictaminara el códice. Contó que estaba guardado entre las páginas de un antiguo libro que le ofreció un hombre, enterado de su afición por las reliquias. El volumen, le aseguraba el individuo, había pertenecido a su abuelo.
Resultados concluyentes
Aunque estudios científicos internacionales habían considerado auténtico el códice –donado por Sáenz al MNA– no existía consenso y el INAH emprendió entre 2017 y 2018 una investigación que permitiera obtener resultados concluyentes.
Así se convirtió en el códice prehispánico más analizado en la historia, destaca Martínez del Campo.
Por primera vez se hicieron, por ejemplo, indagaciones de entomología forense que identificaron ataque de insectos en las páginas del manuscrito y descubrieron el caparazón de un ácaro asociado a descomposición.
“Esto abre la posibilidad de que el manuscrito se haya encontrado en un contexto funerario, pero no tenemos la seguridad aún”, previene la restauradora.
Otras evaluaciones determinaron que las cortezas usadas para los soportes del códice procedían de árboles que murieron entre los años 1026 y 1157.
Además, el equipo de expertos coordinado por Brito y Martínez del Campo examinó los colores orgánicos del antiguo documento, así como su contenido e iconografía.
“La complejidad que encierra su contenido ritual es otro aspecto que determina su autenticidad. Revela una profunda observación de los movimientos de los astros y su asociación con las deidades de Venus, así como los ritos que debían llevarse a cabo en su honor para evitar que trajera muerte y desgracia”, explica la especialista.
La ausencia de este planeta en el firmamento obedecía a su estancia en el inframundo y su retorno podía desatar eventos funestos.
“Después de décadas en penumbra es el propio códice el que, desde su esencia y materialidad, arroja las luces que lo esclarecen como eslabón, fuente y testigo de más de 800 años de historia”.
Y la ciencia resulta el mejor detective para que este testigo declare.
