
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
I
En su libro Historia, la pensadora Ikram Antaki comenta una escena de la Odisea, la aparición de Náusicaa. Hija del rey Alcínoo, princesa de los feacios, encuentra a Odiseo naufragado en la orilla, con el cuerpo desnudo, hinchado y repleto de sal. Viene sin barco, sin nombre. Fuera de su lengua y de su historia. Náusicaa lo observa, no huye. Le deja ropa, lo escucha y le enseña el protocolo, cómo entrar, qué decir, a quién dirigirse. Gracias a ella, Odiseo recupera la voz y, con ella, el acceso al mundo.
Antaki compara esa escena con otras tradiciones narrativas, como Las mil y una noches o El libro de los reyes, donde al presentar a una joven se enumeran los adornos como si de ellos dependiera el encanto. En cambio, dice Antaki, Homero solo dice que Náusicaa era como una joven palmera. En efecto, lo es, como también lo son, dice Antaki, todas las jóvenes de todas las civilizaciones.
II
Ikram Antaki nació en 1948 en Damasco. Estudió en una escuela católica dirigida por monjas franciscanas. Era una escuela privada, con enseñanza en francés. Su familia no era creyente. En casa no se celebraban fiestas religiosas ni se hablaba de Dios. En 1963, un golpe militar llevó al poder al partido Baaz. El nuevo régimen nacionalizó escuelas, controló la educación e impuso una ideología única.
Muchas familias laicas, con vínculos culturales y educativos con Europa, comenzaron a irse. A los diecisiete años, Antaki tomó un avión rumbo a Francia. Allí estudió filosofía, antropología social y literatura comparada en la Sorbona. Vivió casi una década en Francia. Leía en varias lenguas, escribía, pensaba por su cuenta. No firmaba manifiestos ni se sumaba a las consignas de moda.
Un día extendió un mapamundi, trazó una línea recta a la altura del ecuador y buscó el punto más lejano a Siria. Dijo que era México. Es decir, el fin del mundo, un lugar que ella quería conocer. Llegó en diciembre de 1975. Aprendió el idioma. Se quedó en México hasta su muerte, en el año 2000.
III
De vez en cuando, mientras leo el libro de Antaki, regreso a su ficha biográfica. Me la imagino trazando esa línea. Desafortunadamente, yo no tengo un mapamundi en este momento, pero me pregunto cuál es el lugar más alejado para mí, cuál es mi fin del mundo.
IV
Desde donde estoy ahora, en Iowa, el lugar más alejado de la Tierra en el que he estado es Teotitlán del Valle, un pueblo en Oaxaca. Es una comunidad zapoteca conocida por la fabricación de tapetes de lana en telares tradicionales, teñidos con pigmentos naturales. Para llegar hasta allá, el autobús toma la carretera federal 190 y pasa cerca del Árbol del Tule, en Santa María del Tule.
Cuando iba en cuarto de primaria aprendí que ese árbol era el más grande del país. Recuerdo que decía que se necesitaban muchas personas tomadas de las manos para rodearlo. Treinta, tal vez cuarenta. Es un ahuehuete con el tronco más ancho del mundo, según el récord oficial. Yo solo lo vi de lejos, desde la ventana, preguntándome si hasta ese momento conocía suficientes personas como para reunirnos un día, un domingo en la mañana, por ejemplo, a rodear el árbol. Y ya después de eso, que cada uno regresara al recuerdo del que vino.
V
La pintura más reconocida con personas tomadas de las manos en círculo es La Danza, de Henri Matisse. La realizó en 1910 por encargo de un coleccionista ruso. Cinco figuras desnudas, alargadas, se enlazan formando un círculo abierto. La imagen es sencilla, una colina verde, un cielo azul y cuerpos en rojo. No hay detalles ni profundidad. Solo color, forma y movimiento.
VI
Antes de la pintura de Matisse, otro pintor francés, Paul Cézanne, trabajaba en óleo una escena donde también hay cuerpos relacionándose: Los grandes bañistas. La pintura muestra un grupo de figuras desnudas, dispuestas en el borde de un cuerpo de agua. No hay una acción evidente, pero las figuras están inclinadas, sentadas o en movimiento, con los brazos y torsos formando una estructura triangular. El fondo se compone de árboles, agua y cielo, sin detalles.
En octubre de 1906, Cézanne salió a pintar al aire libre, como hacía habitualmente. Mientras trabajaba en un paisaje, lo sorprendió una tormenta. Permaneció bajo la lluvia durante horas hasta que el agua lo venció. Un carretero que pasaba por el camino lo subió a su carreta, que usaba para transportar ropa, y lo llevó hasta su casa. En la entrada, dos hombres lo ayudaron a bajarse y lo llevaron directamente a su cama. Al día siguiente, todavía enfermo, se levantó temprano y salió al jardín a trabajar bajo el tilo.
Regresó con fiebre alta.
La neumonía avanzó rápido.
Los grandes bañistas quedaron inacabados.
El 13 de octubre de 1906, nueve días antes de morir, Cézanne le escribió una de sus últimas cartas a su hijo. Le decía que el tiempo era tormentoso y muy variable y que “los esbozos y los lienzos que hiciera no serán más que construcciones a partir de la naturaleza, basadas en los medios, las sensaciones y los desarrollos sugeridos por el modelo, pero siempre estoy diciendo lo mismo.” Cerraba con un pedido simple, “¿Podrías procurarme pan de almendra en pequeña cantidad?”
VII
El pan favorito de mi padre es el panqué de almendra, y mi nombre también es Paul. Yo no sé dibujar. No tengo ningún dote de pintor. Las pocas veces que me he atrevido a tomar los colores de la naturaleza, las proporciones de mi trazo y lo torpe de mi mano siempre acaban en horrorosos extravíos de luz. A mi madre, en cambio, le gusta mucho pintar. De ella he aprendido, lo mismo que Cézanne se repitió durante toda su vida: experimentar sensaciones y leer la naturaleza.
VIII
En su ensayo Lo que vemos, lo que nos mira, el filósofo Georges Didi-Huberman escribe que mirar es una forma de exposición. Para él, mirar no se trata solo de dirigir la vista hacia algo, sino de quedar implicado. Es decir, dejar que eso que está delante no solo sea visto, sino que algo de lo que aparece nos alcanza, incluso sin querer.
Puede ser una piedra, una tela, un trozo de madera, una taza rota, una fotografía torcida, una hoja guardada dentro de un libro. Algo en ellas no se agota en ser visto. No valen únicamente por lo que significan, sino por lo que hacen cuando las miramos. Y es que nos miran de vuelta. No en el sentido literal, sino a través de un gesto. No uno humano, sino un gesto material, una insistencia de la forma. Esa presencia actúa. Tiene peso, tiene volumen, tiene tiempo acumulado. Y desde su sitio, sin rostro, nos obliga a volver una vez más la vista.
IX
El día que me di cuenta de que tenía problemas de la vista, estaba acostado con mi padre en el suelo de la sala, mirando un partido de fútbol. Hasta ese momento, yo no entendía cuál era la gran emoción de mi papá al ver la tele. Siempre miraba la pantalla, un cuadro verde, interrumpido a veces por otros colores. Él iba gritando emocionado, casi al mismo tiempo que las voces de la transmisión.
Acostado, con la cabeza sobre su abdomen, le hice una pregunta sobre las reglas del fútbol.
Me dijo: “Mira, van 2–1.”
Le respondí que yo no veía ningún número en la pantalla.
Tenía pocos años. Mi papá usaba lentes desde que yo lo recuerdo. Me prestó los suyos. Me quedaban grandes y me daba cosquillas en los ojos la luz que pasaba por ellos.
Semanas después me llevaron a hacerme un examen. Me pusieron una mariposa de metal fría y pesada sobre la nariz. ¿Así o así?, me preguntaban, mientras las letras de la pared blanca cambiaban de lugar como hormigas grandes, luego medianas y luego quién sabe a dónde se iban.
Luego me sentaron en un banquito. Con un ojo había que ver una granja, y con el otro, otra distinta. Semanas más tarde fuimos a La Gran Plaza otra vez. Mis lentes tenían cordones y el dibujo de un conejo en cada orilla de las patas.
Recuerdo la primera vez que besé a alguien con lentes. Las micas de nuestras gafas chocaban haciendo ruidos como de cucharas de plástico. En medio del beso yo abrí los ojos. Ella también me estaba mirando. Por el aumento de las micas, sus ojos se veían más grandes, y podía ver con claridad las olas que se hacen adentro de la pupila.
X
Virginia Woolf empieza su novela Las olas describiendo el movimiento interior de un amanecer, o, mejor dicho, un estado de transformación sutil, casi imperceptible, donde el mundo comienza a organizarse lentamente, como si despertara. Dice: “El sol no había salido aún y era imposible distinguir el cielo del mar, si se exceptúa la ligera ondulación del agua, como cuando se arruga un paño.”
XI
El año pasado toqué el agua fría del océano Pacífico Norte por primera vez. No estaba amaneciendo, pero el día estaba por terminar. No podía distinguir nada, salvo la ondulación ligera del agua, acompañada por las últimas luces de la tarde.
Había estado caminando todo el día. Cuando me quité los zapatos y toqué la arena, de tan hinchados que traía los pies, alcancé a ver, incluso con la poca luz, el empeine enrojecido y los dedos magullados. Se oían algunas gaviotas y, a lo lejos, personas saliendo con tablas de surf hacia la carretera costera. Había fuegos encendidos a lo largo de la costa. No sabría decir qué eran. No había nadie alrededor. Eran fuegos que parecían haber nacido solos, al final del día.
Me colgué los zapatos al hombro. Tomé agua antes de entrar. La arena se volvía más fría con cada paso, hasta que una ola llegó y tocó mis plantas desnudas. Esa sensación no me llevó a ningún lado. Estaba completamente ahí, despojado ya de la poca luz que le quedaba al día.
El mar donde crecí estaba a miles de kilómetros de distancia.
En esta orilla no había vegetación, pero el aire doblegaba algo, como si palmeras se inclinaran ante el viento por toda la costa. Y yo lo miraba, aunque fueran solo figuras hechas de aire, danzando con las manos trenzadas como tallos alrededor de un tronco mayor.
Entonces me alejé. Solté sus manos y salí de esa danza, aunque su canción me favorecía.
Regresé al asfalto.
Mientras me sacudía la arena de las plantas de los pies y me ponía los zapatos, una muchacha parada en una esquina abría los brazos y jugaba a dejarse sostener por el aire. Y el aire la sostenía sin esfuerzo alguno, bajo la luz del alumbrado público de esta ciudad del norte de la que escribió alguna vez Homero.


