
Federico Vite
Jacomo Robusti es un nombre que tal vez no le diga nada, pero si menciono a Tintoretto sé que las cosas cambian. Este pintor italiano que vivió durante el siglo XVI libró varias batallas en el plano artístico, cultural y físico. Su patria era Venecia y se le consideraba una persona de trato difícil. Fue conocido por su derroche energético, porque se enojaba por todo, bebía como pocos, pintaba con un estilo único y cortejaba mujeres como ninguno. No tenía dinero, vivía al día y conservaba el amor de su esposa y de algunos pupilos. Su mayor rival era Tiziano, aunque también mantuvo un celo artístico por Paolo Veronese. Tuvo una hija fuera del matrimonio con una mujer de Alemania. Esa niña se llamó Marietta. Él no quiso saber de ella, pero tiempo después, cuando empezó a verla entre los vendedores cerca del estudio en el que trabajaba, esa niña le atrajo con una fuerza incontenible. Tuvo ocho hijos con su esposa Faustina –mucho más joven que él, por cierto–, pero ninguno de ellos le brindó lo que Marietta le hacía sentir. La Tintoretta fue acogida en el estudio y la relación entre ellos tuvo una historia digna de novela, justo por este motivo, la narradora italiana Melania Mazzucco escribió La lunga attesa dell’angelo (Italia, Einaudi, 2021, 464 páginas), una novela que describe los últimos quince días de vida de Jacomo, momentos en los que la plaga ataca Venezia. Mazucco describe una experiencia entrañable entre Marietta y Tintoretto. La relación entre ambos no era extraordinaria, pero sí emotiva. En dos semanas –desde el 17 hasta el 31 de mayo de 1594– se despliega la trama.
Lo más interesante, si leemos esto como escritores, es la decisión de Mazzucco para hacer hablar a Jacomo. ¿Cómo se expresaba este hombre? La autora se limitó a reproducir un tono de voz neutro, próximo a la debilidad, una voz proclive a las maledicencias.
Otro factor es la estructura que eligió Mazzuco para narrar esta historia. Apostó por la apertura de una línea temporal que inicia con la agonía de la enfermedad y finaliza con la muerte; la in medias res son esos pliegues de lucidez y ensueño, vivencias ya idas en las que Jacomo se asume como el narrador de una experiencia marcada por la pasión artística, esa fue la herencia que quiso para Marietta. Por ejemplo: “Una mañana de primavera, el agua rebasó Rioalto. Un resfrío podría matar a una niña. Me la he cargado sobre la espalda. Chapoteaba al avanzar; apenas iniciada la caminata me topé con el detestable Giorgio Vasari, que en vista de la reedición de su libro Vite andaba de gira por Venecia y se ponía al tanto de las novedades de nuestro arte, cabalgaba a horcajadas sobre sus muchachos, los dirigía golpeándoles la espalda, como un príncipe de Oriente lo haría con su camello. Por la poca estima que teníamos el uno con el otro, nos habríamos pasado de largo, pero debido al poco espacio se constriñó el saludo. Él, a horcajadas sobre su muchacho, frotaba mi barba con su zapato. Qué error has hecho, veneciano presuntuoso, me dijo, divertido –tu estás cargando un hijo, en cambio, será siempre un enano pegado a tu grupa. Pero tú eres un cagasangre, respondió Marietta, mi padre es un gigante y no necesita para salir a la calle montarse a la espalda de ninguno.Ve, Señor, Marietta estaba orgullosa de mí”.
Lo traduzco igual, sin espacios, como lo signa la narradora porque intenta reproducir un monólogo en el que se mezclan varias voces y, por supuesto, Tintoretto refiere a Dios esa experiencia, pasa el micrófono al recuerdo y traslada también las palabras de su hija. Consta en el día uno que el amor de Marietta siempre fue puro y fuerte.
Hay otros momentos en los que se menciona la especial educación que tuvo Tintoretto con Marietta: “La Tintoretta es la prueba de que si un padre cría a mujer como si fuera un hombre, si le ofrece la misma educación y la misma posibilidad, de ninguna manera la mujer será inferior a un hombre, aunque los emperadores no estén de acuerdo”.
Él quiso que ella tuviera una formación impecable y que aceptara la invitación de un rey para poder ser la artista de una monarca, pero los planes de ella eran otros. En la medida que el lector avanza en la historia se da cuenta que los hijos del matrimonio legítimo tienen otras preocupaciones. Uno quiere ser. Poeta, otro astrónomo y dos de las mujeres se van a tomar la vida religiosa, pero una de ellas porque así puede leer de todo y por mucho tiempo sin interrupciones. Jacomo no se siente atraído por ellos, para él lo importante era Marietta. A ella le enseñó todo lo que pudo y procuro colocarla en un palacio real, pero la hija hizo su propia vida. “Me preparaste para ser una arquitecta, una gran pintora, pero yo elegí otra ruta y acepté estudiar y trabajar contigo por temor, pero no puedo seguir con esto”, recuerda él que le dice ella. Pero ella, Marietta, ya no es la niña, sino una mujer a quien Tintoretto no puede cuidar ni gobernar. Ella es autosuficiente.
Hay una escena que me sobrecogió. Él y ella caminan al estudio después de un día de carnaval. Es de noche, la gente usa los disfraces y a lo lejos se oye que un grupo de muchachos llama a la prostituta de la zona para que les abra la puerta. Gritan ofensas y patean la puerta, se orinan en las banquetas, sobre las barcas. Tintoretto y Marietta caminan junto a ellos. Uno de los mozalbetes se acerca a ella (los otros amagan al padre) la besa a la fuerza y le pellizca una teta. Trata de manosearle las nalgas, pero Marietta saca del cinturón la daga del padre. Él acepta que ya no puede cuidarla, que el mundo es complejo y él ha perdido fuerza. La prostituta abre la puerta y todos esos crápulas acuden al llamado de la carne. Se salva de algo que él no vio venir; entonces le pide más atención en el trabajo, mayor disciplina y eso termina por afectar la relación filial.
Mazzucco se esfuerza en dar vistazos a la vida artística; sobre todo a las penurias económicas, pues un genio como el referido en la novela ganaba poco por retrato. Hay escenas memorables, plausibles conversaciones entre escritores, pintores y escultores, pero de todo ello queda el retrato fiel de un padre que no supo cómo guiar a una hija y es quizá el mayor de los errores cometidos por el Tintoretto de este proyecto. La peste los enferma, los asila y es cuando la novela logra comunicar lo más importante: los lazos de sangre nunca se rompen, incluso después de la muerte.
Esta novela se publicó en 2008, pero en 2021 –cuando el Covid nos encerró en casa– se reeditó y tuvo una buena recepción del público. En español se titula La larga espera del ángel y aún puede conseguirla sin problema alguno en librerías.
*La traducción de las frases entre comillas es mía.
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