
Adán Ramírez Serret
Para quienes comenzamos a leer a finales de los noventa, Paul Auster (New Jersey, 1947) era uno de los autores del momento, un escritor que no se podía dejar de leer. Así como lo fueron en su tiempo Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Milan Kundera. Y es porque La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna o La invención de la soledad; son novelas con un estilo que causa obsesión, marcados por un tentador elemento: el azar.
Además, Paul Auster se convirtió en una especie de héroe pues no sólo era novelista, sino que también había hecho, a mí juicio, películas apasionantes como Smoke o Lulu on the Bridge. Sin embargo, le ocurrió aquello que es usual a los novelistas de mucho éxito como Mario Vargas Llosa o Haruki Murakami; les sucede que cada cosa que escriben es un best seller garantizado y entonces los lectores caemos en esa cómoda posición en la cual decimos que la obra es buena y nada más; que para en verdad leer algo bueno de ellos, hay que echar ojo a tales o cuales novelas. No deja de contener algo de cierto esta actitud, pues se vuelven algo repetitivos en cuanto a tramas y el estilo se transforma en una consolidación de libros anteriores, por no decir complaciente.
Paul Auster sin duda había caído en esta privilegiada monotonía a tal grado que dejó de interesar a lectores “exquisitos” y sus novelas parecían estar sólo dirigidas a seguidores a ultranza.
Tengo la impresión que no fue del todo insensible a esta condición por lo cual se encerró en su estudio siete años para escribir una novela: 4321.
En sus novelas y en sus películas Paul Auster siempre ha tenido en esencia dos obsesiones: La ciudad de Nueva York y el azar. En El cuaderno rojo una serie de relatos autobiográficos, cuenta que descubrió el otro lado de la vida una tarde durante una excursión por el bosque, en la cual, a él y a un grupo de exploradores los atrapó una feroz tormenta. En algún momento tuvieron que cruzar un claro y el monitor decidió que lo mejor era que cruzaran uno por uno para así evitar atraer demasiada energía. Así lo hicieron y cuando llegó el turno de Auster, el guía subrepticiamente lo detuvo para mandar delante de él a otro explorador, el cual fue partido por un rayo mientras cruzaba el claro. Auster cuenta que ese día cambió su vida, se percató que el mundo no era tan predecible como parecía, que detrás de la aparente normal realidad, acechaban los engranajes del azar.
En 4321 Paul Auster vuelve a sus orígenes, al camino, a la forma de escribir de los judíos de Nueva York. A la Henry Miller o Philip Roth. También vuelve por supuesto al azar, pero ahora lo hace más ambicioso que nunca.
Esta obra de casi mil páginas es una novela que busca ser muchas, una historia que contiene diversas probabilidades de una historia. Un laberinto que sin duda es un homenaje a uno de los mejores cuentos de todos los tiempos, “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Jorge Luis Borges. Un cuento policial en el cual un hombre quiere hacer dos cosas: escribir una novela y construir un laberinto. En donde “El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. … en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo”. Dice unas líneas adelante este relato: “no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades”.
4321 está escrita exactamente con este principio. Cuenta las posibles variaciones de la vida de Ferguson, un hombre nacido en Nueva York a mediados del siglo veinte. La novela es apasionante y genial pues cuenta las diversas contingencias de un destino, las posibilidades que el azar da a una vida.
Paul Auster, 4321, Ciudad de México, Seix Barral, 2017. 957 páginas.


