Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Víctor Cardona Galindo

PÁGINAS DE ATOYAC

El Plan del Veladero
(Sexta parte)

“La más temprana guerrilla posrevolucionaria la encabezan Alberto Téllez y Feliciano Radilla, quienes se alzan en 1924 en Atoyac; en 1925, en Tecpan se remonta Valente de la Cruz, y un año después agarran el monte los hermanos Amadeo y Baldomero Vidales, encabezando a las huestes del Plan del Veladero, que desde 1926 hasta 1929 mantienen en ascuas a toda la Costa Grande”, dice Armando Bartra en su libro Guerrero bronco.
Al principio de las hostilidades Amadeo Vidales tenía su campamento en Los Valles, y cuando el gobierno federal mandó al general Adrián Castrejón a perseguirlo, no quiso atacarlo ni hacer ninguna resistencia, porque ambos eran agraristas. Pero además Castrejón no encontró a “La pronuncia”, porque pasó por Los Llanos y el Rincón de las Parotas y no entró a Los Valles.
Por eso Castrejón llegó a la ciudad de Atoyac sin ninguna novedad, acuarteló su tropa en la casa del extinto general Silvestre Mariscal. Permaneció tres días en esta localidad y luego regresó al puerto de Acapulco; informó a la superioridad el resultado de su incursión a la sierra. El ministro de guerra, al enterarse de los hechos, declaró a los periódicos que no había campaña militar en el estado de Guerrero.
Sin embargo, el 11 de mayo de 1926 los vidalistas atacaron Zihuatanejo, siguió así esa lucha dura y sangrienta localizada en las costas de Guerrero y que duró cerca de tres años. La gente abandonó los pueblos por temor a los federales y se refugiaban en la tupida selva de la sierra. “A los gallos los amarraban del pico; les ponían bozales a perros y a los burros para que no emitieran sonidos”, recordó don Juvencio Mesino, quien fue vidalista y con un rifle 44 se fue a los combates. No lo tocó ni una bala porque tuvo suerte.
Casi al inicio de las hostilidades, Baldomero Vidales Mederos, el jefe de las Fuerzas Libertadoras murió en un combate de la laguna de Coyuca, el 24 de julio de 1926. Su cadáver fue enterrado en una pequeña isla y años más tarde su hermano Humberto pidió permiso para sacar los restos y darles cristiana sepultura. Mientras Pablo Cabañas Macedo incursionó en Xaltianguis, municipio de Acapulco, y colgó de un árbol al español Antonio Rubio, quien quedó muerto meciéndose por el viento.
Al quedar como jefe de Operaciones Militares en el estado de Guerrero, el general Claudio Fox, envió a Costa Grande al 67 Regimiento de Caballería, al mando del coronel José Merino Bejarano, quien instaló la sede del sector militar en Tecpan de Galeana y dejó en Atoyac un destacamento al mando del mayor Lázaro Candelario, quien se acuarteló en la Fábrica de Hilados y Tejidos de El Ticuí.
El 26 de julio de 1926 se rompió la aparente calma que vivían los atoyaquenses, cuando la fuerza del general Amadeo Vidales atacó esta ciudad. En aquellos días la vegetación era muy abundante, con grandes árboles y arbustos. La tupida maleza se extendía hasta los límites de las casas y facilitaba las acciones emprendidas en contra del Ejército, que cuidaba la plaza.
De acuerdo con lo escrito por el cronista Wilfrido Fierro, el combate inició a las 9 de la mañana. Los primeros disparos fueron a la altura del panteón, donde un pelotón de federales al mando del subteniente Filiberto Berber cavaba una fosa para sepultar un soldado, quien había fallecido en su cuartel de la fábrica del Ticuí. A los primeros balazos, el pelotón repelió el fuego y se retiró del lugar parapetándose entre las piedras. Al llegar a las casas se precipitaron hacia el cerro de El Calvario, en donde se protegieron haciendo resistencia todo el día. El combate era incesante la gente de la ciudad toda estaba encerrada en su casa y se temía lo peor.
El autor de la Monografía de Atoyac,  asentó que el constante toque del clarín animaba el fragor del combate. Por el lado sur, los federales estaban protegidos por el jefe de Voluntarios, Alberto Téllez Castro, con sus soldados Regino Rosales de la Rosa y Taurino Fierro, quienes se encontraban parapetados en la casa de La Zacatera. La mayor parte de los voluntarios de Téllez habían desertado un día antes y junto al comandante de la Policía Municipal, Julio Benítez, se habían incorporando a los rebeldes. Por ello, Alberto Téllez a las pocas horas de combatir de lado del gobierno, también abandonó su posición y se sumó a los vidalistas dejando a la federales desprotegidos por el sur de la ciudad.
En la orilla del río, por el lado del Ticuí, había una línea de fuego de los federales, mientras tanto el mayor Lázaro Candelario protegía la fábrica de Ticuí. Los soldados no resistieron más el empuje bélico de los 600 vidalistas y las 6 de la tarde el subteniente Berber, rompió el sitio saltando con su tropa por la barranca al río, dejando sola la ciudad y los rebeldes se posesionaron de El Calvario, pero al tomarlo, murió el vidalista Román Castro Barrientos.
Ya posesionados de El Calvario de ahí dispararon a las huestes de Berber, que cruzaban nadando el río. Dos federales murieron acribillados por las balas, entre ellos el trompeta y posteriormente fueron encontrados dos cadáveres más dentro del agua, corriente abajo, dice Wilfrido.
En este combate salieron heridos los rebeldes Antonio Onofre Barrientos, Ambrosio Valadez e Isidro García. Después de eso Amadeo Vidales se remontó con su gente a la sierra. Volvió a Los Valles donde tenía su campamento. Ya se habían sumado Julián y Sotero Peralta, quienes antes junto a Toribio Gómez habían militado con El Cirgüelo, que ahora andaba del lado del gobierno.
Uno de nuestros cronistas, Domingo Benítez Jiménez, escribió que varios vidalistas destacaron por su arrojo, y como la mayoría eran provenientes de los pueblos de la sierra, popularmente les apodaron Los del Monte. “En esa revuelta hubo hombres que destacaron por su habilidad en el manejo de la armas, otros se distinguieron por su capacidad para detectar traidores y hombres infiltrados en la filas revolucionarias y otros por ser estrategas, en la medida que la revolución fue avanzando, conforme pasaban los días”, expresa Benítez.
De entre tantos aguerridos del monte sobresalían dos personajes, que se hicieron muy famosos por ser excelentes tiradores, uno de ellos fue el comandante de un grupo que se llamaba Valentín Fierro Nambo, quien siempre se hacía acompañar de un “cerrojo copetón” que tenía un prominente grano al que bautizó con el nombre de El Gallo. Otro famoso tirador fue Felipe Reyes, proveniente Los Valles.
Dice Domingo Benítez que en aquellos tiempos de la Revolución, entre Valentín y Felipe se llevaban a cabo competencias de tiro, con el propósito de saber quién era el mejor tirador y como blanco móvil tenían a los militares, de tal forma que siempre quedaban empatados, tirando un soldado por bala desde el cerrito donde hoy está la escuela Herminia L. Gómez, hasta el cerrito de El Calvario que servía de cuartel al Ejército.
Don Juvencio Mesino recordó que los revolucionarios Raymundo Barrientos, Valentín Fierro y Felipe Reyes eran buenos para tirar y se tumbaba a los federales desde lejos. Durante la balacera de El Calvario medían muy bien el tiro y al dar el paso los soldados, los mataban. En otros momentos los soldados iban en pelotones formados y en las veredas se los acababan.
Ante la derrota del subteniente Berber, el mayor Lázaro Candelario recibió instrucciones del coronel Merino de perseguir a los vidalistas. Por eso el 3 de agosto, salió por primera vez una columna a buscarlos a la sierra. Aunque en esta primera incursión no hubo bajas de ningún bando. “La resistencia que los rebeldes presentaron fue tenaz y Candelario solamente alcanzó a llegar a San Andrés, y quemó el barrio y regresó a Atoyac. A su paso por el Rincón de las Parotas prendió fuego a las casas de ese poblado”, asienta Fierro Armenta.
Los pobladores del Rincón de las Parotas se refugiaron en El Cerro de la Bandera, después en el Camarón y luego fueron a vivir cerca del río. “Del Rincón eran los hijos de Lucio Martínez: Marcos, Margarito y Emilio Martínez, hombres valientes que pelearon a favor de Vidales”, recordó don Onésimo Barrientos.
Dice Wilfrido Fierro que a raíz de la deserción de los comandantes de la Policía Municipal, Julio Benítez y del jefe de voluntarios de Alberto Téllez, con un grupo de 95 hombres, el mayor Lázaro Candelario a deshoras de la noche del 6 agosto de 1926 tomó prisionero al presidente municipal, Adrián Vargas, acusado de estar en combinación con los rebeldes y en el punto conocido como El Maguan fue fusilado, dejando su cadáver tirado en aquel lugar, de donde fue trasladado por los vecinos hasta esta población de Atoyac y fue velado en la casa de Faustino Bello y sepultado en el panteón civil del lugar.
Luego el 29 de septiembre de 1926, Amadeo Vidales atacó el pueblo de San Jerónimo el Grande, acompañado de Pablo Cabañas, Hilario Camargo, Francisco y Juan Vázquez; Lucio Martínez y Feliciano Radilla. Escribió don Luis Hernández Lluch en la Monografía de San Jerónimo, que la columna rebelde estaba integrada por 600 hombres mal armados y con escaso parque, mientras la defensa del pueblo estaba compuesta por 15 soldados de línea al mando del capitán Bustamante y los voluntarios comandados por Francisco Lezma, “este asalto se inició como a las 9 de la mañana; la columna rebelde  entró por la calle principal, lado norte de la población tirando tiros al aire; el destacamento tuvo tiempo de resguardarse en la iglesia después se vieron reducidos y obligados a atrincherarse dentro de la torre, que sirvió de baluarte para resistir el empuje de los vidalistas, que ya habían tomado la población; en esta acción murió Don Ignacio Severiano, lo tiraron los soldados de la torre, creyendo que era rebelde”.
José Manuel López Victoria en su Historia de la Revolución en Guerrero relata: “Los rebeldes penetraron a la población y procedieron a la captura de dos federales, a los cuales maniataron en el interior del templo católico, y a cuyo edificio prendieron fuego los propios vidalistas… Los soldados tuvieron suerte y no murieron achicharrados, pues sobrevino torrencial aguacero a eso de mediodía y lograron salvarse. Las víctimas recobraron el conocimiento y aunque sufrieron serias quemaduras, no pudieron abandonar su escondite”.
También señala: “Durante ese jornada trató de ponerse a salvo disfrazado, el agricultor y ganadero Ignacio Severiano, propietario de la hacienda La Tachuela; pero para su mala fortuna recibió una descarga producida por los federales establecidos en la torre, al creerlo elemento antagónico. A consecuencia de los tiros recibidos falleció el señor Severiano. También murió don José María Frías, en manos de antiguos y personales enemigos, que se valieron de la ocasión para perpetrar el crimen”.
Wilfrido Fierro escribió que “en este combate fue destacado el valor temerario del jefe de voluntarios Francisco Lezma, que con dignidad y decoro hizo resistencia en la torre de la iglesia, no obstante haberle prendido fuego los atacantes… Cuentan que el teniente Bustamante estuvo a punto de rendirse y que en varias ocasiones bajaba de la torre a conferenciar con los rebeldes, con quienes se comprometió capitular, pero Lezma le obligó a defender ese lugar hasta agotar el último cartucho”.
Durante el día, Luis Vega, jefe de voluntarios de Los Arenales, al mando de sus hombres intentó cruzar el río al bordo de pangas para dar refuerzo a los federales, pero los vidalistas lo aporreaban a tiros desde el otro lado; así que por más que intentaba no pudo pasar, tuvo que subir hasta la altura de El Ticuí para poder cruzar y brindarles apoyo hasta el otro día.
Por la noche, los rebeldes se dedicaron a saquear los establecimientos comerciales, y en la madrugada del día siguiente fueron desalojados por el refuerzo militar que llegó de Tecpan, Atoyac y Los Arenales. “Las fuerzas procedentes de Tecpan que entraron por el lado poniente, venían a cargo del general Silvestre Castro, El Cirgüelo; las que entraron por el norte, las comandaba el mayor Lázaro Candelario. Habían salido de Atoyac por el camino de Corral Falso, y las que participaron por el Oriente, estaban a cargo del jefe de voluntarios Luis Vega. Aquí murieron los vidalistas Herón Ventura, Bartolo Benítez y otro apodado El Yaqui, así como el pacifico Ignacio Severiano y heridos José Carreto Plutarco García, la federación no tuvo bajas”, escribió Fierro Armenta.
Después de esta acción, Vidales y su gente se refugiaron nuevamente en la zona cafetalera.

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