
(Vigésima octava parte)
Fernando Lasso Echeverría
Concluimos el anterior artículo describiendo la situación caótica causada en el país por el asesinato del candidato del PRI durante un mitin preelectoral realizado en Tijuana B.C. Comentamos en él, cómo la imagen pública de Carlos Salinas de Gortari había sufrido un grave deterioro entre la población del país, porque lo culpaban de la muerte del candidato Colosio, y cómo esta situación provocó también que el ya casi ex presidente de México perdiera la confianza que muchos gobiernos extranjeros le habían brindado; hecho que frustró su deseo personal de llegar a la presidencia de la Organización Mundial de Comercio (OMC), y que sus futuras posibilidades de retomar el camino político en nuestro país de una manera abierta quedaran hechas añicos
Por su parte, el misterioso francés Joseph Maríe Córdoba Montoya, íntimamente ligado al complot contra Colosio, –de acuerdo con la opinión pública del momento– y que ciertamente había sido “el poder atrás del trono” durante el salinato, huyó de inmediato fuera del país, pero con cargo público, pues Salinas lo nombró en forma suspicaz y apresurada como representante de México, ante el Banco Interamericano de Desarrollo, ubicado en Washington, en donde estaría protegido por el gobierno de Estados Unidos ante cualquier contingencia, pues se murmuraba en los medios públicos y en los corrillos políticos que este hombre trabajaba para la CIA, y era el guardián de los intereses geopolíticos de Estados Unidos en nuestro país y por lo mismo, el principal opositor a la candidatura de Luis Donaldo.
Se dijo mucho en aquel tiempo que este hombre era el que le había pedido a Colosio varias veces en forma telefónica –y en nombre del presidente Salinas– su renuncia a la candidatura del PRI.
El 29 de marzo de 1994, el presidente Salinas designó como nuevo candidato del PRI a la presidencia de la República al doctor en economía Ernesto Zedillo Ponce de León, coordinador de la campaña de Colosio y ex secretario de Programación y Presupuesto primero, y luego de Educación, durante la administración que terminaba. Esta designación tuvo un carácter inédito y poco convencional, pues Manlio Fabio Beltrones –gobernador de Sonora– hizo a petición de Salinas la presentación de un video en el que aparecía la imagen de Colosio pronunciando un discurso, en el que en un pequeño tramo de la filmación –obviamente seleccionada en forma previa– que estaba siendo observado por Ortiz Arana el presidente del PRI, los jefes de sectores del partido y otros selectos priistas invitados para ese propósito, Colosio se expresa positivamente de Zedillo, y eso bastó para que Carlos afirmara que era el fallecido quien hacía la designación de su sucesor, y que él no tenía nada que ver con el nombramiento del nuevo candidato.
En el inter, Salinas había sorteado el riesgo de una insurrección dentro del partido, pues un grupo importante de viejos y experimentados políticos priistas intentó impulsar la candidatura del presidente de su partido: Fernando Ortiz Arana, quien era un político ajeno al grupo de tecnócratas que formaban el grupo salinista. Sin embargo, este fue parado en seco por el presidente Salinas quien seguramente le dijo a éste, que “no se hiciera bolas” y que así no eran las cosas, y bueno, ante la peligrosa violencia en los más altos círculos del poder, Fernando en forma prudente evitó “hacerse pelotas” y se autodescartó para abrirle la puerta a la voluntad del mandatario.
Salinas también ha afirmado en varias ocasiones que el ex presidente Echeverría se atrevió a sugerirle que nombrara a Emilio Gamboa Patrón, candidato del PRI, en lugar del ya enterrado Colosio, propuesta que fue rechazada por Carlos.
En relación a esta designación y su innovador método para llevarla a cabo, habría que recordar que Zedillo siempre fue el candidato del “vicepresidente” Córdoba Montoya, para suceder a Carlos, pues el mesié siempre pensó que con Ernesto como presidente, él seguiría con el mismo poder por varias razones: Zedillo había hecho una carrera política meteórica en el sexenio de Salinas de Gortari, siempre a la sombra de Córdoba Montoya, no de Salinas. En 1988 fue nombrado secretario de Programación y Presupuesto y al desaparecer ésta en 1992, pasó a ser secretario de Educación Pública, institución en la que hubiera pasado desapercibido, si no se le ocurre culpar a los militares de la masacre de estudiantes en 1968, en el texto de los libros de historia gratuitos –hecho que obviamente molestó mucho al gremio castrense– y quitar en ellos a varios héroes patrios, causando ruidosas polémicas públicas entre escritores históricos y culturales, situación que provocó que los libros mencionados no se distribuyeran hasta que se corrigieran los yerros oficiales. Antes de ello, Zedillo había sido un técnico de figura gris que ocupaba un puesto modesto en el Banco de México de donde lo rescató Córdoba Montoya, para llevárselo al equipo de Salinas de Gortari, quien era junto con Camacho Solís, Aspe y demás miembros de la después llamada familia feliz, la gente de confianza de Miguel De la Madrid, el secretario de Programación y Presupuesto en el gobierno de López Portillo. Estos jóvenes tecnócratas ayudaron a Miguel a lograr la candidatura del PRI para la presidencia de la República con diversos mecanismos, en donde predominó el engaño al presidente, con cifras maquilladas sobre los resultados que el gobierno lograba con sus programas.
Como ya se ha mencionado, Zedillo era –al igual que Córdoba y Salinas– un neoliberal radical formado en el extranjero, hecho que garantizaba el continuismo del neoliberalismo en nuestro país, situación que se hubiese puesto en riesgo si Colosio llegaba al poder y cumplía sus promesas de campaña. El candidato de Córdoba no tenía muchas prendas como político ni como priista, pues jamás había ocupado un cargo de elección popular y se afirmaba que su afiliación a ese partido era muy reciente. Zedillo pues, carecía de roce con el pueblo o con las bases del partido oficial, circunstancia que lo hacía valioso para el salinismo, pues de acuerdo al criterio tecnocrático, esto significaba que no estaba contaminado con doctrinas exóticas como el populismo por ejemplo.
Ernesto, representaba todo lo opuesto al priista de cepa –Ortiz Arana– rechazado por Salinas, quien tenía una larga carrera política y era miembro del PRI desde 1963; había sido tres veces diputado federal y antes, oficial mayor y secretario general del gobierno de Querétaro, de donde era oriundo. Cuando ocurrió el asesinato de Colosio él ocupaba la presidencia del PRI; después, quizás como premio por su disciplina, llegó al Senado y luego fue candidato del PRI al gobierno de Querétaro, perdiendo la gubernatura en el proceso electoral correspondiente.
Todo lo anterior sugería que Zedillo no tenía la experiencia necesaria para un cargo de esa magnitud, pero su cercanía con el grupo salinista –a través de Córdoba Montoya– le aseguraba a éste su permanencia en el poder otros años más, y con ello la continuidad de las políticas neoliberales del gobierno saliente, tan buscado por Salinas de Gortari y su equipo. Sin embargo, la llegada nuevamente al poder no era fácil, era un hecho, que los comicios resultarían muy reñidos y –lo peor de todo– muy vigilados y observados en el exterior, situación que volvería muy peligroso para el régimen instituido un posible fraude electoral. Ya no se podían usar los viejos y conocidos trucos electorales del partido oficial; tampoco se podría ya acudir a fraudes cibernéticos que provocaran una “caída del sistema”, la única posibilidad que tenía el régimen para lograr el triunfo era la compra de la elección; es decir, hacer inversiones excesivas en obra pública y derramar descomunales cantidades de recursos económicos entre los sectores más necesitados, acciones que lograrían el voto real suficiente, como para garantizar una mayoría consistente que impidiera alguna sombra sobre la legitimidad del nuevo presidente. Es por eso que el PRI se resistió a aceptar alguna restricción legal en materia de gastos de campaña o en el uso de los medios electrónicos que proponían los partidos opositores. Por otro lado, otra estrategia del mismo gobierno fue la de meterle pavor mediático a la población de la clase media, alta y de élite, ante la posibilidad –exagerada a propósito– de una revolución generalizada en el país, por el alzamiento de la modesta guerrilla chiapaneca; es decir, votar por el candidato del PRI, era votar por la paz.
El 12 de mayo de 1994, hubo otro hecho insólito en la historia política de México: se aceptó un debate público entre los candidatos de los tres partidos políticos principales que contendían para alcanzar la presidencia del país en las elecciones de ese año, y el cual se transmitiría en la televisión abierta: Zedillo por el PRI, Cárdenas por el PRD y Diego Fernández de Cevallos por el PAN. En realidad el sistema se vio forzado a consentir el debate precisamente por la debilidad de su candidato, y obviamente también por la fuerza creciente de la oposición.
El PRI-gobierno no pudo evitar el poner –sin mucho entusiasmo– al delfín del sistema “a tiro de piedra” de los habitantes del país. Se vieron forzados a exponer peligrosamente ante los ciudadanos mexicanos al –en otros tiempos– intocable personaje que el régimen deseaba acomodar en la silla presidencial, con el riesgo de que la gente observara sus debilidades y se dieran cuenta que –al igual que en el pasado– aquellas virtudes descubiertas en el candidato coincidentemente cuando se le nombró como tal (carisma, inteligencia fuera de serie, agilidad mental, ideología nacionalista y popular, y capacidad “para cualquier cosa”) no eran ciertas. Negarse a ello era nocivo para el PRI y su representante. Oponerse al debate hubiese aumentado la sensación de inconsistencia del candidato oficial; despreciar el encuentro era aumentar aún más los temores de un descalabro electoral.
El formato del programa se negoció cuidadosamente en la Cámara Nacional de Radio y Televisión, fijándose las reglas de la contienda, mismas que después –es justo mencionarlo– se respetaron escrupulosamente, gracias a la firmeza con la que actuó la conductora Mayté Noriega
El debate se llevó a cabo en el Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad. Se calcula que este suceso televisivo tuvo una audiencia de 40 millones de personas… prácticamente el total del padrón electoral de aquellos tiempos.
¿Qué pasó en el debate? Lo ganó abrumadoramente el candidato panista Diego Fernández de Cevallos, un individuo que por su perfil profesional –abogado litigante especialista en materia penal con 15 años de trayectoria– estaba muy bien entrenado no sólo para la discusión, sino también para el pleito. Diego también era –y sigue siendo– una persona con dotes de orador y con una ideología netamente conservadora: antijuarista, anticardenista y antirrevolucionaria, que conocía perfectamente los errores administrativos y políticos, así como los abusos de poder de los dirigentes que había tenido el Partido Revolucionario Institucional y por supuesto, de los hombres que habían gobernado el país durante 75 años. Todo eso lo ocupó Fernández de Cevallos para poner cárdeno a Cárdenas, quien cargaba a cuestas su pasado priista. Por otro lado, Diego iba perfectamente preparado para el debate y así lo demostró.
El ingeniero Cárdenas se vio rebasado ampliamente. El escucharlo y verlo en el debate provocó en sus simpatizantes la impresión de que éste no se había capacitado adecuadamente para el encuentro, y algunos lamentaban inclusive que Cuauhtémoc lo hubiese aceptado, pues era obvio que la polémica no era su fuerte. Es un hecho que Cárdenas siempre ha sido un mal orador y cuando habla en público se nota tenso, torpe y vacilante, a lo cual no le ayuda mucho su lenguaje corporal y así se observó en el evento, sobre todo cuando tenía que contestar las embestidas verbales de Fernández de Cevallos; muchas de ellas tan descarnadas como ciertas. Las respuestas de Cuauhtémoc fueron poco precisas, lentas, inoportunas y nada elegantes. Cárdenas se vio incluso poco ofensivo con Fernández de Cevallos, quien fue el que más lo agredió; los comentarios, cuestionamientos o réplicas de Cárdenas nunca tocaron temas a fondo que hubiesen afectado gravemente a Diego, como eran las relaciones personales e interpartidarias tan estrechas con Salinas de Gortari y su gobierno y las recientes reuniones bastardas que fusionaban los intereses entre el PRI y el PAN muy opuestos hasta hacía pocos años, y que Diego representaba fielmente en la Cámara de Diputados.
Es de preguntarse –a la distancia– si ya conformado el PRIAN… ¿Diego llevaba la consigna de darle “más recio” a Cárdenas que a Zedillo?… No obstante, esto no disculpa la impericia mostrada por el ingeniero Cárdenas en el debate. Al respecto, es de recordarse también la joda que le metieron todos los diarios de circulación nacional, al comentar al día siguiente, el desenvolvimiento tan mediocre que tuvo Cuauhtémoc durante el desarrollo de este novedoso método de evaluación personal de los candidatos. De hecho, ahí perdió la elección Cárdenas, pues con motivo de su fracasado debate, el PRD perdió miles de votos. También fue notorio que el fracaso de Cuauhtémoc llenó de júbilo y tranquilidad a la oligarquía nacional, lo cual se reflejó en una notable alza de la Bolsa de Valores.
De Zedillo poco se puede decir; fue un contendiente opaco, tibio e ineficaz en sus intervenciones, que prácticamente se mantuvo al margen de pleitos con sus adversarios, pues más que criticar o presionar a sus oponentes, se dedicó a elogiar y defender los programas oficiales que el gobierno llevaba a cabo, y a afirmar las chuladas que haría por la población cuando llegara al poder; sin embargo, también tuvo la habilidad de ser cauto y eludir a sus adversarios sin cometer torpezas mayores. Todo eso le valió para ser el segundo en esta competencia de dimes y diretes, que poco importó en la práctica, pues el PRI continuaba con una tupida red de protección nacional integrada por millones de fieles simpatizantes al sistema, al partido oficial y al gobierno, que no hubieran cambiado el voto favorable a su partido, aunque su representante en el debate hubiese sido el más lerdo de los contendientes. Por otro lado, el PRI también contó con el apoyo económico del grupo selecto de millonarios empresarios y banqueros, favorecidos por Salinas en la privatización de los bancos y empresas estatales, quienes tuvieron que corresponder los favores recibidos en el sexenio de Carlos. Su aportación económica, que fue de 25 millones de dólares por cada uno de ellos, debe haber sido vital para la campaña del candidato del PRI. Este hecho ocurrió en una reunión organizada por Salinas para pasarles la charola, y que fue muy difundida por la prensa en su momento. El total de las aportaciones hechas por este grupo de 25 a 30 individuos superaban con creces el tope de campaña que mediante una singular ingeniería financiera se desdibujó en el panorama electoral; no obstante, esta aportación económica no fue solamente para ayudar al partido a ganar las elecciones…¡no!, esta donación fue una auténtica compra-venta del futuro gobierno dizque priista, con la finalidad de asegurar sus intereses y continuar haciendo negocitos redituables con la futura administración.
*Ex presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI A. C.


