
Anituy Rebolledo Ayerdi
Manila-Acapulco
La llamada ruta de las sedas y las especias, entre Manila y Acapulco –y viceversa– fue la ruta interoceánica más importante entre los siglos XVI y XIX. Sólo comparable con las llamadas Ruta del ámbar, el Camino del estaño o la bautizada por Marco Polo como Ruta del té o de las especias. Fue este un circuito anual casi perfecto gracias a las corrientes marinas y a los vientos favorables.
El galeón salía de Manila, Filipinas, durante la primera semana del mes de julio, durante el monzón de invierno, para llegar a este puerto 50 o 60 días más tarde. La impresionante embarcación de 50 metros de eslora y mástiles de 30 metros soportando el complicado velamen, hacía su entrada espectacular a la bahía de Acapulco. La acompañaban los murmullos jubilosos de sus pobladores rodeándola o desde los cerros. Venían enseguida la descarga de la Nao y los preparativos para la gran Feria de Acapulco, evento comercial que se prolongaba hasta el mes marzo y al que alguna vez Alejandro Von Humboldt llamó “La más famosa del mundo”.
Los primeros en desembarcar eran los pasajeros y entre ellos familias filipinas y chinas, comerciantes, religiosos y soldados. Venía enseguida la exhibición de la mercadería que se pondría a la venta durante la Feria, acompañada con manifestaciones de admiración por parte de los muchos porteños invadiendo el muelle de madera. Los tejidos de seda, los abanicos, la porcelana china, las especias, los biombos, las joyas de oro y el arte religioso. Particularmente, las tallas de marfil de la virgen del Pilar y un enorme cristo de madera hoy conservado en la catedral Metropolitana.
No obstante que buena parte del cargamento del galeón tenía destinos particulares, muchos artículos estaban al alcance de los feriantes. Entre otros:
-Vajilla de porcelana azul y blanca, de 32 piezas; 56 pesos.
-Enaguas confeccionadas en Manila, tres reales.
-Abanicos de sándalo, un real.
-Arroba de cera filipina, un peso con 7 reales.
-Colchas de raso, bordadas, 13 pesos.
-Colchas bordadas con seda oro y plata, 25 pesos.
-Alfombras persas, 35 pesos.
-Baúles de maque, 9 pesos.
-Millar de botones de cobre, 3 pesos.
-Cien botones de cristal, un peso con 4 reales.
Fayuca
No faltaban en los callejones cercanos a la Feria pasajeros comerciando artículos bajados de contrabando, más baratos por supuesto. Los funcionarios aduanales siempre sospecharon que los frailes católicos introducían artículos ilegales entre sus amplios ropajes . Sin embargo, nunca los “esculcaron” por respeto a sus investiduras.
Los galeones
El Galeón de Manila nos traía sedas, cambayas, flores como hortensias, crisantemos y orquídeas y todo lo ya anotado. Por su parte, el Galeón de Acapulco, llevaba plata acuñada y en barras, vino español y de Parras, Coahuila, mantas de Saltillo, grana de Oaxaca y cacao de Chiapas. Los cargamentos en ambos casos tenían un valor de dos a tres millones de pesos.
El último Galeón
Magallanes fue el nombre del último galeón que partió de Acapulco a Manila, Filipinas, en marzo de 1815.
San Felipe de Jesús
El primer palacio municipal de Acapulco se levantó en 1910 sobre las ruinas de un convento franciscano, construido por los propios frailes. La capilla del mismo será una copia de la parroquia de NS de la Guía de Manila, claustro en el que se preparaba a los religiosos que más tarde propagarían el evangelio en todo el Oriente.
El destino jugará una mala pasada a uno de ellos. Forjado para el servicio de Dios en el convento de Santa María de los Angeles, en Manila, el joven mexicano Felipe de las Casas se embarca en Cavite, Manila, rumbo a México. Viene a complacer a sus padres oficiando ante ellos su primera misa, más no llegará a las playas de Acapulco. La nave es asaltada por piratas japoneses con el sacrificio de todos sus prisioneros. Muy pronto, el otrora Felipillo será elevado a los altares católicos como San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano. Hoy en Colima es protector de sus habitantes ante fenómenos naturales como temblores y lluvias torrenciales.
El Santo Niño Cebú
Se considera la reliquia más antigua de las islas Filipinas y fue un regalo de Fernando de Magallanes a la reina indígena Juana, el día que con su bautizo se convirtió a la religión católica. Con una alabanza tumultuaria y fervorosa nace la tradición anual del sinulong (“¡Viva Pit señor, santo niño de Cebú!), como lo han exaltado los isleños durante siglos. En México, la ceremonia se replica en un paraje de la Costa Chica, llamado Boca del Río, ante una figura muy parecida a la de Cebú.
También de Cebú procedió el toro con el que se intentó diversificar la ganadería mexicana. Se hizo mediante el obsequio de sementales a todos los pueblos ganaderos del país, pero sin dar tiempo para la reproducción. Los animales terminaron en las cocinas pueblerinas.
Acapulco, censo de 1777
Se califica de acertada la decisión del alcalde Juan Josef Solórzano de levantar un censo de población de Acapulco, luego de un terremoto que provoca la destrucción del ala sur del fuerte de San Diego. Como se sabe, los españoles no residían en el puerto por no soportar el calor, los mosquitos y las miasmas. Lo hacían en poblaciones cercanas como Xaltianguis y lejanas como Chilapa. Así, el número de ellos reportados por el censo llegará a escasos 32 individuos, contándose entre ellos a soldados y religiosos hispanos.
Los indígenas no constituían el grueso de la población, como se pensaba, pues apenas sumaron 611 de ellos, hombres, mujeres y niños. La mayoría de los porteños eran mulatos, con mil 250 de ellos. Finalmente, los filipinos fueron 121 en total.
Las palmeras del jardín Álvarez
Uno entrañable entre los muchos regalos del archipiélago Filipino a este puerto, lo fueron las palmeras de Acapulco sembradas en la plaza Álvarez. Una, localizada frente a la parroquia de La Soledad, adquirió la fama de ser de cemento por su solidez.
Las gallos
Se dice que las primeras peleas de gallos se dieron en Acapulco entre ejemplares mexicanos y filipinos, adoptadas inmediatamente por el dictador López de Santa Anna para convertirlas en entretenimiento nacional. El dictador se hizo apasionado a ellas llegando a poseer un número impresionante de gallos filipinos. Con ellos visitaba muchas ferias del país y entre ellas la de La Sabana, en Acapulco.
El relleno
El relleno de cuche forma parte de muchos años atrás de la gastronomía de la Costa Grande, particularmente de Acapulco. Se trata de un lechón longano (ni muy gordo ni muy flaco) relleno con papas, plátano y más. Según versión del cronista Rubén H Luz, lo trajo de Tecpan de Galeana su tía abuela doña Francisca Silva H. Luz, del Pozo de la Nación . De ahí que se le tenga como un platillo nacido en ese barrio, el más rico del puerto.
El apellido H. Luz, a propósito, lo crea un joven príncipe heredero del reino de Portugal, quien llega al puerto huyendo del complot de sus medios hermanos para asesinarlo. El Henríquez, el apellido real, lo convierte en sólo una letra H, a la que añade la palabra Luz, el nombre de la logia masónica a la que pertenecía y cuyos socios lo había escondido en el barco que lo trajo al puerto. Funda así el apellido H Luz, portado con orgullo por muchos hombres y mujeres de la Costa guerrerense.
Guinatán
El guinatán es una delicioso manjar filipino a base de pescado (cuatete o sierra) cocinado en leche de coco con chile guajillo, orégano y sal. Dice la conseja popular que el guiso se “corta” si es elaborado por mujer embarazada o cualquier persona que tenga “el ojo caliente”.
Macan
Agua fresca de arroz y piña. Se deja en remojo la noche anterior a su elaboración. Muy apreciada en la Costa Chica.
La tuba
La tuba no es otra delicia que la savia de la palmera y cuya obtención implica un ritual más complicado que una cirugía plástica. Se obliga al tubero a no tener relaciones sexuales por lo menos 24 horas antes de la operación. ¿Por qué?. Porque si no lo hace, palmera, mujer celosa al fín, le negará una sola gota de su savia.
Linonga
La linonga o morisqueta sigue siendo el platillo base en Acapulco y de ambas costas. Pueblos en los que los niños todavía juegan con zarangolas; las señoras prefieren la masa del maíz cueite y rechazan la pallanque, que son granos apenas quebrados. Todavía se le llama travieso al chamaco inquieto y zaragate al perezoso. Los trastos viejos son estrufiancos.
Las palmeras
Las palmeras de Zócalo de Acapulco fueron traídas de Filipinas a instancias del gobernador Juan Alvarez. Y a la dedicación de Francisco Cadena, llamado “el mensajero de la fertilidad” por haber traído desde aquellas islas los frutos de los que hoy nos enorgullecemos: el mango, el tamarindo, el cilantro y el caimito. Este último con saborcito a coco de cuchara.
Las descendencias
Filipinos náufragos frente a la Barra de Coyuca se integran inmediatamente a la comunidad, fortaleciendo la estructura social de la región. Entre ellos los Guinto, los Balanzar y los Zúñiga.
Acapulqueños del mismo origen: Bermúdez, Diego, Lobato, Funes, Liquidano, De la O, Paco, Batani (procedentes de Batán) y los Tellechea.
Poco importa
Poco importa, finalmente, de donde procedan el arroz, el coco y los mangos. Están aquí y son nuestros. Son ellos y nosotros, somos todos. Por eso el Galeón de Manila ya no viene de allá, ni va para más allá, se quedó atracado para siempre en La Roqueta.
Palabras de bienvenida del autor, entonces funcionario municipal, para el excelentísimo embajador de Manila, don Justo Orroz, su distinguida esposa y comitiva, durante su visita al puerto el 19 de junio de 2004 . Fecha en la que designó al doctor Mario de la O Almazán, como cónsul honorario de Filipinas en Acapulco.


