
En su libro editado por Debate, la autora acapulqueña entreteje variados temas, desde cómo el puerto se precarizó y ante la falta de orden legal, cómo la delincuencia ganó terreno
Ciudad de México, 11 de agosto de 2026. Sweet Acapulco, el más reciente libro de la escritora Brenda Ríos (Acapulco, 1975), muestra un puerto ajeno a las postales paradisiacas.
Es el Acapulco de los acapulqueños: el de quienes habitan colonias sin vista al mar, sin brisa ni sol, donde tienen que encender la luz a las 3 de la tarde para iluminar sus viviendas.
Originaria del puerto y afincada en la Ciudad de México, la poeta y narradora guerrerense ha escrito estas crónicas y divagaciones a partir de andanzas, memorias, anécdotas, reflexiones y experiencias sobre su vida en la “bahía más hermosa del mundo”, y donde, paradójicamente, se encuentran algunas de las playas más sucias del país.
El libro, publicado por Debate, constituye una carta de amor que no admite complacencias y condensa, desde el título, la contradicción que recorre sus páginas: “Una amiga me dijo: ‘De sweet no tiene mucho’. Yo le respondí que no podía ponerle sweet and sour (dulce y agrio), porque también es una cuestión irónica”.
“Este es un libro que habla de mi vida en Acapulco. Y es un relato autobiográfico, pero, a la vez, es un relato donde hago la biografía de una parte de la ciudad”, explica en entrevista.
“Estoy hablando de este Acapulco que me tocó ver de cerca, el del turismo de clase trabajadora de la Ciudad de México, de Puebla y el Edomex, que son los visitantes que más llegan al lugar desde los años 80 o 90.
“Es contar cómo lo veo, sin llegar al periodismo, porque ése es otro trabajo”, aclara.
Frente a esos visitantes están los comerciantes y prestadores de servicios que intentan obtener durante las temporadas vacacionales los ingresos necesarios para sobrevivir el resto del año.
La escritora describe una “simbiosis muy extraña de abuso y de precariedad”, en la que turistas y trabajadores buscan sacar el mayor provecho posible de una ciudad sin industria, agricultura ni otras fuentes importantes de empleo.
La dependencia turística convive con la falta de regulación.
Ríos describe taxis colectivos que transportan a dos pasajeros en el asiento del copiloto y tres personas atrás, y recorren sobrecargados la carretera Escénica, una vía de curvas donde el conductor apenas puede maniobrar. También habla de tarifas de transporte que se duplican en determinados días festivos y de infracciones que no reciben sanción.
“¿Quién regula eso? Nadie regula nada en Acapulco: es un lugar sin ley”.
Ante la ausencia de autoridad, el crimen organizado se afianza.
La escritora recuerda que, en 2016, cientos de tortillerías cerraron después de recibir amenazas de que serían quemadas si sus propietarios no pagaban. El cobro de piso no provenía de una sola organización criminal, sino de varios grupos que exigían pagos simultáneos.
En estas “crónicas y divagaciones del último paraíso en la Tierra” confluyen, entre otras realidades, las de Caleta, donde creció la autora con su familia, y las de Colosio, adonde su madre se mudó después.
“Son casas de interés social, donde escuchas todo lo que hace el vecino. No hay agua. Si alguien estornuda, sientes que está a tu lado. Es impresionante lo mal hechas que están. Como son pobres, no merecen nada”.
Es el Acapulco de la maña, del huracán Otis, de los políticos corruptos de guayabera blanca y de la impunidad.
Pero no solo ése. Ríos también evoca a quienes protegen y pelean por el puerto, como “Madame”, una mujer francesa que viajó por el mundo y decidió que Acapulco era el mejor lugar para vivir.
La conoció en su infancia, cuando la mujer rondaba los 80 años, coleccionaba noticias de los periódicos relativas a los compromisos de los políticos y las pegaba en un álbum convertido en registro de promesas incumplidas.
Menciona también a la modelo neoyorquina y activista Robin Sidney, pareja de Hilario Martínez Valdivia, Perro Largo, recordado en el documental Vuelve a la vida, de Carlos Hagerman.
“Acapulco es una odisea que involucra todo: la diversión, la belleza y, a la vez, la miseria. Depende de qué lado quieras ver”.
Sweet Acapulco constituye, en suma, una carta de amor áspera y necesaria de una hija que, al perder la casa familiar, comprende que hay paraísos que solamente existen mientras alguien esté dispuesto a contar la historia de sus escombros.
La desazón no le impide a Ríos reconocer la alegría de quienes encuentran en el mar una forma absoluta de regocijo. Así ocurre con un buzo de la Playa La Angosta que vende ostiones.
“Es un viejito musculoso porque toda la vida está en el mar, con la red, cantando porque le compraste una orden de ostiones y quizá le hiciste el día.
“Hay personas así, que son felices porque estuvieron en el mar. Me pregunto: ‘¿Dónde se compra eso?’. ¡Yo lo compro!”.
Yanireth Israde / Agencia Reforma


