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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

* De mayorías y minorías

*La democracia no es simplemente la regla de la mayoría absoluta y  debe forzosamente encajar, aunque disguste a los impacientes, en el principio de la mayoría moderada: la mayoría tiene que respetar los derechos y la libertad de las minorías. Aunque las protestas del magisterio muy poco ayudan a convocar a los ciudadanos a exigir al gobierno respeto, tolerancia y acuerdos con los inconformes.

Como nos pasa muchas veces, en el debate por la reforma educativa del presidente Enrique Peña Nieto se han enfrentado dos argumentos que no son necesariamente contrarios entre sí.
Los que apoyan la aprobación de la iniciativa presidencial arguyen, además de los aspectos intrínsecos de la reforma, que la disidencia magisterial es una minoría que debe respetar la voluntad de la mayoría a favor de la misma.
Por su parte, lo que la rechazan la reforma y apoyan la protesta magisterial arguyen, además de los aspectos sustantivos, que los disidentes tienen derecho a ser escuchados y atendidos, aún siendo minoría.
En sentido estricto, ambos se amparan en principios democráticos y, por ende, ambos podrían tener parte de razón. En efecto, la disidencia parece ser una expresión menor del sindicalismo magisterial y el apoyo popular a la reforma parece ser mayoritario. Pero también el gobierno parece obligado a debatir, negociar y acordar las inconformidades magisteriales.
Conviene por eso entender mejor las diferencias entre la regla de la mayoría y las reglas de la democracia.
Comparto y propongo en seguida, algunas reflexiones y postulados de la colección Cuadernos de Divulgación de la Cultura Democrática, editados por el Instituto Federal Electoral, acerca de los principios y valores de la democracia, a cargo de José Woldenberg y Luis Salazar.
Obvio las comillas.
La regla de la mayoría no debe ser confundida con la democracia, aunque ésta suele hacer uso de ella aplicada al pueblo elector. En muchas ocasiones, los sistemas no democráticos la utilizan y los sistemas democráticos suelen no utilizarla.
La regla de la mayoría es un mecanismo para tomar decisiones en grupo. Por ella se establece que para establecer cuál habrá de ser la decisión grupal o colectiva, se debe verificar cual es la opinión al respecto de un cierto número de miembros y adoptar aquella opción que cuente con el mayor número de votos. Una vez adoptada, debe ser respetada por las minorías del grupo que no deben oponerse a la decisión mayoritaria.
En general, la regla aplica para hacer que la mayoría ostente el poder. Dicho en otros términos, el cambio de un gobierno a otro ocurre a través del sistema electoral, en el cual la mayoría se impone y una minoría se somete y asume el papel de oposición dentro de los canales de participación política.
Es evidente que el establecimiento de la regla de la mayoría ha sido el objetivo principal de las democracias liberales, pero recientemente se establecen en muchas de ellas reglas para que las decisiones tomen en cuenta a las minorías.
Aunque la máxima democrática es que la voluntad de aquellos que son más debe prevalecer sobre la de los que son menos, no es una cuestión de simple aritmética electoral. La democracia solo funciona de manera óptima cuando todos los miembros y actores políticos en una sociedad consideran que forman parte de las decisiones y que sus derechos serán garantizados.
Es cada vez más frecuente que en los sistemas políticos en donde el ganador toma todo el poder es rechazado, y esto obliga a la tarea de asegurar por algunos medios u otros, que las minorías participen en el ejercicio del poder, para lograr un equilibrio efectivo entre mayorías y minorías.
En otras palabras, las nuevas reglas del juego democrático presuponen que las decisiones se toman por mayoría, pero también que la mayoría puede cambiar. De ahí que se requiera de votaciones sistemáticas y repetidas, en las que los ciudadanos puedan optar por diversas alternativas, configurando así mayorías y minorías diferentes. Por ello, el hecho de que una alternativa obtenga el mayor número de votos en un momento determinado en modo alguno le asegura que en la siguiente votación lo volverá a lograr.
Además, la propia regla de la mayoría exige el reconocimiento de la necesidad y legitimidad de la existencia de minorías y, por consiguiente, de sus derechos, empezando por el de convertirse en una nueva mayoría. Lo anterior explica que los procedimientos democráticos sean incompatibles con una presunta dictadura de la mayoría: ésta no sólo es excluida por la naturaleza temporal e inestable de cualquier mayoría democrática, sino también porque no existe mayoría sin minorías. Sin estas últimas, en efecto, la propia legitimidad del gobierno de la mayoría pierde sustento y deja de tener sentido democrático, es decir, de expresar la voluntad popular.
De esta manera, la regla de la mayoría exige la participación de las minorías en la elaboración, aprobación y aplicación de las políticas. Siendo estas minorías un elemento esencial de la voluntad popular y de la legitimidad democrática, no sólo tienen derecho a existir y a tratar de convertirse en nuevas mayorías, sino también a influir en las decisiones públicas y en su control.
En otras palabras, el gobierno o poder de la mayoría sólo adquiere legitimidad democrática estricta cuando reconoce e incluye los derechos y la participación de las minorías. Si estas últimas se vieran excluidas totalmente, optarían por retirarse haciendo perder sentido, como es evidente, a la propia regla de la mayoría.
Más allá de la coyuntura estricta de la reforma educativa, este es justamente el nudo de la democracia mexicana, y por eso los gobiernos propiamente democráticos no sólo se pueden sostener sobre votaciones, sino también sobre negociaciones, compromisos y acuerdos.
Por ello, la discusión y la concertación de compromisos son una dimensión consustancial e irrenunciable de la democracia moderna, que exige que la política sea concebida como una competencia pacífica entre adversarios que se reconocen legitimidad recíprocamente, y no como una lucha a muerte entre enemigos irreconciliables pues, como resulta evidente, mayoría y minorías han de estar de acuerdo, al menos, en dirimir sus diferencias democráticamente, es decir, apelando a la voluntad popular como criterio decisivo y renunciando, por lo tanto, a recurrir a la violencia o el fraude para imponer sus opiniones e intereses.
De acuerdo con estos principios y valores de la democracia, en los cuadernos del IFE, la responsabilidad política y el compromiso democrático ante el conflicto por la reforma educativa parecen más del gobierno federal, el Congreso de la Unión y los gobiernos estatales, que de los maestros disidentes.
Sin embargo, en el contexto actual del país, los métodos y las formas de protesta y movilización del magisterio poco, muy poco ayudan a convocar a los ciudadanos a exigir al gobierno respeto, tolerancia y acuerdos con los inconformes; de hecho, parecen convencer a más mexicanos a que apoyen el garrote represivo, el desalojo violento y la imposición legislativa.
Por eso, Woldenberg y Salazar precisan que la cuestión aquí es de criterio decisional, no electoral. Elegir es una cosa, decidir otra, y el ámbito de las decisiones es inconmensurablemente más tenso que el de una elección.
El pueblo que decide a partir del principio de la mayoría absoluta es, las más de las veces, un cuerpo que representa al pueblo y que refleja, en gran parte, a la mayoría que lo elige. Al final de este trayecto queda como cierto que el pueblo contabilizado por este principio se divide en una mayoría que toma todo y una minoría que pierde todo, lo cual permite a la mayoría, si así se quiere, reducir a la minoría (o minorías) a la impotencia, lo cual no puede ser permitido.
Como escribió el historiador y moralista italiano Lord Acton: “La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el quantum de seguridad de la que gozan las minorías”. En la misma línea, otro italiano, el politólogo Paolo Ferrero afirmaba que “en las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno. Cancelar la oposición significa cancelar la soberanía del pueblo”.
De ello deriva que la democracia no es simplemente la regla de la mayoría absoluta y que la teoría de la democracia debe forzosamente encajar, aunque disguste a los impacientes, en el principio de la mayoría moderada: la mayoría tiene que respetar los derechos y la libertad de las minorías.
El problema central de toda democracia constitucional, no solo de la nuestra, es equilibrar la decisión democrática de la mayoría con cierta protección de los derechos fundamentales (no los privilegios laborales y las prebendas económicas) de las minorías.

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