
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
(Primera parte)
La rana I
Descubierta por el regreso del oleaje provocado por una lancha que pasaba, la vi. Era la rana. El relieve alzado de unos ojos dirigidos hacia las olas en la tardenoche de Madison.
La lancha se alejó y, en la pausa, las aves acuáticas y otras especies, como sucede comúnmente en agosto, cedieron ante la llamada de las cigarras.
Observé el ir de un animal petrificado. El musgo de sus costados retenía las hojas caídas de una planta del Medio Oeste. Un desfile, pensé, una marcha de peces. Luego desatendí a la rana. Las hojas se hicieron hacia el fondo del lago y yo me fui por otro sendero.
El filo de la pendiente era clareado por lo que quedaba de sol. Yo sabía que era la luz y no el costado de la colina lo que provocaba el brillo. Aun así, mientras el color iba hacia la noche, parecía descascarar las piedras hasta adquirir, por unos minutos, el movimiento de una criatura vegetal.
La banca
Sentado en una banca, es temprano, pero ya he saludado a unos corredores. El sendero de bosque permite que la gente aparezca una y otra vez, casi como seres duplicados, yendo con prisa considerada hacia la costa o hacia el istmo. Me siento en esta banca a seguirle el pensamiento a un profesor italiano que defiende la inteligencia de las plantas.
Las luces en los troncos. Antes creía que los árboles eran como manos, pero Stefano Mancuso esta mañana me ha dicho: Oye, Alan, a diferencia de muchos animales, las plantas pueden perder partes considerables de su cuerpo y seguir viviendo.
Por todo su cuerpo miles de ojos ejercitando la observación del cielo, para indicarles a las ramas hacia dónde crecer.
Las luces en las hojas.
Ha terminado mi descanso.
Releo mis últimas marcas en el libro de Stefano. Las plantas esquivando las rocas y la imagen del árbol como un hombre invertido, con la cabeza bajo tierra, que Darwin retomaría al pensar la raíz como una especie de cerebro.
Al pie encuentro el título del libro de Darwin The Power of Movement in Plants.
Regreso a la vereda. Una lancha veloz corta el lago Mendota en cientos de olas que rascan los costados de esta colina.
Rebota el agua y salta como baba saliendo de un hocico que acaba de beber.
Los pájaros imitan lo que ocurre en el lago y se dirigen, con la misma dispersión de las chispas, a docenas de ramas.
Los corredores sudan y levantan los pies sobre aquello que antes hizo crujir su paso.
El bosque parece estarse yendo. Yo voy encima de él.
El istmo
En el cruce de dos veredas hay un mapa del parque. Hace aproximadamente quince mil años, un glaciar comenzó a escurrirse. Cubos de hielo se deshacen en la madera.
La ciudad de Madison se construyó sobre un istmo entre los lagos Mendota y Monona. En la zona más alta de estas colinas, hace aproximadamente mil años, quienes habitaban esta región enterraron a sus muertos en montículos. Trato de distinguir alguna estructura entre la maraña.
La hojarasca es pisada y me encuentro con una familia de pavos salvajes.
Desaparecen como frailes cansados y escucho a un búho.
Me desconcierta porque nunca había oído a uno por la mañana. Le hablo por su nombre, por si las dudas, y salgo del parque para regresar a mi nueva casa.
Pollo, puerco y res
La zona en la que vivo ahora es un complejo habitacional para estudiantes internacionales. A veces, por las banquetas pasan mujeres tapadas de pies a cabeza. Sin entender la cadencia de su idioma, reconozco el momento en que les gritan a sus hijos que se detengan antes de llegar a la calle.
Los niños se detienen. Buscan la aprobación en la franja descubierta de tela que es el rostro de sus madres y prosiguen por la estrechez de un camino de cemento que se adentra entre varias unidades habitacionales.
No sé quiénes son mis vecinos, pero en esta esquina al borde de un lago, el inglés parece una lengua secundaria. Por las ventanas entra el calor húmedo y un hombre habla acentuando sonidos que yo no sé cómo se hacen. ¿De qué piso viene su preocupación? ¿Será preocupación en todo caso?
Sobre todo, son familias quienes viven aquí. Gente lejana en un país extraño crían niños que no tienen como prioridad hablar el idioma de sus padres. Por las mañanas me salgo a oler las distintas plantas que tienen sembradas en el jardín comunitario. Intuyo el aroma de hierbas que mi nariz desconoce. En su tacto químico, el devenir de unas flores que se parecen a lo que huelen.
Me pregunté la clase de sabores que pudieran salir de ahí y recordé la leyenda que narra los pormenores de cocinar a los armadillos al estar hechos de 3 carnes de diferentes animales.
La costita
Cuelgo mi camisa en una rama. Estoy en la costita. Tomo una fotografía del lugar donde he instalado mi campamento. Me gusta esta pequeña costa que he encontrado. Aunque se puede caminar a lo largo de la bahía, la entrada entre la maleza queda delimitada por dos sauces negros tendidos hacia el agua, que durante unos metros la ocultan del resto de la orilla.
Antes de esa foto había retratado a un conejo. Mejor dicho, me había acercado tanto que la ausencia de su miedo hacia mí comenzó a hacerme dudar de sus maneras en lo salvaje. Comía enfrente de mí. Podía ver las contracciones de sus costados blandos cada vez que tragaba.
Pero todo regresó a su lugar. El conejo se asustó de mí con tal velocidad que pensé que su instinto había sufrido una interrupción, como cuando se va la electricidad de una casa. Y cuando volvió, de igual manera, se encendieron cada una de las lámparas.
El conejo abrió más los ojos que ya tenía abiertos, me vio e ingresó a la hierba, sin permitirme intuir nada de lo que había del otro lado.
Viajes por Ryszard
Cuando me canso de leer sobre plantas, persigo a Ryszard Kapuściński por Pekín, así como el camarada Li lo vigila a él. En la portada del libro, la liebre de Durero permanece inmóvil.
Kapuściński describe lo que despierta en él la expresión cruzar una frontera. Frente a mí, un velero va por el lago con brusquedad.
Me pregunto la hora exacta en que llegué a mi idea de frontera.
Nada.
En mi recuerdo, la loma estaba sin gente. Después, me imagino inspeccionando una de esas puertas que hay en algunas casas, instaladas en segundos pisos. La idea de que no llevan a ningún lado es conservadora.
Sigo esa idea en el hueco de mis ojos y no me percato de que una señora, con un celular en videollamada, me pregunta mediante gestos que no sé si entiendo del todo si puede sentarse en la banca. La lengua que habla está cerrada para mí. Guardo mis cosas y le deseo buen día en español y en inglés, por si las dudas.
Dos corredores se acercan. El sonido de su trote comienza a mezclarse con la voz de la señora. Durante los últimos dos años, buena parte de mi comunicación ha ocurrido también por videollamada, así que reconozco el gesto de mostrar el paisaje por el celular.
Decido seguir y, en medio del recorrido, un grupo de niños con sus padres viene en dirección contraria. Van al lago; es día de playa. Más adelante veo una familia de patos esquivando nenúfares.
En una nueva banca leo que Kapuściński dice que el aire de Shanghái era más suave que el de Pekín.
El norte del lago trae un aire suave.
Días antes me preguntaron por la diferencia entre ficción y no ficción.
Kapuściński dice que en ese aire suave reconoció la cercanía del mar.
La última vez que viví cerca de tanta agua fue en Acapulco.
Kapuściński escribe sobre Heródoto, quien describe a la vez la dignidad que nos da la memoria y la deformación que ocurre en todo interior.
Aparece un conejo una vez más. Se me han acabado las fotografías instantáneas. Creo que solo podré hacer una nota sobre él para que no se me olviden sus colores.
Nota, agosto de 2026. El conejo, aunque es parecido en su totalidad al conejo anterior, debo precisar que es distinto en todo. Hay que imaginarlo así.
En agosto, la pata de gallina
La pata de gallina es un árbol que cayó de viejo sobre una orilla del lago. Para llegar a ella, hay que bajar un canalito que la lluvia año con año va provocando. Su forma sobria de madera humedecida y parca convive a la vez con la idea de una pata de pollo que sale de un caldo de gallina.
Sobre una piedra al lado de la pata, cuando no es tan tarde, juego al equilibro cuidando no acercarme tanto al musgo.
Pero también hay días que vamos juntos, y entonces se dicen cosas ahí, al agua, puede ser, sobre la diferencia entre ser un poeta de Caracas o un poeta del Llano. Así que la forma de resolverlo es poner a Simón Díaz en el agua que quedó del deshielo de un glaciar antiguo.
¿Cómo es tu país? O quizá fue menos ambiciosa la primera pregunta. De cualquier manera, supimos las casas, o mejor dicho, los días de las casas que son como piedras secas pero que al levantarlas tienen algo de humedad.
Yolanda Pantin, me señalas y voy y trato de que cuando diga Yo pensaba acerca del sentido / frente al paisaje, / una manía tan infantil / como hurgarse la nariz / hasta hacerla sangrar, mi dedo no me delate.
Luego es importante saber cuáles son las islas que quedan. Así oigo la historia de un lago y la gente de ese lago mirando un cielo que nunca detiene sus potencias. Cómo es posible que algo así, que pareciera que no le alcanza ningún nombre, se llame así, pues, El Catatumbo.
Salimos caminando inversamente este canalito de arroyo seco hasta distanciarnos de la orilla. El bosque busca hacer dormir a unos y despertar a otros. Buscamos un sitio donde el sol, 8:04 p.m. de la tarde, se termine. En el cielo nada pasa, es este día como cualquier otro. Definitivo en el borde que nos merece y callados nosotros porque un poco de luz aún rebota entre las nubes.
Me dices que este clima, donde es posible traer un pequeño abrigo aunque sea verano, te recuerda al lugar de Venezuela en el que creciste. Escucho la historia de tus vecinos. Imagino esos hombres rubios en las fotos familiares. Imagino a esas mujeres a las que tu madre les vendía ropa traída de Colombia. ¿Por qué me las sé tan claramente? Y entonces, claro, el relato de las bodas allá en la Costa Chica, donde La Luz Roja de San Marcos canta: dame la media arepa nomás.
¿Así que la música guerrerense se escucha en Táchira, Venezuela?
Empezamos a ver luciérnagas. No hay ningún momento del aire sin nada. Es de noche. Escuchas al ave anunciando que llega de relevo. ¿Owl será su nombre? Digo búho y el llamado se empalma con mis vocales.
Ves, te dije que su nombre es b-ú-h-o. La complicidad entre el animal y su nombre en español se pacta enfrente de mí.
Salimos del bosque. Venimos desde muy lejos. La arena se junta donde nos quitamos los zapatos. Te enseño el video que hice de la pata de pollo. Me preguntas sobre las notas que tomaba sentado en aquella piedra.
Renuncia a la rana, eso fue lo que escuchaba mientras la piedra se cubría y descubría con el movimiento del agua.
Y, en cambio, ¿a qué clase de cosas podría renunciar una rana?


