Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Las calles de Acapulco III

Murió Francisco María Dávila Otero, uno de esos amigos que no se encuentran a la vuelta de la esquina. A partir de que Pancho divulgue su “facultad” de descubrir a un homosexual con solo mirarle a la “niña” de los ojos, ya nadie lo verá de frente ¡Que se cuiden allá arriba!

Cinco de Mayo

El primer nombre de la actual calle Cinco de Mayo fue San Juan porque en ella se corrían las carreras parejeras de caballos en honor de ese santo y también durante las fiestas del carnaval. Al trotamundos italiano Gemelli Carreri le tocó presenciarles durante su breve estancia en Acapulco, en enero de 1697:
“Después de comer, por lo menos cien negros, mestizos y mulatos corren a caballo en parejas. Lo hacen con tal destreza que en mucho me pareció sobresaliente a los grandes que yo había visto correr en Madrid. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana cogidos unos por las manos, abrazados otros, sin soltarse un momento ni descomponerse en todo aquel espacio”. (Viaje por la Nueva España,1700).
La misma arteria, luego llamada Comercio y México, terminaba en la confluencia de varias calles y callejones conocidos hasta hoy como Las Siete Esquinas. Sitio mismo donde terminaba la ciudad y se iniciaban las grandes extensiones de cocoteros.
En ese cruce, sobre el desagüe conocido como La Zanja, estuvo el puente de fierro bautizado como San Rafael. Histórico porque sobre su acceso se tendió, cuan pequeño y grueso era, el generalísimo José María Morelos y Pavón. Lo hizo como recurso más que desesperado, suicida, para contener la caótica desbandada de sus tropas, repelidas por los 46 cañones de la fortaleza de San Diego (8 de febrero de 1811). ¡Pinche Gago, traidor!, condenan los jefes rebeldes al soldado español sobornado para abrir el portón. El puente de San Rafael desaparecerá cuando la Junta Federal de Mejoras Materiales construya la Costera. ¡Pinche Junta, dirá la gente!

Los pilones

A pesar de los importantes ingresos generados a las arcas reales por la actividad comercial de Acapulco (15 por ciento sobre el valor de la mercancía por aquí exportada), el virreinato español omitió por espacio de casi dos siglos el establecimiento de escuelas en el puerto. Los monjes franciscanos se atreverán a hacerlo, pero sin retar a la Corona en su decisión de mantener “naturalitos” a los naturales. Ahora bien, la que será la primera escuela de enseñanza elemental fue gestionada en 1790 por el bachiller Fernando de la Vega Leguízamo, pagada no por el virreinato sino de los pilones del comercio local.
No obstante, las escuelas de la Nueva España tendrán a partir de entonces, incluso hasta la tercera década del siglo XX, la denominación de “reales”. “Reales” serán las escuelas de Acapulco Miguel Hidalgo, para varones, e Ignacio M. Altamirano, para niñas. Ambas nacerán en un mismo edificio de la calle México, esquina con los callejones “Del Brinco” (Galeana) y “Del Mesón” (Mina). La segunda pasará de ese sitio a la calle de La Quebrada, su domicilio de siempre.
El mesón Fernández

La calle México fue una de las más transitadas del puerto por razón de que en ella se encontraba el Mesón Fernández, al que llegaba el mayor número de arrieros procedentes de toda la entidad e incluso de otras partes del país. Portaban la comida del día y las más diversas mercaderías que luego ofrecían en el mercado Zaragoza (plazoleta Escudero). Don Ignacio R. Fernández, propietario del establecimiento, mantenía en parte posterior una enorme sembradío de zacate pará, un siempre verde e inagotable banquete para aquellas mulas trasijadas. Se le conoció como “Parazal Fernández” y ahí el gobernador Rafael Catalán Calvo (1941-1945), levantó el tercer mercado central en la historia de Acapulco. El Parazal, simplemente.
Tan intrincado zacatal era atravesado por una vereda conocida como callejón Salsipuedes, respondiendo cabalmente a su nombre: Quienes lo atravesaban y lograban llegar a la otra orilla lo hacían como ordena La Magnífica: “sin cosa alguna”. No pocos arrieros fuereños quedaron ahí.
Cinco de Mayo salía a la plazoleta Zaragoza (Escudero) exactamente a la altura de la Casa Alzuyeta y era punto inicial de los desfiles escolares conmemorativos de la Batalla de Puebla y la Independencia. Arteria comercial por excelencia, ahí funcionaron los cines Marlin, de don Efrén Villalvazo, cerrado a raíz de un incendio, y el Tropical, del señor Quiroga, el primero con techo corredizo. Ahí, también, la mueblería de la maestra de baile y periodista Celia Ortiz; la ferretería de Toño Trani; El Juguito, las “catrerías” (de lona y de jarcia), de los Elías, y el hotel Buenos Aires, de los Avayou.

Entremés

Aspirante a ambulante de la Cruz Roja, el escribano recibe un día la orden de acompañar al chofer de la ambulancia, para atender una urgencia. “El de guardia debe andar de borracho”, comenta una enfermera. Llegamos al sitio del llamado, el hotel Buenos Aires, subiendo presurosos al primer piso. Entramos al cuarto donde solo cabía una cama y sobre ella un hombre. ¿Hombre?, ¡cachalote!
Sujeto rubicundo, casi dorado, quizás gringo cuya rodada rebasaba los cien kilogramos, con rodada muy por encima de los cien kilogramos; echando espuma por la boca. ¿Rabia?, pregunta una pueblerina inocencia de apenas 12 años. ¡No seas pendejo, está envenenado!, diagnostica Nacho, el chofer de la ambulancia para ordenar: ¡andando! No resultó difícil rodar el cuerpo inerte hasta dejarlo caer sobre la camilla. Será enseguida cuando la puerca tuerza junto rabo y colmillos. Apenas cuatro pasos, ya en plena escalera de caracol, el peso se hace insoportable para el de atrás. No puede más y suelta la camilla. El chofer esquiva apenas aquella mole que rueda por el caracol hasta la planta baja. Una pareja abandona su nido de $3.50 en paños menores, confundiendo el estruendo con un temblor. El autor del desaguisado, tan asustado como venado lampareado, huye de la escena del “crimen”. Más tarde, ardiendo en calentura del miedo, las palabras de Nacho lo reconfortarán: “le vino tan bien la caída al gringo que hasta despertó”. ¡Uff!)

Calle Progreso

Desaparecida la Casa Alzuyeta, Cinco de Mayo se continuará directamente con la calle Progreso, de apenas dos cuadras. Una arteria de varias esquinas. Las hace con Cuauhtémoc, Nicolás Bravo, Profesor Silvestre Gómez (papá del doctor Virgilio Gómez, antes Chinacos); Ignacio Comonfort, Ignacio Allende, Vicente Guerrero e Independencia. Aquí se topa aún con la casona de la familia Arredondo Villanueva.
La calle Progreso forma parte de la historia roja de Acapulco por un crimen escandaloso. Muere acribillado el popular litigante Juan Castañón. Una figura familiar y respetable en el puerto. Bigote de murciélago, sombrero tejano, pistola con dos cargadores al cinto y un fuete inseparable. Los hechos se producen en el bar “Z”, atendido por las calentanas Chica y Tencha Santibañez, que hoy no desentonarían frente a Ninel Conde y a Maribel Guardia, aunque menos viejas. Un piropo subido de color del abogado Castañón para una de las Santibáñez, habitual en él, enfurecerá a un comensal con uniforme militar, seguramente tras la carnita de uno de aquellos pimpollitos. Agotadas las mentadas de madre y el mejor repertorio costeño, hablarán con su voz de fuego las cuarentaicincos y en el lance vencerá el más rápido. Fue don Juan un hombre de mil anécdotas:
–¿Verdad , señor, que se va a llevar al niño si sigue llorando? –amenaza una madre a su hijo al paso de don Juan Castañón.
–¡Pinche vieja cacareca!, ¿tengo acaso cara de espantapendejos?

Los vecinos

En la calle Progreso tuvo su taller de orfebrería don Enrique Lobato Cárdenas, alcalde de Acapulco (1929-1930), y su consultorio el también alcalde Martín Heredia Merckley (1966-68). Allí abrió el restaurante Rincón Chino, de un oriental auténtico, con la novedad culinaria del chop suey. En la esquina con Escudero, emblemática, la ferretería Muñúzuri, con don Manuel siempre vigilante.
Otros vecinos: Hid y Rosalba Charfén con su numerosa prole y enseguida, La Vecina Yavale. Enfrente, Adelina Torres, la célebre Ñeca Torres. Una acapulqueña que, según diagnóstico popular, enloqueció de amor. La Muñeca fue para todos desde chamaca en halago de su hermosura. Ya mujer de la tercera edad, usa vestido ampón de charmés arriba de la rodilla, se adorna el pelo con multitud de moños de colores, los brazos cuajados de pulseras de fantasía, zapatillas doradas y el rostro cubierto con más colorete que el payaso Pirrín. La leyenda romántica en torno a ella hablaba de que un “frastero” (forastero, pues) le había robado junto con la virginidad sus muchas propiedades urbanas y rurales. Casi junto a Pancho y Celia Galeana y enseguida la familia Fontova-Román.

Calle Lerdo de Tejada

Fue seguramente un alcalde porfirista, de esos que ponía el dictador oaxaqueño, quien le dio el nombre de Sebastián Lerdo de Tejada a una vereda serrana y huizachera que comunicaba al barrio de La Guinea con La Quebrada. Ello a sabiendas, por supuesto, de que su jefe no podía ver a don Sebas ni en pintura. Y cómo, pues, si el ideólogo veracruzano le había ganado en buena ley la presidencia de la República. Un encono que no terminará ni con la muerte del primero. Todo empezó en Acapulco:
Lerdo de Tejada huye de la furia del dictador y encuentra en Acapulco una ruta de escape hacia Nueva Orleans. Una embarcación lo espera en Puerto Marqués para conducirlo a un exilio para él muy doloroso. A la hora de zarpar, el ex rector del Colegio de Donceles sube a cubierta para pronunciar un encendido discurso haciendo cera y pabilo de don “Pérfido” Díaz. Lo llama rústico, zafio, enfermo de poder y mojiganga. Termina con el juramento de nunca más volver a México mientras el palurdo matón oaxaqueño usurpe la presidencia de la República.
La muerte de Lerdo en Nueva York (1889), da al Llorón de Icamole la oportunidad esperada para cobrarse la afrenta de Puerto Marqués. Ordena inmediatamente la repatriación de los despojos mortales de Lerdo y una vez en la ciudad de México, él mismo los conduce en impresionante ceremonia luctuosa a la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón de San Fernando. Discursos laudatorios, declamaciones heroicas, toque militar de silencio e incluso lloronas alquiladas. Allí, ante el tumba del magistrado jalapeño, el militar oaxaqueño saca su pañuelo de seda y simula secar una furtiva lágrima aunque en realidad esconde una sonrisa perversa:
–¿No que no volvías, cabroncito?

Los vecinos

La calle Lerdo de Tejada tuvo vecinos ilustres como la profesora Felícitas V. Jiménez, la querida maestra Chita, fundadora de la escuela Altamirano, También, la profesora de párvulos Chagua Liquidano, de esas que todavía usaron la regleta fiel a la sentencia casi bíblica de que “la letra con sangre entra”. Ahí, también, la familia Flores Pacheco cuyo patriarca fue un abogado muy reconocido. Las familias periodística de los García Guillén y los Pérez García, del Trópico. La famosa Sección 20 de trabajadores de hoteles mantiene intacta su sólida sede aunque no su fama.

La plazoleta

La plazoleta de La Poza constituirá una suerte de ágora no solo para los vecinos de Lerdo y de la misma Poza, también para los barrios de “arriba” como Los Tepetates, La Adobería y de abajo, la Pocita. Ahí mismo, Martín Balboa, conocido como La Dama Católica, quien tenía a su cargo el vestuario de santos y santitas de la Catedral, con riguroso estreno en sus días. Otros vecinos distinguidos de Lerdo de Tejada fueron la familia Salgado Román, con su matriarca doña Consuelo y sus hijos Napo, Lety, Quica y Carmen. Y enseguida Lita Gómez y su hija Violeta Avayou. Casi esquina con Independencia, la imprenta del columnista de Trópico, don José O. Muñúzuri.
–José ¡o (cero)! Muñúzuri–, recitaba con jiribilla el periodista español Severino Tarragó Gene, al pasar lista en las sesiones del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa.
–¡Cero, tu chingada madre, pinche gachupín! –tronaba don José O. Muñúzuri, para abandonar enseguida la sesión.
Y así sucedió, reunión tras reunión, sin fallar.

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