
Anituy Rebolledo Ayerdi
La Altamirano
Escuela Ignacio M. Altamirano, salón de primer año escolar, primer día de clases. La profesora pregunta ¿Nos acompaña el alumno número 24 de la lista?
–Soy yo, señorita profesora. Me llamo Gilberto Cueva González , tengo 8 años y vivo con mis padres y cuatro hermanos.
Así se identifica un niño moreno claro, ojos verdes y, cabello ensortijado…
–¿Vives?
–Yo y toda mi familia vivimos en la isla de La Roqueta, sin número. ¡Allí, enfrentito, señorita!
Las carcajadas del grupo serán ruidosas, atronadoras, seguida de gritos de “¡éjele mitotero en las islas no se vive. ¡Chismoso, te la tronaste en ayunas! ¡No vaya siendo que seas nieto de Robinson Crusoe y vengas a reclamar tesoros! ¡Solo falta que nos salgas con que tu novia es una sirena o que has atrapado mantarrayas”!
La profesora logrará imponer el orden para explicar el por qué Gilbertito vive en La Roqueta. Sencillamente porque no podría ser de otra manera en razón de que es en la isla donde vive su familia. Su padre es el encargado de prender el faro que guía todas las noches la navegación marítima
No obstante, el niño mantendrá en el salón un status sobresaliente, sencillamente porque tenía muchas más aventuras que contar
El arribo
Luego de once años de estar a cargo del faro de Punta Maldonado, Guerrero, Ernesto Cueva llega a Acapulco para hacerse cargo del instalado en la isla La Roqueta. Lo acompaña su esposa María de Jesús González y sus hijos: Lidia, Delia, María y Gilberto. Ernesto, el primero, había muerto por piquete por alacrán. El sexto, Carlos, será acapulqueño.
El trajín cotidiano de subir y bajar el cerro de 180 metros de altura, no tendrá para ellos mayor emoción que ser los primeros en llegar a la cumbre o a la playa. Las sesenta hectáreas del macizo no les serán ajenas, incluida la tenebrosa Cueva de los Murciélagos. Se decía que en ella, cuando a la isla se le llamaba El Grifo, los piratas holandeses habían ocultado tesoros increíbles. “Alguien se nos adelantó –comentaba Carlos Cueva– nosotros sólo encontramos sólo guano, toneladas de guano”.
El mismo Carlos, presumía haber conocido la playa de Las Palmitas, prohibidísima para los menores porque en ella las mujeres nadaban sin traje de baño. Recordaba el reproche de sus hermanas para los que no salían de aquella. ”Por arrechos y verriondos se van a quedar ciegos”.
La compañía
Los Cueva González no llegaron solos a La Roqueta, los acompañaban tres perros: Boby, Prieto y Llorona; tres acémilas: Negro, Bartola y Muñeco, además de ocho chivos, 20 gallinas y 20 marranos. La fauna silvestre la componían lagartijas, cucuchitas, tequereques, capichochos alacranes, tarántulas y víboras. A propósito, la familia del Faro vivirá horas de angustia cuando una docena de víboras venenosas se escapen del zoológico que operaba en la isla y cuyo nombre era La Jungla. Los menores regresarán a casa solo cuando los reptiles hayan sido recapturados.
Otra declaración de alarma se dará en el área de Caleta, Caletilla y La Roqueta cuando muera nadando la residente francesa Susana Deyfrus, propietaria de una boutique en la calle Hidalgo. La prohibición para chapuzones en aquellas playas, durará el tiempo que le lleve a la autoridad determinar las causas de esta muerte: lancha rápida, no tintorera, será el resultado.
¡Agua, agua!
Las acémilas al servicio de La Roqueta no pertenecía a la familia Cueva sino a la Nación. Disponían de una asignación de 15 pesos mensuales no obstante consumir pastura por 45 pesos en el mismo periodo y sólo el agua que bebían era gratis aunque hubo un tiempo de restricción severa. Cuando el aljibe de la isla reduzca sus producción será necesario trasportar líquido. Nunca fue atendida la exigencia oficial de que se reabrieran los pozos del hospital para leprosos, que habían operado en la isla. A estos, se decía, “ni acercárceles de lejos”.
El compadre Tin Tan
Agentes federales llegan un día a la Casa del Faro en busca de Ernesto Cueva, al que arrestan acusado de poseer un sembradío de mariguana. Lo someten bruscamente y le atan de las manos. La señora y los niños lloran y juran que Don Neto es inocente. Él responde:
–Sí, señores, tengo un huertita, aquí arribita, pero sembrada de maíz y a veces de sandía. ¿Mariguana?, ¡ no, nunca!
–¿Y en Las Palmitas?
–¡Ah, esa, señores, no es mía!, ¡esa es de Tin Tan el cómico de cine! Se llama Germán Valdez y es mi compadre de grado porque bautizó a Eduardo, mi hijo menor. Por cierto, hace un tiempalalal que no viene aunque vive en Acapulco. Ora el encargado de cuidar su milpa, señor policía, es un señor alto y güero a quien le dicen Papalío.
–También buscamos a ese cabrón –revela el policía, agradeciendo el pitazo para luego despedirse con una recomendación para don Ernesto: ¡Y, cabrón, no vayas ir a mitotearle a tu puto compadre!
Cacería
Muchos acapulqueños de hoy ignoran cosalales del pasado, como decía doña Juana Quiroz, y entre ellas que la isla de La Roqueta sirvió un tiempo como coto de caza, especialmente para turistas gringos.
Un día llegó una lancha con siete venados y la orden de que sean soltados en toda la isla. Pronto arribaron funcionarios turístico para poner en marcha un nuevo atractivo de Acapulco: la cacería de venados. Llegan los cazadores , todos gringos y ¡pum, pum, pum!, En una semana se agotan los venados y entonces los cazadores empezaron a dispararle a nuestros perros, marranos y gallinas. Tuvieron que pagar los daños y nunca volvieron. ¡Agüe, dijo Lalo!
Los Robinson
Allí, enfrente, estaba el Acapulco milenario refulgente como ascua mientras que los Cueva González en la isla La Roqueta se alumbraban con lámparas de gasolina. No obstante, sus noches nunca serán interrumpidas por el frenesí de los ritmos electrónicos de la Costera. Si acaso como un rumor lejano, pero ninguno como para ahogar la sinfonía nocturna de miles de seres silvestres: totolas, gaviotas, gallos, chorlitos, achichincles, garzas, tiquinches, cuclillos, colibrís y muchos más
Casa propia
Cuando la familia Cueva González abandone en 1989 la isla La Roqueta para habitar casa propia en la colonia Progreso, no será el día más feliz de sus vidas, dicho por ellos mismos, aflorando en todos las lágrimas al decir adiós a la casa del Faro. Faro cuya poderosa luz identificaron desde el primer día como la poderosa estrella que guiaría sus vidas.
Gilberto Cueva
Gilberto Cueva González, abogado laborista de amplio prestigio, ha hecho a la par una exitosa carrera política ocupando varios y diversos cargo en los gobiernos municipal y estatal. Fundador del partido Covergencia (hoy, Movimiento Ciudadano) contendió junto con Luis Walton Aburto por la gubernatura de Guerrero.


