
Federico Vite
Cimitero di Praga (Italia, La Nave di Teseo, 2020, 560 páginas), de Umberto Eco, es un artefacto sobre la manipulación y el espionaje en el siglo XIX. La novela ocurre entre Turín, Palermo y París. Sitios cosmopolitas que empiezan a construir a su enemigo. Los hechos narrados son reales, las personas mencionadas también; salvo Simone Simonini, el protagonista, quien echa a funcionar el relato y bajo la óptica maliciosa de Eco se lee la novela con una inquietante pregunta: “¡Díos mío!, ¿cómo se puede vivir en un mundo de falsarios?”.
En este proyecto los personajes tienen poca profundidad psicológica, se aproxima mucho al ideal del folletín. Es un organismo omnívoro que ofrece al lector el misterio de un satanista que cura la histeria, un sacerdote que muere dos veces, la inexplicable aparición de cadáveres en una alcantarilla parisina. Si eso fuero poco, se perfila una explicación al sonado caso de espionaje militar de Alfred Dreyfus, quien supuestamente envía a la embajada alemana un memorándum con información confidencial sobre el ejército francés; y como aspecto impresionante, el lector asiste a la renovación de Los Protocolos de los Sabios de Sión. Se trata de ideas que tendrán auge (orquestadas por una minoría intelectual y poderosa) e inspirarán la construcción de los campos de exterminio, a la par de este hecho se pondrán en práctica conspiraciones de jesuitas contra masones, de masones contra los seguidores del periodista, político y activista Giuseppe Mazzini; todos van contra la sociedad secreta llamada Carbonería, cuyos ideales nacionalistas y liberales insuflarán el antisemitismo. Hay muchos debates sobre medicina, gastronomía, estrategias militares, literatura, unificación de Italia y religión. Pero lo que más se nota es el antisemitismo. La novela es un compendio de sabiduría. Y de afecciones al poder, por ejemplo, me causó asombro leer al mítico Garibaldi con las piernas torcidas por la artritis, atado al reino de Nápoles.
Las imágenes de París que ofrece Eco son terribles. En La Comuna se alimentan con sobras de comida, viven entre ratas y deambula uno que otro poeta menesteroso entre fieles devotos del demonio, quienes ofrendan misas en honor de su señor. También aparecen escritores esenciales, por ejemplo, Alexander Dumas. Pero no sale bien parado, pues luce como muchos otros novelistas de la época, con un donaire que bien nos haría pensar en un pedante, aunque sus intenciones e ideales eran honrosos, pareciera que los escritores “comprometidos” siempre emiten un poco de bluff y demagogia.
Son muchos asuntos narrados y evitan que el lector pierda la atención de la trama, pues el tratamiento de la información permite que este folletín –sin claves históricas complejas–, capitalice la realidad como pocos, pues muestra al lector cómo se orquesta la manipulación de las masas. “Cuando estemos en el poder cortaremos de los programas educativos todas las materias que pudieran turbar el espíritu de los jóvenes y los convertiremos en chicos obedientes, los cuales amarán a su soberano. En vez de estudiar los clásicos y la historia antigua, que contengan más ejemplos malos que buenos, los haremos estudiar problemas del futuro. (…) Nuestra fuerza consistirá en tener continuamente el mando en una situación de penuria e impotencia, así nunca tendrán la energía ni la fuerza para rebelarse contra nosotros”.
En otros libros, Eco ha hecho la admonición sobre las masas y el poder en fenómenos culturales del siglo XX, pero verlo utilizar las mismas herramientas de Apocalittici e integrati (1965) para mostrar el otro color y la otra densidad del siglo XIX es sorprendente. Todo encaja. Eso habla de lo predecibles que somos como especie.
Bajo el resplandor de esta novela, la historia adquiere otra lectura, una mucho más siniestra y mucho más perniciosa para los hombres del futuro que aún se regodean con líderes sociales y partidos políticos e iglesias omnipotentes, igual que en el siglo pasado.
Simonini articula los hechos que otras personas consumaron en la vida real y logra así tejer las subtramas. Logra darle unidad a un serie de contubernios que definen las batallas de aquel siglo. Es pues un falsificador y un espía, trabaja para una élite y su servicio debe realizarse a escondidas. Se camufla en la iglesia, en el Estado, el ejército y su verdadero jefe se mantiene en la sombra.
Eco construye un artefacto histórico con apetencias narrativas que degluten diarios, recetas de cocina, álbumes gráficos, misivas, bitácoras militares, señalamientos médicos, decálogos liberales y, por supuesto, gustos culposos por los postres parisinos. Pero en esencia, lo que más atrae del relato es la manera en la que tantísimas personas se ponen de acuerdo para construir una mentira, una grande y jugosa, que pone en movimiento las pasiones de las masas. Gracias a las creencias populares y al temor colectivo se construye la manipulación. Claro, en este aspecto, los prejuicios son fundamentales. No entiendo por qué esta novela se ha olvidado tan pronto –fue publicada por primera vez en 2010.
Leer El cementerio de Praga es una especie de cura para todo eso que se oye en los medios de comunicación masiva, en las redes sociales y en los coloquios de corte político y liberal. La manipulación, no lo dice Eco pero lo sugiere, es uno de los jinetes del Apocalipsis. Azuzar nacionalismos para encender el odio es la primera parte del proceso.
Otro aspecto que vigoriza la proposición novelística es que el autor hace mención metarreferencial a este proyecto en voz de uno de los personajes. Se trata del congreso de El cementerio de Praga y la importancia de esas conversaciones, refiere, sólo podría equipararse con la perfección de la Capilla Sixtina.
Gracias a este libro entendí aún más el oscurantismo de mi realidad. Noté que el gobierno se gana a los ciudadanos desacreditando mentes brillantes, fragmenta también las clases sociales, crea miedo y construye estereotipos en los libros de texto, material candente que terminará por definir a un enemigo. ¿En qué punto estamos? Parece que la respuesta se halla en una de las frases oscuras que nos regaló el entonces presidente López Obrador en una de las conferencias de prensa mañaneras: “Lo mejor es lo peor que se va poner”. En ese momento nadie lo entendió, ahora todo cobra sentido.
* La traducción de las frases entrecomillas es mía.
@FederìVite


