12 agosto,2026 10:29 am

Fallece Vicente Quirarte, el poeta que fue también narrador, ensayista y académico

Recibió el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024 en el campo de Lingüística y Literatura. Pertenecía a El Colegio Nacional y a la Academia Mexicana de la Lengua; fue profesor,  investigador e integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM y director de la Biblioteca Nacional de México. Escribió La Invencible, obra a la que consideraba su testamento literario

Ciudad de México, 12 de agosto de 2026. El escritor Vicente Quirarte (1954-2026) vivía con la urgencia de la poesía. No como una disciplina separada de la existencia sino como una manera de poner el cuerpo frente a la muerte, la pérdida, la ciudad que cambia, el silencio de la página.

El poeta, narrador, ensayista, cronista y académico murió ayer a los 72 años debido al cáncer.

“Si me toca marcharme antes de tiempo, no se duelan, amigos que me dieron más de lo merecido; alégrense y celebren mi estar con nueva luz entre los vivos”, escribió en Para abrirse después, poema que hizo circular Armando González Torres horas después de conocerse su muerte.

Hasta el cierre de esta edición, la familia no había dado a conocer dónde serían velados los restos del escritor.

Pertenecía a El Colegio Nacional (Colnal) y a la Academia Mexicana de la Lengua (AML), fue profesor e investigador de la UNAM, director de la Biblioteca Nacional de México e integrante de la Junta de Gobierno de la Máxima Casa de Estudios.

En 2025 recibió el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024 en el campo de Lingüística y Literatura, reconocimiento a una trayectoria que había hecho del pensamiento reflexivo y el espíritu poético vasos comunicantes.

Pero acaso la mejor síntesis de su relación con la literatura la escribió él mismo mucho antes: “Vivir es escribir con todo el cuerpo”.

Creía que “la poesía es una apuesta contra la vida, en favor de la vida” y que no sólo era posible vivir de ella sino que era “la obligación del poeta vivir de ella”, como escribió en Urgencia de la poesía.

En la antología de Material de Lectura dedicada a Quirarte, Eduardo Casar lo definió como un escritor “nuclearmente poeta”, incluso cuando hacía ensayo, investigación, cuento o crónica. También advirtió otra de sus marcas fundamentales: era “un pensador de la muerte”, pero de la muerte concreta, razón por la cual “sus elegías resultaban personales y dolorosas”.

La pérdida atravesó desde muy temprano su escritura. Su padre, el historiador Martín Quirarte, se suicidó cuando tenía 56 años, arrojándose de un puente.

“Era, como en los Viernes Santos, / la hora en que llegó la quinta herida, / en aquel cuarto oscuro de Los Ángeles / donde Ignacio quería decirme, dijo, me decía / que a la tribu por ti capitaneada / la diezmaban de tajo, / que te ibas de plano, y nosotros contigo”, escribió en uno de los poemas de Razones del samurai.

De esa herida nació una parte central de su literatura, en particular La Invencible, obra entre autobiografía y ensayo que consideraba su testamento literario. Era, decía, el libro más difícil que había escrito porque sintetizaba la relación entre existencia y escritura: la tarea del arponero que intenta vencer a la ballena blanca era semejante a la del poeta que intenta “vencer el silencio de la página”.

De Martín Quirarte, “un historiador con alma de poeta”, heredó la fascinación por el siglo 19 mexicano.

“Es un siglo donde se forma nuestro concepto de nación, donde se forman los héroes y los villanos que nos condicionan, donde se forman lo que llama Carlos Monsiváis las herencias ocultas, o sea, las ideas liberales que nos condicionan”, explicaba.

Era un enamorado de las cosas, según Casar: la pluma fuente, el portafolio, el tequila a caballo, los libros y el olor de la tinta.

Lector devoto de Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft, hizo de fantasmas, criaturas nocturnas una presencia persistente de su imaginación. No en vano uno de sus libros fundamentales lleva por título El ángel es vampiro, obra por la que mereció el Premio Xavier Villaurrutia.

En la imaginación de Quirarte, vampiros, fantasmas y otros seres de la literatura de horror convivieron con una fascinación declarada por los héroes derrotados.

En las paredes de su casa convivían, además de Poe y Lovecraft, Charles Baudelaire y, por supuesto, Herman Melville, figura clave de su imaginario por Moby Dick y Bartleby, el escribiente.

Las imágenes de combate, los héroes y las derrotas, aparecen una y otra vez en Quirarte, según Casar, quien aprecia en su poesía una de las más bellas armas inventadas “para luchar por la vida”.

“Vencer la existencia diaria en la página. Ésa es la tarea del arponero que intenta vencer a la ballena blanca y del poeta que intenta vencer el silencio de la página”, exponía Quirarte.

Mientras Rubén Bonifaz Nuño le decía que la poesía se hace con los oídos, él invocaba a Winston Churchill: “Se hace con la entraña… se hace con sangre, sudor y lágrimas”.

Defendía que la poesía debe tener garra, sustancia. Y asociaba esa garra con otra palabra fundamental: rebeldía.

“Creo que un poeta que no se rebela no es admisible”.

Aunque reconocía que con la edad esa rebeldía podía haberse domesticado, permanecía en él.

Como también permanecieron sus temas. La noche, la lluvia, la soledad y la calle de sus primeros poemas siguieron acompañando al hombre adulto.

Nacido y criado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se decía “orgullosamente centrista” y pensaba la urbe no como simple escenario, sino como personaje y cuerpo que había que recorrer.

A los 70 años, al hacer un balance de su vida, hablaba de proyectos, libros en preparación y cursos futuros. Consideraba un privilegio haber vivido de la palabra, enseñar y escribir.

“No hay poeta feliz, pero el poeta es el más feliz de los mortales”.

Erika P. Bucio / Agencia Reforma