Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Las calles de Acapulco IV

Avenida Cuauhtémoc

La hoy larguísima avenida Cuauhtémoc fue una callejuela que unió al centro de Acapulco con una nueva mancha urbana bautizada como Barrio Nuevo. Creada por el alcalde Antonio Pintos Sierra, se localizaba a partir de grandes extensiones de cocoteros, propiedad de don Beto Ponce, donde hoy se asientan la CFE y el IMSS para desembocar en la mucho más tarde plazoleta Escudero. A la vía se le conoció con el nombre del asentamiento: Barrio Nuevo.

Un paréntesis necesario

(Don Antonio Pintos Sierra, venido de Tepecoacuilco, Guerrero, se desempeñaba en el puerto como cónsul honorario de Guatemala y un buen día recibe la orden del presidente Porfirio Díaz de hacerse cargo de la presidencia municipal de Acapulco. Por fin, don Pérfido, como ya le decían en Guerrero, había encontrado su hombre tan buscado. Un hombre dotado de virtudes casi teologales: decente, honrado, responsable y trabajador.
Su primer nombramiento lo recibe don Antonio en 1887 y le será ratificado al año siguiente. Vuelve en 1890 para entregar el mando a su tocayo Antonio Butrón Ríos. Médico hispano-cubano autor, por cierto, de dos obras sanitarias memorables como lo fueron el hospital civil Morelos y la leprosería de la isla de La Roqueta. Una última administración, en 1900, hará del señor Pintos Sierra el primer alcalde acapulqueño del siglo XX).

Salón Teresita

Será la arteria del Barrio Nuevo una ruta de tránsito nutrido, particularmente los fines de semana, conduciendo a la muchachada del puerto al “salón de baile Teresita”. Se trataba en realidad de un área localizada en medio de un palmar, circulada con huesos de palapa y con piso de cemento. Un templete para la orquesta y bancas únicamente para las damas. Don Beto Ponce, el propietario, reclutaba a la clientela mediante voceo con megáfono por el centro de la ciudad. El mismo camión sonoro de rediles recogía a la clientela a lo largo de su recorrido. Para las damas resultaba muy complicado aquel abordaje, especialmente cuando lucían vestidos ampones, con herrajes en su interior.
Una convocatoria semanal difícil de desdeñar por ellas toda vez que el fandango les resultaba gratuito. Ellos, por su parte, debían cubrir una cuota de 15 centavos con derecho únicamente a una tanda de cuatro piezas. No había devolución para quienes, por tímidos o “jediondos” (según una queja constante de ellas), no conseguían pareja en todo el festejo.
El trompetista de la orquesta de don Alberto Escobar lanzaba el toque de atención para presentar al “maestro de ceremonias” (el hombre que lo mismo bajaba los cocos, voceaba en la calle, cobraba la entrada y se encargaba del aseo). Instalado en medio del redondel, con el megáfono en la mano, declaraba abierto el baile dando paso a los caballeros al recinto cercado. Las damas ya esperaban sentadas, impacientes. El tío de Arturo Escobar García marcaba cuatro compases –“un- dos- tres- cua…”–, para iniciar con su sax tenor la primera tanda. ¿Qué le parece esta?: Dónde estás, corazón, Mi querido capitán, Desdén y el danzón Juárez. ¡Ahí nomás, pinchemente!, presumía don Beto Ponce al finalizar cada tanda. Terminado el festejo, un anuncio urgente: “¡los que no se trepen rápido al camión se están quedando!

Álvaro Obregón

La calle Barrio Nuevo será rebautizada como calle del Correo y más tarde con el nombre del general Álvaro Obregón, no sabemos si durante la administración municipal de Juan R. Escudero (1921-1923), que era partidario suyo, o en recuerdo de que el sonorense había salvado la vida en Guerrero. Buscado por Carranza para darle chicharrón, el Quinciuñas se refugia en la entidad disfrazado de ferrocarrilero. Será entonces cuando se tope en plena cañada del Zopilote con el general Rafael Sánchez Tapia, éste con órdenes directas de Carranza de quebrarlo sin formación de causa. Sánchez Tapia, en franca desobediencia al presidente de la República, se le cuadra –“a sus órdenes mi general”–, para luego darle paso libre.
A propósito, un grupo de jóvenes acapulqueños vivirán agradecidos con Sánchez Tapia por haberles dado una segunda oportunidad de vivir. Marchando rumbo al paredón, culpables de participar en la rebelión delahuertista, el militar suspenderá la ejecución “porque yo no mato a chamacos”. Más tarde, cuando vuelva como jefe militar de Acapulco, aquellos jóvenes y en general todo Acapulco lo secundarán en su proyecto de abrir, con su tropa, un camino accesible a Manzanillo, vía el cerro de La Candelaria, su playa favorita.

Cuauhtemanía

Pero volvamos a nuestra avenida principal, solo ver descolgar las placas azules con el nombre del acribillado en La Bombilla y entronizar al inmortal rey Cuauhtémoc. Ello a raíz del descubrimiento de sus restos en Ixcateopan, Guerrero (26 de septiembre de 1949), un suceso de dudosa verosimilitud que desatará en México una suerte de Cuauhtemanía. Se dará el nombre del último emperador azteca a todo ser u objeto susceptible de bautizo, desde niños, pueblos, avenidas, edificios, billetes y monedas, hasta barcos, aeropuertos, cañones, túneles y trenes.
Acapulco se acostumbró a que la avenida Cuauhtémoc topara con pared y solo desahogara a Escudero por un breve escurrimiento. Taponada por la Casa Alzuyeta y atrás de esta una casona de adobe donde don Pedro Kuri atendió su tienda Driles y Casimires. Pero llegará a la presidencia municipal el almirante Alfonso Argudín Alcaraz y una de sus primeras acciones urbanas será eliminar el tapón de la avenida. Entonces se le unirá plena y anchurosa a la plazoleta Escudero.
Avenida comercial por excelencia pues no existe giro o especialidad mercantil que no esté representado en toda su longitud y por si fuera poco, le dará número a la sede del gobierno municipal. Decisión del gobernador Ruiz Massieu nunca entendida aunque aceptada e incluso aplaudida. Ello no obstante cercenar gravemente el parque Papagayo, creado por otro gobernador, Rubén Figueroa Figueroa, para lo que son los parques públicos en el mundo, incluso en México. Cuauhtémoc es también la avenida de los desfiles cívicos, las manifestaciones políticas, los desfiles circenses, las marchas gay y de las protestas ciudadanas por quítame estas pajas.

El cine Río

–“Ni crean que voy a darles permiso para que vayan a ese cine en pleno despoblado teniendo, además, que atravesar el peligroso río de La Fábrica”–. Fue ésta una seria advertencia paterna, dirigida particularmente a las niñas, cuando se anuncie en 1947 la apertura del cine Río, en la avenida todavía Obregón. Para acercar la sala a la ciudad –entonces “lejisísima”–, los empresarios gestionarán una primera ruta del transporte urbano denominada “Cine Río-La Base”, hoy mismo vigente no obstante que la sala cerró hace casi medio siglo.
Bautizada en honor del río Grande o de La Fábrica, la sala cinematográfica de los empresarios Gabino Fernández y Francisco Peláez fue la primera en la entidad con “clima artificial” (“mortal para los pulmones y los bronquios”, diagnosticaban las abuelas) y también vanguardista con el Cinemascope en técnicas de exhibición. Hasta entonces las películas se vieron en cines dotados con pantallas más chicas incluso que muchas planas actuales de televisión.
Fue en esa sala donde se escuchó aquí el primer grito de “¡cácaro, deja la botella!”, ante una pantalla desenfocada o temblorosa y de “¡cácaro, ratero, no te robes la película!”, cuando la proyección de plano se interrumpía. Un reclamo surgido en una sala del barrio capitalino de La Merced, cuyo popular proyeccionista tenía el rostro picado por la viruelas y era tan aficionado al chupe como periodista o arquitecto.
Hay otras paradas camioneras en el puerto que hablan de la persistencia de una costumbre muy pueblerina, o sea, la de usar nombres de personas, cosas, comercios y hasta, sucesos como referencias urbanas. Ahí están, por ejemplo, “la del Vaquero”, en el sitio mismo estuvo hace muchos años la tienda de ropa llamada El Vaquero Norteño y las hoy inexplicables de “La Balanza” y de “Las Anclas”, ferretería y hotel del año del caldo. No son las únicas, por supuesto: existe la parada “del Guayabo” (con clara intención alburera), “la parada del Muerto” (¡vaya con el tipo!), las paradas de “la Escalera”, el Tamarindo, La Cima y muchas más.

Las esquinas

La avenida Cuauhtémoc, que nace en la plazoleta Juan R. Escudero y termina en La Garita de Juárez (o al revés), es con la Costera la del mayor número de esquinas del puerto. Las hace con las calles Progreso, Eduardo Mendoza, Nicolás Bravo, Humboldt, Valdés Arévalo, Canal, Aquiles Serdán, Melchor Ocampo, Cinco de Febrero, Belisario Domínguez, Diego Hurtado de Mendoza, Vallarta, Manuel Acuña, Emiliano Zapata, Capitán Malaspina, Gabriel Avilés, Plan de Ayala, Niños Héroes, Sebastián Elcano, Manuel Gómez Morín, Sebastián Vizcaíno, avenida Universidad, Seis de Enero, Morteros, Jacarandas, Juan R. Cabrillo, Taller, Ignacio Chávez, Maracas, Rotarios, Tigre, Encino, Roble, Santa Elena y Carlos E Adame. Seguro que se escaparon algunas.

La Garita

Una vereda pedregosa y serpenteante fue la hoy avenida Cuahtémoc en tiempos de la Colonia, para comunicar con La Garita. Ahí se localizó a partir de 1782 la caseta de cobros fiscales para alimentar a la insaciable corona española. A los encargados de atornillar a los mercaderes se les llamó simplemente “gariteros”, aunque se les conoció con nombres poco gratos, mas bien ofensivos.
El trabajo de los gariteros se intensificaba con la llegada de la Nao de Manila y la simultánea celebración de la gran Feria de Acapulco. Tiempo de intenso y millonario trasiego de mercaderías orientales y una movida y clandestina trata de blancas y esclavos.
No caerá nada bien a los gariteros la orden del virrey, Martín de Mayorga, de exentar a los arrieros del pago de un real por bestia, convencido que de esa manera incentivaba el comercio durante la Feria. La medida será recibida con recordatorios maternales para el representante real, por la sencilla razón de que el gravamen nunca lo enteraban a las arcas. Quien sabe a que métodos recurrirán aquellos servidores reales, el caso es que el tal Mayorga ya no será virrey para la siguiente Feria.

Uniforme azul

El oficio de garitero subsistirá hasta muy entrado el siglo XX. En 1905, por ejemplo, el jefe de los gariteros añadirá a las “buscas” normales una verdaderamente discriminatoria y humillante. Estará basada en una ordenanza de talante similar dictada por el prefecto de Distrito, Manuel García.
El bando del funcionario porfirista prohibía la entrada a Acapulco de todo individuo, chico o grande, vistiendo taparrabos de manta. El argumento era muy simple: faltas y ofensas a la moral pública. Así vestidos, los indios “andan por ahí enseñando “todas sus cosas,” para escándalo de nuestras recatadas damas y muy especialmente cuando se quedan borrachos tirados en la calle”. También se argumentaba la desagradable impresión de los visitantes extranjeros por la vía marítima, ante tan salvaje espectáculo.
El agudo sentido empresarial del jefe de los gariteros lo llevará a sacar provecho de la malhadada ordenanza. Adquirirá varias docenas de mudas de ropa, pantalones y camisas de la misma manta, para ponerlas en venta y en renta a precios prohibitivos, por supuesto. Los naturales que laboraban en el puerto tenían forzosamente que comprarlas y solo las tomaban en alquiler quienes venían al mercado, a vender o a comprar. Las oficinas aduanales harán las veces de vestuario durante el tiempo, corto, afortunadamente, que dure tan disparatada medida.
Que nadie se escandalice: no han faltado en pleno siglo XXI quienes piensen en una prohibición absoluta para que las damas en bikini caminen por las calles de la ciudad. “Si lo propongo, van a decir que soy puto”: confesión íntima de un ex edil cuya vida no es recatada, más bien disipada. Y no pregunte, por favor, la identidad.

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