
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
Me llega un mensaje a mi celular. Son descuentos de una tienda de zapatos deportivos. Aproveche, HOT SALE, solo hoy, 7 de octubre. Volteo a ver mis zapatos al lado de la puerta. Me parece que mis tenis están algo viejos, pero no tanto. Quizá ya debería sacar del clóset las botas para el frío y guardar el calzado de verano. El link del mensaje me lleva a una página que muestra a unos senderistas. Sobre el lomo de una montaña llena de flores, dos caminantes atienden al paisaje. Sus sonrisas horizontales, como una prolongación del brillo en el valle.
Me siento intimidado. Dejo mi celular sobre el escritorio y también dejo de preocuparme por mis dientes. Desayuno sin hacer nada más que seguir la palada del cubierto y escuchar el ruido de los autos. Me aburro y comienzo a contar cuántas masticadas doy por bocado. Me aburro aún más, y pierdo la cuenta cuando una operación urgente de bomberos y policía se arriesga, veloz, hacia aquel vecindario.
Me he propuesto no comer revisando el celular. No es ninguna postura política. No son ganas de ser mejor persona. O bueno, quizá sí es una cosa de postura. Yo no quiero que después me digan que soy un agachado, y caminar con los ojos al piso, así como los camellos que tienen sed.
Recojo la mesa. No lavo los platos, pero los dejo remojando en agua para que no se les pegue la comida. Mi casa ha sido invadida por el aroma de mi pan quemado más un huevo demasiado frito. Abro la ventana para que entre un poco de aire. Afuera, de un lado de la banqueta va una joven corredora, usa una banda en la cabeza y las mejillas rosadas como vino nuevo y del otro, un hombre husmea en los contenedores de basura mientras fuma.
Cuando siento que ya hay suficiente aire en mi casa, cierro las ventanas. Me desvisto, dejo que el agua de la regadera caiga un poco para calentarse. En ese intervalo desnudo vuelvo a ver la página con descuentos. Agrego un par al carrito de compras. A veces hago eso para ver qué se siente. Y la sensación busca desplegarse aún más, así que donde cabe un par de tenis, claro que necesitamos todo el conjunto, si no, nadie va a creer que hago ejercicio. Pants, sudadera, calcetines y hasta gorro porque ya viene el invierno.
Me distraje bastante porque ya el vapor sale hecho montón desde la ducha, pero con ligereza de gato albino. Al entrar al baño quiero mirarme, pero el espejo está empañado. Recuerdo una vez más a los dos corredores del anuncio, al mismo tiempo que busco mi silueta entre un vapor y otro. Esta vez ya no me siento intimidado.
Me pongo rápido los zapatos. Decido unos sin agujetas. Al salir del edificio me saludo con un vecino. No sé cómo se llama pero, siempre que llega o se va, escucho sus llaves. Tiene un llavero que es más bien una sonaja. Es una persona cronometrada. Siempre sale a las 6 a.m. Regresa cuando yo estoy yendo hacia el trabajo. Ni un minuto más, ni un minuto menos y siempre con ropa deportiva. El sí se compró todo el conjunto. Me sostiene la puerta al salir. Le digo que gracias en español y en inglés para que no haya duda.
En el camino al trabajo me cruzo con otros corredores. Al hombre que husmeaba en los botes de basura ya no me lo vuelvo a encontrar. Sin embargo, también es un hombre preciso. Cada martes, a la misma hora, fuma y revisa y se lleva.
Mis zapatos chirrean sobre el piso pulido del salón de clases. El ruido que hacen suena a un patito de hule siendo apretado por las manos de un niño. Mis alumnos no dicen nada, pero a mí me da risa mi caminado, así que prefiero dar la clase desde la misma orilla. Ellos se ponen a practicar el present progressive. Yo estoy revisando de nuevo el catálogo de zapatos y agregando más cosas al carrito.
Al terminar de trabajar, frente a la iglesia por la que usualmente paso, un jardinero fuma. Lleva un chaleco fosforescente y gafas de sol como ojos de un bicho que se entretiene con una hoja. El olor del cigarro me alcanza. Me sorprendo al sentirme repelido por la delgadez tan inmediata del humo. Quiero acordarme de la última vez que fumé. No logro acordarme de nada, pero sí de la última vez que lo hice entregadamente. Fue hace más de un año con Octavio.
Averiguo más en ese recuerdo y todo hace sentido, hoy 7 de octubre es el cumpleaños de Octavio. Me da risa el hallazgo, pero le quito con rapidez cualquier intención mayor a la de una coincidencia.
De vuelta a mi casa, decido que quiero enviarle un mensaje. Como hace más de un año que no hablamos, dudo en cómo iniciar la felicitación. Ensayo bromas, pero lo único que me parece terreno seguro es abusar de las anécdotas compartidas en la universidad. Escribo varias veces el mensaje, intercalando la longitud y el número de las historias.
Por ejemplo, le recuerdo que la última fiesta de cumpleaños que celebré en Chihuahua fue la suya. Cumplía 24. Como empezó a llover se nos ocurrió que era buena idea acabar la carne asada adentro de la casa. Así que metimos la parrilla. La casa se llenó de humo y de borrachos. Mi vecino, 10 años más grande que nosotros, al que le decíamos el Pantera, se unió a la fiesta en algún punto de la madrugada. Se acababa de divorciar y a fuerzas requería canciones de José José en la bocina. No pusimos resistencia porque había traído más bebida. Cuando comenzó a llorar, se salió a la lluvia. Vociferó algo así como un grito y se fue a su casa pateando una lata por la orilla de la acera.
Por ejemplo, también le hablo de la vez que fuimos a Tijuana a un encuentro de estudiantes de letras. Era octubre, también su cumpleaños. Estábamos en un lugar que solo tenía sillas de plástico con el logo de la cerveza Tecate. En una de las paredes colgaba una placa del Récord Guinness: el lugar había vendido la mayor cantidad de cerveza en una sola noche en todo el mundo.
O la otra vez que estábamos en una cantina en el centro de Chihuahua llamada el Mogavi. Estaba el famoso Capi, un señor de 70 años que, al terminar de empacar bolsas de mandado, con toda la morralla que juntaba se iba a ese lugar a beber. Cada vez que se acercaba a nosotros abría su cartera: una credencial, con una foto a blanco y negro y con el logo del ejército. Mostraba a un hombre joven. El Capi remataba diciendo, mis cuentas hasta ahorita, jóvenes, si la memoria no me falla son 55 morras y 5 vatos. Y se iba a hablar con otras señoras a seguir haciendo cuentas.
En el momento en que iba a mandar el mensaje, cerré la aplicación. Traté de acordarme de lo que hablamos en mayo del año pasado. El recorrido de nuestra conversación fue un anecdotario de la universidad combinado con el estado actual de nuestras vidas. Para ese momento ya habían pasado más de 5 años desde la vez anterior que nos habíamos visto. Octavio con el mismo tipo de gafas que en la universidad y yo con el mismo cabello sin saber para qué lado. Nos sentamos afuera de la casa donde viví mientras era estudiante. Saqué una silla de playa y una cubeta de pintura. El calor del asfalto hervía desde la poca sombra que empezaba a recorrerse por la colonia Campo Bello. Al lado de la casa ahora había una escuela de taekwondo. Señoras con sus hijos en trajes blancos con cintas de colores en la cintura desfilaban frente a nosotros.
–Antes no había ni vecinos aquí, te acuerdas.
–Solo el pinche Pantera que en vez de hacerla de pedo por el ruido le caía a cotorrear.
—Sí, no mames, ese wey estaba loco, te acuerdas que una vez salió con una katana a corretear a unos weyes que según andaban robando cobre.
–Pinche todo loco ese wey, ¿y por qué vergas tenía una katana?
–Quién sabe, pero siempre llegaba con pisto en la madrugada y acababa cantando todo triste por su ruca que le quitó al morrito.
Ahora es de noche. Aún es 7 de octubre. Me llega otro mensaje, esta vez me ofrecen trabajo. De hecho, es una oferta increíble. “Hola, notamos tu perfil en línea. Buscamos un asistente remoto. Puedes ganar hasta 800 dólares diarios desde casa. No se necesita experiencia. ¿Te interesa?” Suena exactamente a mí. Me gusta estar en mi casa, los 800 dólares los puedo negociar, pero de entrada no me quejo y sobre todo yo no tengo nada de experiencia.
Imagino diciéndole a mi madre, amá, ya chingamos, nos cayó una feria, este diciembre hora sí se nos va a armar el paseo. Hasta me doy chance de seguirle por ahí al sueño, y pienso qué más cosas podría agregar a mi carrito. Si no es porque pasa otra ambulancia con bomberos, yo ahí seguiría. Borro el mensaje. Lo reporto como spam. Pero me quedo con la esperanza de que mañana me vuelva a caer un ofertón de esos.
Apago la computadora. Me pongo mis tenis viejos, pero no tanto, todavía aguantan. Antes de salir escucho a mi vecino sonar sus llaves mientras abre la puerta de su departamento. Espero a que entre porque no quiero saludarlo, ya con una vez por día es suficiente.
Me pongo los audífonos. Los corredores que me rebasan mueven sus piernas al ritmo de la música que oía en la universidad. En algunos senderos, ya sin mucha luz, otros estudiantes siguen un paso entre el monte donde se van a fumar a escondidas. Me llega el olor de un zorrillo mojado en aceite dulce, pero el aire pronto se lleva el hilo grueso hacia otro lado.
Llego a la parte oscura del río. En su orilla hay unos pescadores nocturnos. Me quito los audífonos para escuchar cómo se desenrolla el carrete cuando avientan el anzuelo al agua. Lo repliegan, lo vuelven a lanzar y dejo de oírlos porque ya estoy demasiado lejos de la pesca.
Abro mi celular, el brillo de la pantalla interrumpe lo callado del parque como si se hubiera caído un vaso de aluminio. Bajo la luz de la pantalla. Me vuelvo discreto en mis intenciones. Leo el mensaje para Octavio.
Lo borro.
Mi caminata llega al punto donde ahora voy de vuelta. Desde lejos las luces de los carros llenan el río con ojos de animales sonámbulos.
Cuando llego a la calle de mi casa, el flujo de autos ha desaparecido. Hasta me doy el lujo de no voltear a ver a ambos lados.
—No mames, wey, ¿te acuerdas que una vez nos acostamos en la calle y nos quedamos dormidos hasta que una pinche troca comenzó a pitar y un wey se bajó a mentarnos la madre?
–Que se vaya a la verga ese wey, yo no sé por qué hacíamos tantas pendejadas.
–¿Y ya te sientes más viejo ahora o qué?
–Ay, ay, ¿y esa pinche pregunta mamona qué?
–Contesta wey.
–Pos yo me siento igual de pendejo que antes, ¿y tú?
–La neta yo también, pero sí me canso más.
–Póngase a hacer ejercicio, muchacho.
–Arre pues, en corto, en corto, deja nomás me amarro bien las agujetas.


