8 enero,2026 8:38 am

El Plan de Justicia Afro necesita más participación social y menos burocracia tutelar: Alejandro Sámano

Sólo así se podrá desarrollar el potencial de la Costa Chica, señala el activista. La ganadería y la agricultura son las opciones económicas actuales, pero el turismo, con grandes oportunidades con sus paradisiacas playas, no termina por despegar, critica el profesor Jorge Zapata Ramos

Martín Equihua / Segunda parte

Cuajinicuilapa, Guerrero, 8 de enero de 2026. El anunciado Plan de Justicia del Pueblo Afro, como el resto de planes de justicia para pueblos indígenas, necesita de una verdadera participación de la población, real y directa, “y que los funcionarios se despojen del tutelaje de viejo estilo que aún padecen”, porque sólo así se podrá desarrollar el potencial de la Costa Chica, incluida su vena cultural, asegura el activista Alejandro Sámano Zapata.

Por su parte, el profesor Jorge Zapata Ramos, considera que el Plan de Justicia “no debe inventar nada nuevo, porque no hay nada que inventar”, pues de antemano se sabe qué se necesita, porque “por décadas los comisarios han andado de oficina en oficina, con sus papeles bajo el brazo”.

Mucha gente se dedica a la ganadería, sobre todo la crianza de borregos, señala, y a la agricultura, pero faltaría infraestructura de riego para mantener pastizales y otros cultivos que mejoren los ingresos de la población. Por el lado turístico, considera que no termina de articularse una política de promoción, nacional e internacional, que ofrezca “las maravillosas playas que tenemos en Costa Chica”, como las paradisiacas El Dorado, Playa Ventura, El Faro y otras, “que hoy sólo pueden mostrar el desmadre que hacen los huracanes” y la insuficiencia del respaldo de recursos públicos.

En tanto, los pescadores “sólo pueden pescar a las orillas, haciendo pesca ribereña”, con redes y anzuelos, porque sólo cuentan con lanchas pequeñas, familiares, pero no pueden incursionar en la llamada pesca de altura, que implica una fuerte inversión. “Sé que una lancha para pesca cercana a la playa, de las que más se usan, la más barata puede costar arriba de 100 mil pesos, y para pesca grande, más de 5 millones de pesos”, dice el profesor y también hijo de pescadores.

Las especies que más capturan y comercializan actualmente son huachinango, bagre, pargo y mojarra; además de pulpo, camarón, langosta y ostión, aunque con “el dichoso Plan de Justicia, se podrían revivir las cooperativas, capacitar a los pescadores y apoyarles para una pesca más comercial”, con una verdadera red de frío y centros de acopio, que redunden en mejores ingresos para la población. “Pero a ver qué pasa, si no es más de lo mismo de siempre”.

Mi abuelo negro, negro, negro, hablaba de esclavitud: Aydeé Rodríguez López

Aquejada de enfermedades y necesitada de vender parte de su obra para atención médica, la pintora Aydeé Rodríguez López empezó a pintar muy cerca de los 40 años, como reacción a la muerte de su abuela, Cástula González Herrera, con quien se había criado y que representaba “todo para mí”. Un buen día tomó cartón y lapiz y pensó en ella y le resultó un cuadro vivo, con el que le rindió homenaje. Desde ahí, y sin estudios previos, no abandonó lápices, pinceles, lienzo y óleo.

Su abuelo era “un señor negro, negro, negro; negro auténtico. Un gran hombre que amé mucho”, y al que escuchaba hablar en secreto con su abuela, “como a escondidas, como de misterio”, y aunque a ella no le permitían estar en pláticas de adultos, siempre se las ingenió para enterarse. Hablaban de esclavitud y barcos naufragados, de haciendas y algodón, de cadenas y de amor. Y cuando tomó los pinceles, la memoria de esas charlas prohibidas fue su principal fuente de inspiración, y muchas veces fue a buscar los sitios de que hablaban sus abuelos, como la exhacienda La Guadalupe.

En una serie de tres óleos encapsuló el mundo del trabajo en esa hacienda algodonera de Collantes y su puerto Miniso, donde embarcaban el producto. La obra fue premiada en la Bienal de Florencia, Italia, y junto a otras más, le han abierto el reconocimiento y penden ya de muros de universidades estadunidenses, instituciones públicas y de compradores diversos que admiran no sólo su trazo colorido, sino su temática del esclavismo afro que se mantuvo por casi cuatro siglos en América.

El cuadro El naufragio “lo pinté llorando; me costaba mucho trabajo continuar. Me conmovió hasta el alma”, dice la artista del color que sigue preguntando: “¿cómo pudieron hacer eso? Aún no puedo entenderlo”.

El profundo dolor de aquel imperdonable episodio de la miseria humana, se filtra en cada trazo y en cada imagen que brota de sus manos, desde una estética que recupera los colores vivos de su paleta afro, salpimentados con el recuerdo emocional de la barbarie del comercio de esclavos negros que fueron arrancados con violencia de sus tierras africanas, y de los cuales desciende el grueso de la población de Costa Chica.

Y es que, por mucho esfuerzo que se haga para el olvido, las dramáticas y brutales imágenes de esclavos asinados en barcos negreros, marcados a fuego en sus cuerpos, se han contado de boca en boca, en voz baja, de generación en generación, y así han resistido para vergüenza de todos los tiempos. “Apenas puedo creer esos viajes, en esas condiciones, cruzando el Atlántico durante meses”, dice la pintora enferma.

Y aún tiene recuerdos por pintar, como cuando la colgaban sus abuelos, “pero no del pescuezo, sino de la cintura”, porque por irse a jugar cuando niña, los marranos tiraban la manteca y hacían un desastre.

La conciencia identitaria es asunto reciente

Alejandro Sámano Zapata es un acapulqueño que toda su vida ha militado en el campo de la izquierda, a quien en algún momento se le atravesó la reflexión de la negritud, es decir, de la toma de conciencia de esa identidad afro que tiene el mismo derecho a existir y a ser reconocida, como todas las caretas identitarias que constituyen la pluriculturalidad de México.

“La población de Cuaji y de aquí, Acapulco, no aceptaban llamarse negros, eran morenos o mexicanos, pero no aceptaban esa reivindicación negra, y menos afro”, dice Sámano Zapata en entrevista con El Sur.

Por ello, no duda en señalar que se han dado cambios importantes en las últimas décadas, “sobre todo con las nuevas generaciones”.

A finales del siglo pasado, promovió la organización de comunidades de la Costa Chica, “desde San Marcos hasta Cuajinicuilapa”, pero el tema de la negritud, de la conciencia afro, no resultaba de interés para nadie. Se rechazaba. “A nadie le atraía la idea de montar museos de la cultura negra, de la población negra. De los orígenes”, rememora.

Su madre es de la comunidad Cerro de las Tablas, muy cerca a Comaltepec, de donde es originaria la pintora de El naufragio. Y aunque él no recuerda haber sido discriminado de niño en Acapulco, no olvida a “algunos vecinos, cuando nos llegaban visitas de familiares de mi mamá, con la piel más negra que la mía… había cabrones que, aunque también estaban igual de tostados que yo, se burlaban o hacían escarnio de eso”.

Esos pequeños ratos lo llevaron a preguntarse y a preguntar a su mamá, porque “te das cuenta que eres diferente y que vienes de una familia diferente. Sobre todo la parte de mi madre, con quien he tenido más comunicación. Y por ahí ella, en alguna ocasión me dijo que había la idea de que la población negra venía de África”.

Ahora Samano Zapata entiende que a esa misma reflexión llega a buena parte de la población costeña de ascendencia afro, y sobre todo la que emigra, “porque de muchas formas, desde niño, en la escuela, en los modelos televisivos, en los libros, te hacen creer que la normalidad está en los mestizos, que entre más blancos, mejor, pero no es así”, señala.

En su adolescencia empezó a ser más consciente de esa singularidad de la Costa Chica, a través de sus primos, incluido el pintor Jorge Añorve, de quien hay una obra en el Museo Nacional de Antropología e Historia, “en el área de la población negra”. Y por ellos se enteró del ya clásico libro de Cuijla, de Gonzalo Aguirre Beltrán, que le hizo llevar su reflexión más allá de corazonadas para rascarle, “a nuestros orígenes”.

Después, Alejandro Sámano conoció a activistas estadunidenses con quienes se enteró de líderes negros que lucharon por los derechos civiles, como Martin Luther King y Malcolm X, y pudo leer y aproximarse a conclusiones válidas de un lado y otro de la frontera, y que tienen que ver con el rechazo a esa ideología que aún perdura y que se manifiesta de múltiples formas, según la cual, el color de la piel determina la calidad humana, y le encontró mejor sentido a la expresión “diferentes en la piel y la cultura, pero iguales ante la ley y las oportunidades sociales”, para lo que faltaría un buen trecho en México.

Finalmente, Alejandro Sámano Zapata, que ha sido ejemplar en acciones en favor de la causa palestina, en estos meses de genocidio, considera que el anunciado Plan de Justicia Afro, como el resto de planes de justicia para pueblos indígenas, necesita de una verdadera participación real, directa, de la población, “y que los funcionarios se despojen del tutelaje del viejo estilo que aún padecen”, porque sólo así se podría desarrollar el potencial de la región, incluida su vena cultural.

México negro

Entre los esfuerzos significativos por darle contenido al reclamo de la identidad, está el de la serie de Encuentros de los Pueblos Negros de México, que van por el 27, y en cuyo trayecto han reafirmado la resistencia de siglos, de espíritu cimarrón, es decir, libertario, y su lucha por el “reconocimiento pleno, la justicia racial y la garantía de nuestros derechos colectivos, culturales, territoriales, ambientales y políticos”, como se verá mañana, en la tercera y última parte.

Se verá, igual, a Roberto “X”, que no puede revelar su identidad porque al ser “tono de ozoleón” tiene prohibido exhibirse, ya que el poder del animal que lo acompaña, siempre es usado para el bien, para el servicio a los demás, y no para presunciones.

Y cerrará esta entrega, con la alegría de la joven Karla Ortega Román, portadora no sólo de una estafeta del presente, sino que también, de otra de futuro, consciente de que le toca ese relevo “de las personas que sembraron la semilla, que estuvieron antes de mi en esta lucha, que con algegría continuamos”, dice con la fuerza de sus 21 años.

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