

Ciudad de México, 7 de octubre de 2017. Tú lo sabes, Julio, ni al caso recordártelo: el viento nos transmite lo que somos. Por eso nos rodea, toca, envuelve… a veces incluso llega a moldearnos en su terquedad. Su habilidad nos hace creer que las cosas están más cerca o más lejos de lo que en realidad están. Viento, viento caliente de Guerrero, que es igual al viento caliente de muchos otros lados de este México herido. Nos trae olores, sensaciones y su huella se traduce en nuestra piel. No me digas que no lo sabes, porque no te creería: nos eriza los vellos, la suaviza, enfría o hiela, también la entibia o la hace sudar. El viento da cuenta de vida cuando algo la tiene.
No te hagas, lo sabes, lo descubriste en Ayotzinapa y antes en las otras escuelas de las que te corrieron por andar de revoltoso, de revoltoso como el viento… revoltoso y juguetón, pero a veces muy molesto.
¿Quién no sabe que el viento es movimiento y que el movimiento es sinónimo de vida? Por eso quizá te moviste tanto, de un lado a otro. Y todos sabemos que cuando no hay movimiento, cuando la inmovilidad y el silencio se imponen, es porque la muerte ha llegado.
El viento también puede ser la voz de quienes ya no respiran. Por su conducto esos seres que se comunican por el viento se vuelven trascendentes y llegan a infundirnos miedo. Lo notaste esa noche, esa noche en Iguala. No sé por qué me acuerdo ahora de un párrafo de Pedro Páramo: “Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”.
Ay, Julio, qué te digo ahora que ya todo lo sabes… Pero qué más da… Dime si no es cierto que cuando escuchamos andar o correr al viento escuchamos también la voz de la naturaleza. Dime si no es verdad que por su conducto ella se expresa, ya sea en susurros, palabras suaves o a gritos y lamentos. Porque la voz, sin aire, sin viento, es nada. ¿Tengo razón, Julio? Dímelo tú, que ahora ya lo sabes todo. ¿Recuerdas cómo tu voz se fue cambiando de gritos a murmullos y a silencio esa noche horrenda?, ¿recuerdas cómo fue que te arrebataron tu movilidad, esa que hacía que te parecieras al viento revoltoso de Guerrero…? Ay, Julio, la inmaterialidad de las voces de vivos y muertos te mataron, como mataron a Juan Preciado en Pedro Páramo, ¿qué no? Y es que el viento se cuela por donde puede. En nosotros se mete por los oídos, por la nariz, por la boca. Se pega a la piel, helado, tibio, y a veces lacera, quema, duele, duele mucho. El viento de Guerrero duele como ningún otro viento. Eso te lo digo yo, aunque tú ya todo lo sabes.
No lo niegues, Julio: Iguala fue la antesala del infierno, como Comala…, ¿y Luvina…? ¿qué es Luvina si no un averno de aire incandescente? Hoy, Julio… ¿hoy qué es México?, con vientos que pasan de helados a calcinantes…
Los abuelos dicen que somos de la tierra que arropa a nuestros muertos. ¿Será que tú aún creas lo mismo?
No lo sé.
Colaboración de Stella Cuéllar para El Sur, acerca del asesinato del normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón Fontes, en la ciudad de Iguala, la madrugada del 27 de septiembre del 2014/ Foto: Miguel Ángel Alvarado López.


