Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Julio Moguel

HOY, HACE 200 AÑOS

*Las batallas de Morelos

Un paréntesis: Bustamante, Altamirano 

Quiero hacer ahora un nuevo paréntesis en nuestro seguimiento del “hoy hace 200 años” para hablar de algunos de los libros o autores que, en mi opinión, deber ser visitados o revisitados por aquellos que pretendan revisar con alguna profundidad la historia de la lucha independentista del periodo que hemos elegido (1813-1815), correspondiente a la fase propia del liderazgo político y militar de Morelos.
Hay que regresar sin lugar a dudas a la pluma de uno de los clásicos: José María Bustamante (Cuadro histórico de la Revolución Mexicana), quien, más allá de los grandes huecos de su historia y de algunas obvias fallas derivadas de la condición pionera de sus textos, fue testigo presencial de muchas situaciones o contextos que dieron a sus letras originalidad, verosimilitud, frescura.
Bustamante tuvo una presencia viva en el movimiento de independencia durante la fase encabezada por Morelos, con grandes oportunidades para dialogar personal y epistolarmente con el cura de Carácuaro. No es por ello un exceso o una presunción intimista la que permite ver en una de sus primeras líneas de su obra: “Muy distante se hallaba (Morelos) de poder figurar en el mundo cuando a la edad de treinta años comenzó a estudiar los primeros principios de la latinidad, sin más objeto, como me lo aseguró francamente, que ocuparse del ministerio eclesiástico”. (Las cursivas son mías, JM).
Pero no sólo se benefició de entrevistas directas con Morelos: también de su relación con muchos de aquellos que vivieron con él acontecimientos relevantes del periodo independentista. Como puede observarse en estas otras líneas de su obra: “En vano procuró disuadirlo (a Morelos) de la empresa el conde de Sierra Gorda, que era gobernador de la mitra (como me lo dijo dicho conde cuando estuvo en esta capital el año de 1811). (Las cursivas son mías, JM).
Saltemos ahora de Bustamante a Ignacio Manuel Altamirano. Con una primera consideración: el tixtleco es, en mi opinión, uno de los casos más notables de un escritor de altos vuelos con la capacidad para hacer historia desde la literatura y literatura desde la historia, en un nivel de maestría y calidad con pocos parangones en la historia de nuestras letras.
Recordemos que Altamirano inicia su exitoso ciclo como novelista en 1869, cuando publica Clemencia (por entregas, en El Renacimiento), en un ciclo largo que cierra hasta 1888, cuando escribe El Zarco. Episodios de la vida mexicana en 1861-63. En el ínterin, muy intensamente durante los primeros años de la década del setenta, publica algunos otros materiales literarios de gran impacto, pero será en estas dos obras en las que se condense lo mejor de toda su cosecha. Distingue, decíamos, a estos exquisitos textos literarios, su contenido y densidad históricas, en una línea de aproximación artística inobjetable en cuya valoración aquí no nos detendremos.
El tema hasta aquí es sin duda ampliamente conocido. Lo que no ha sido suficientemente destacado y calibrado es, en mi opinión, la forma en que sus obras propiamente históricas se confeccionan con técnicas y elementos de aproximación que vienen estrictamente hablando del campo literario, en una línea de trabajo que muestra con suficiente contundencia la pertinencia de este específico tejido discursivo para que el hecho o el dato simple de la “historia objetiva” adquiera mayor verosimilitud y se muestre en y desde sus más amplias y variadas luces o facetas.
Dicho de otra forma: la incorporación por Altamirano a sus obras históricas de elementos, miradas y técnicas que le llegan de su formación propiamente literaria no es un simple medio o instrumento escenográfico para engalanar o edulcorar el “hecho duro” del relato, sino un componente que, al incorporarse íntimamente al tejido sustantivo de lo escrito, lo enriquece y lo muestra en sus variopintas y multiplicadas formas de presencia (presencia histórica, se entiende); demostrando con ello que la fabricación del “hecho histórico” no se resuelve con una específica copia fiel y exacta del “dato objetivo”, sino con la construcción artístico-textual “del hecho” desde la idea de lograr una determinada re-presentación (para el tema relativo a la re-presentación, ver Verdad y método de Gadamer).
Los textos históricos de Altamirano a los que nos estamos refiriendo fueron escritos en la década de los ochenta, justo cuando el autor de Clemencia ya ha adquirido sus máximas capacidades de elaboración en el plano literario. Y destacan, entre éstos: Morelos en Zacatula (1880), Morelos en El Veladero (El paso a la eternidad)” (1883), la Biografía de Don Miguel Hidalgo y Costilla, primer caudillo de la independencia (1884), y Morelos en Tixtla (1886).
Como ejemplo de lo dicho hasta aquí bastará la muestra de un pequeño botón, tomado del Morelos en Zacatula.
Empieza el relato con una aproximación al “paisaje”, en un close up sólo equiparable al que puede hacerse en realidad en nuestros tiempos modernos desde un sistema satelital: “El gran río que con el nombre de Atoyac nace humilde en las vertientes de la Sierra de Puebla, y que descendiendo de la Mesa Central de Anáhuac, se dirige al sudeste de México, recibiendo el tributo de cien arroyos y torrentes que aumentan el caudal de las aguas, toma en los profundos valles de la Tierra Caliente el nombre de Tlalcozotitlán (…).”
Para pasar, después de extenderse sin prisa en el referido close up, a una “toma” que sólo podría hacerse en los hechos desde un helicóptero: “Una tarde del mes de octubre de 1810, ya al declinar el sol, descendía por el camino que serpenteaba entre las colinas boscosas de la sierra que flanquea por el lado de oriente al río de Zacatula un grupo como de veinte jinetes (…) Distinguíanse apenas en los claros del camino volviendo a ocultarse entre la arboleda que revestía las últimas vertientes de la montaña, pero cuando bajaron a la llanura (…) fueron bañados de lleno por la luz del sol poniente (y) pudieron ser observados con exactitud.”
No hemos salido de nuestro asombro sobre la forma artística de aproximación histórica escogida por Altamirano, cuando, después de ofrecer al lector en forma escueta los antecedentes del encuentro entre Hidalgo y Morelos en Michoacán (cuando el primero comanda al segundo para que se dirija al sur), nos incorpora de lleno en una conversación (¡sí, en una conversación!) que se desarrolla entre el cura de Carácuaro y el capitán Marcos Martínez, en la que se resume el sentido profundo del acuerdo o lazo patriótico que abre allí el nuevo ciclo independentista. (“La patria nació en Zacatula”, dice nuestro autor).
Falta espacio en estas líneas para redondear el comentario. Pero creemos que con estas pocas puede percatarse el lector de la dirección expresa que Altamirano da a su relato “objetivo”. Para sustanciarlo y proyectarlo, decíamos, en sus máximas posibilidades de presencia, dentro de una técnica constructiva o reconstructiva de la historia que tiene en la ciencia literaria un instrumento fundamental.

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