
Adán Ramírez Serret
Siempre me ha aburrido el pesimismo. Pensar que todo está mal como un acto de realismo, de inteligencia, me parece tonto. En un principio porque no me gusta pasarla mal, prefiero pensar que el mundo tiene una esperanza a asumir lo contrario: que ya no hay nada más que hacer y que la humanidad es un error de la vida. Aunque hay que decir que el placer humano es raro, pues debido al cristianismo, quizás, en Latinoamérica es más virtuoso y bueno el que sufre, que el que no lo hace.
Quizá sí sea debido a la religión, porque pensando en el sufrimiento y en el placer que de él se consigue, me vino a la mente un personaje de Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski, quien le dice a Podion Romanovich Raskolnikov, que la gente piensa que él vive para olvidar su dolor, pero no, que en realidad se emborracha para sufrir más. Y no es poca cosa que lo diga un ruso, pues este país ha encarnado algunos de los más brutales sufrimientos en los últimos doscientos años, entre hambrunas, esclavismo y revoluciones, la gente en Rusia se las ha visto duras, y todo aunado a dos factores, un frío brutal, que muerde, que cala los huesos; y una literatura rusa para la cual cualquier adjetivo es pequeño: se puede decir deslumbrante, profunda como un océano, humana, genuina, devastadora, alimenticia…, y muchos atributos más, y aún así seguiría siendo inefable.
Y entre los muchos autores rusos, hoy me vienen dos a la mente para hablar del libro que está sobre la mesa de Maxim Ósipov (Moscú 1963), Kilómetro 101, quien además de ser médico es también escritor como Mijaíl Bulgákov y como éste mismo se fue a la provincia rusa a curar a la gente más necesitada y como Anton Chèjov, quien fue el ser humano más hermoso del mundo.
Este genial libro de crónicas se llama Kilómetro 101 porque si alguien había sido apresado durante la Unión Soviética, no podía alejarse más de 101 kilómetros de alguna gran ciudad, era una consigna que se tenía que asumir de por vida.
Maxim Ósipov, como dije, es médico de formación además de ser uno de los autores más importantes de Rusia, y decide ir a ejercer a una pequeña población a unas horas de Moscú. Y allí encuentra un panorama bastante lúgubre, pues la gente vive sin esperanzas, bebiendo todo el día, y muchas personas también sólo esperando el momento de su muerte. Y ante esto, Ósipov se pone a trabajar, a atender a la gente, no necesariamente curándolos, pero sí estando cerca. Porque no siempre se puede, no siempre le creen, y el autor piensa que tienen razón. Han vivido engañados durante mucho tiempo, siendo olvidados por el Estado y saben que si tienen alguna enfermedad luego de los setenta años, ya no los van a curar y los mandarán a sus casas.
Si uno lee la cuarta de forros del libro, no dan muchas ganas de acercarse y leerlo, pero la sorpresa, la belleza, es que Ósipov no sólo es ruso, sino que ha leído a los grandes autores de este país, quienes han sido capaces de transformar todo el sufrimiento y la enfermedad en bellísimas obras de arte. Por lo tanto, ese mundo helado, en un país en donde las cosas son muy complicadas se transforma en pura belleza, porque, con este libro es posible verlo, la bondad, la empatía humana y la literatura hacen posible sobrevivir a cualquier cosa. Porque por más que haya corrupción y se piense que nada es posible en Rusia, el autor piensa que ha sido posible una revolución. Y que curar, y querer a los seres humanos, no necesariamente cambia el mundo, pero sí crea literaura que hace respirar fuerte y amar la vida.
Maxim Ósipov, Kilómetro 101, Barcelona, Libros del Asteroide, 2024. 232 páginas.


