22 noviembre,2025 5:32 am

El activismo doloroso e hilarante de Quya Reyna

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Adán Ramírez Serret

La otredad en Latinoamérica tiene siempre tonos coloniales, aunque tanto en México, durante la Nueva España, como en Sudamérica lo que había eran virreinatos más que una Colonia. Durante estos regímenes que duraron trescientos años, las culturas originarias pasaron de ser ciudades-estado con jerarquías propias, a ser un grupo pluricultural que no siempre tenían que ver entre ellos, a veces para nada y más bien eran enemigos y que, sobre todo, creaban un grupo por no ser europeos y con el paso del tiempo, o se volvieron mestizos, o se convirtieron en grupos aislados que, una vez que vinieron las guerras de independencia, o los integraron a la fuerza, o los marginaron por no funcionarles a las naciones en sus proyectos de formar repúblicas.

Por supuesto que estoy hablando a grandísimos rasgos, pero lo hago para dimensionar, aunque sea un poco, ese extraño fenómeno que hemos naturalizado en donde muchas personas son “las extrañas” en su propio lugar de origen, aquellos otros que usualmente crea el colonialismo. En México esto se ve de manera más fuerte en estados como Oaxaca, Guerrero, Chiapas o Yucatán, en donde las culturas originarias se han mantenido, y resistido a embates culturales y muchas veces violentos. Y al convertirse en la otredad, al ser vistos siempre desde fuera, sucede aquello usual: ser considerados desde el prejuicio, o son observados como atrasados, que se niegan al progreso, o son muy buenos y encarnan lo más puro y auténtico de una sociedad. Se les niegan esas aristas, matices de grises y diferentes dimensiones que son indispensables para los seres humanos. Ser todo: buenos, malos, angelicales, artificiales, auténticos o lo que gusten: libres.

Justamente pone esto en tensión Quya Reyna (El Alto, Bolivia, 1995), una joven escritora boliviana quien, en un principio, desde las redes sociales, comenzó un activismo en donde con un texto en Facebook, “Dejame llorar”, reflexionaba desde su familia, a caballo entre las entrañas y la reflexión, sobre los problemas de violencia que vivió Bolivia en 2019. En contra del terror en todos sentidos y sacando a la luz una identidad, la de los aymaras, en El Alto a 4 mil 150 metros, la ciudad conurbada aún arriba de La Paz, y la segunda más poblada después de esta.

Desde ahí, Quya Reyna escribe Los hijos de GONI, una serie de crónicas autobiográficas que son una verdadera sorpresa. Quien haya sido tan amable de haber leído hasta aquí, se imaginará que el libro es de un activismo enojado de manera legítima o resentido de igual forma. Pero no, estas crónicas suceden en un lugar marginal en todos sentidos: es la zona conurbada, inmensa, pobre y marginal y está habitada por aymaras, por un pueblo originario que siempre ha sufrido discriminación en Bolivia. Pero las crónicas hablan de aquello universal que nos hace humanos: los núcleos familiares en donde abunda la competencia, los celos y, desde luego, la envidia. Escribe Quya: “Yo creo que un hombre en El Alto no es nada si no es más que su vecino, por eso los adornos coloridos en las bicicletas y minibuses, por eso las fachadas bien llamativas de los nuevos edificios (…) porque no se puede vivir sin decirle a tu vecino: Tu envidia es mi bendición”.

Las crónicas tienen la maravilla de ser brutalmente divertidas mientras cuentan momentos de brutal pobreza, de hambre, de marginación, y no es porque sean una apología de esto, sino porque aparece la inteligencia, el punto de vista tan fino capaz de descubrir, cual rayo láser, los sentimientos humanos que se concentran en una familia. Las crónicas son confesionales, son de denuncia, describen a la cultura aymara también y, muchas veces, habitan ese mundo extraño de la literatura, a lo Kafka, en donde Quya Reyna en Perro gris, es una extraña incluso para sí misma. Y, de manera paradójica, dejan de ser los otros, los aymaras y los de El Alto en estas crónicas, para volverse, sencillamente, quienes cuentan la historia. La joven, la mujer, que cuenta su vida en primera persona y se aleja de los prejuicios de la otredad.

Quya Reyna, Los hijos de GONI, El Alto, Sobras selectas, 2022. 102 páginas.