
AMERIZAJE
Ana Cecilia Terrazas
Toda información que desprende adrenalina, lágrimas, sudores, sangre, miedo y catástrofe, apela directamente al morbo básico de las audiencias. Así que, con medios de comunicación más veloces y mejor amoldados a los intereses particulares, la “pornografía del desastre” está en su pico más alto precisamente hoy.
El término “pornografía del desastre”, según ha dicho la académica Lilie Chouliaraki, profesora de Medios y Comunicación en la London School of Economics, “no es una metáfora ligera, es una categoría de análisis mediático que define la transformación del sufrimiento humano en un producto de consumo estético y comercial”.
Así, la pornografía del desastre se vuelve el Coliseo romano del planeta y de los sujetos que lo habitan; está en todas partes y en todas las pantallas, (apto o no) para todo público.
En una suerte de “ironía de la solidaridad”, sigue la académica, “el espectador observa la tragedia ajena desde una distancia segura, consumiendo el dolor como un espectáculo que prioriza el impacto visual sobre la comprensión de las causas o la dignidad de los afectados. No se busca informar, sino generar una reacción visceral que mantenga al usuario (entre más usuarios, mejor) anclado a la pantalla”.
Así, el desastre, el fin del mundo, el apocalipsis, los últimos días, son altamente rentables. Es la película que todas las personas siguen, porque les afecta en primera persona y porque no les permite en general escapar al morbo de saber “qué duele”.
De hecho, otro concepto de la enciclopedia catastrófica es el doomscrolling o doomsurfing, que significa ese (que parece) imparable hábito de navegar por internet y redes sociales durante periodos prolongados, consumiendo una corriente ininterrumpida de noticias negativas, trágicas, morbosas o alarmantes. La pura nota roja, amarilla, apocalíptica. Y aunque el contenido sea sumamente perturbador, las personas son incapaces de dejar de “escrolear” o “deslizar la pantalla” de lo que le bombardeen.
El apego a este tipo de pornografía del desastre, según algunos estudios de la Universidad de Florida, es muy superior al de otras informaciones. Datos de Nielsen refuerzan que “durante catástrofes naturales o crisis humanitarias globales, las audiencias de los noticieros nocturnos registran picos de entre el 20 y 50 por ciento”.
Entre las razones más químicas para que ocurra este fenómeno está el que ese tipo de imágenes aumenta el cortisol en los seres humanos, lo que nos mantiene en un estado de alerta, el cual te indica que te quedes ahí viendo… aunque en realidad te está haciendo adicto porque –al parecer– el cerebro humano está programado para priorizar amenazas.
Hay formas para salir de esa adicción y ya se han mencionado en otros Amerizajes. Sin embargo, dos películas recientes, estando inmersas en el tópico del fin del mundo, logran que el espectador se despegue –con un manejo científico muy interesante desde la ciencia ficción– de ese circuito sin rumbo, para proponer escenarios que superan y rebasan el desastre.
La primera es Arco de Ugo Bienvenu, estrenada recientemente (2025/2026). Es una pieza de ciencia ficción 2D visualmente impresionante que ha estado haciendo mucho ruido en festivales como Cannes y Annecy, donde ganó el premio principal. Es entrañable, sensata, corta, lógica dentro de su propia ficción y ciencia. El conflicto que presenta es una tensión que puede construirse desde una relación amorosa, amistosa, solidaria, única.
La segunda película muy recomendable en este sentido, también sumergida en lo que parece la irremediable muerte de la Tierra y sus habitantes, es Proyecto Hail Mary –que en México nombraron Proyecto del fin del mundo, desde luego. Es una película bien actuada, también de ciencia ficción, que se compromete con las etapas y el detalle muy sensible de una relación amorosa –como la otra cinta–, en lo particular, al tiempo que presenta la relación de la humanidad con la vida, en general.
Rodear la pornografía del desastre implica recuperar esa mirada de esperanza, de autocontrol frente a la propia industria de eso y ubicarnos desde otros pilares fuertes –como son las relaciones amorosas con lo diverso y distinto– para poder sortear el presente y lo que venga.
@anterrazas


