Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Las calles de Acapulco VI

Los Jardines

La avenida Pie de la Cuesta, decíamos, es el camino diario de miles. Habitan las colonias surgidas como resultado de la explosión demográfica de los años 70 del siglo pasado. Cuando el presidente Luis Echeverría puso a su familia (12 hijos) como un ejemplo a seguir por todos los mexicanos. “Los hijos son la mayor bendición de Dios”, reforzaba su esposa “la compañera” María Esther Zuno. Y por si ello no bastara, se difundían canciones de protesta con la exigencia de “¡a parir, madres latinas, a parir”! (guerrilleros, se entendía). Aquellos núcleos fueron bautizados con el nombre de Jardín, perteneciente a una muy antigua estancia porteña: Jardín Azteca, Jardín Mangos y Jardín Palmas.
Se anota marginalmente, por no ser tema de estas entregas, que las obras de urbanización de los Jardines han resistido indemnes el paso del tiempo no obstante estar prácticamente colgadas del cerro. La explicación es sencilla: fueron ejecutadas por profesionales capaces y funcionarios honrados, lo que es hoy mucho pedir. Recordamos a quien dirigió tales trabajos en su calidad de director del Plan Acapulco, el ingeniero Octavio Falcón Vega, apoyado por un equipo de jóvenes profesionales comprometidos socialmente, como él.
La nomenclatura de las tres secciones de El Jardín no atendió a la genealogía del poder. De hacerlo, las calles hubieran sido bautizadas con el santoral de las familias reinantes. Por el contrario, los nombres de arterias y cerradas formaron un grande y fresco vergel: Cerezos, Azaleas, Caoba, Mandio-cas, Manzanillas, Robles, Ajenjos, Avellanas, Alcornoques (¿con de-dicatoria?), Arrayanes, Abetos, Albaricoques, Membrillo, Capuli-nes, Margaritas, Manzanas, Mirto, Platanal, Ciruelos, Crisantemos, Cafetos, Tomillo, Canela, Chiri-moyos, Ahuehuete, Mangos, Chi-cozapotes y más.
Balcones al Mar y El Campo de Tiro, por su parte, no agotaron la fauna marina para bautizar sus calles: Langosta, Dorado, Calamar, Camarón, Pez Vela, Mantarraya, Cuatete, Tiburón, Coral Rojo, Delfines y Coral Negro, entre otras.

La esquizofrenia

La vecina colonia Universitaria insiste hoy en la nomenclatura vegetal y llama a sus calles Amates, Orquídeas, Bugambilias, Mangos, Tulipanes, Tamarindos y hay hasta una Puesta del Sol. La Alta Generación 2000 dedica sus pocas vías a las aves de presa: Halcón, Águila y Cóndor, en alusión seguramente a las alturas que domina.
Sigue luego el que fuera reino soberano de doña Clemencia Figueroa Cisneros, quien no tendrá empacho en bautizar con su nombre la amplia superficie que vendió y revendió una y otra vez. O regaló a gente del poder y a periodistas. Fue uno de esos personajes del pasado pluscuamperfecto ligados con las invasiones masivas de tierras.
De esos entronizados a los altares de la adoración perpetua por los beneficiarios de un miserable pedazo de tierra. Ella misma será la autora de la nomenclatura esquizofrénica de su colonia: Benito Juárez, José Yves Limantour (secretario de Hacienda de Porfirio Díaz), José Azueta y Vi-cente Fox Quezada. La dama murió asesinada en sus propios dominios. Un crimen cuyos móviles, por sabidos, nunca se conocerán.

A la Maturranga

Por la misma vía llegamos al fraccionamiento Mozimba, tierras fraccionadas y vendidas por particulares. Particulares que las compraron al gobierno federal, sacrosanta institución que, por su parte, se las había agandallado limpiamente a otros particulares. Al menos así lo establece una denuncia pública de aquella época. La firman los señores José Alberto Bustamante, Ig-nacio G. del Valle y Villagrán e Ig-nacio G. del Valle y Espinosa.
Los tres chilangos se declaran propietarios únicos de los terrenos ubicados entre Acapulco y el túnel de Pie de la Cuesta, conocidos co-mo La Mira y Mozimba. Ofrecen los números de sus escrituras otorgadas ante el Notario Público de Acapulco, Francisco S. Martínez Alomía (padre de Luis Martínez Cabañas, alcalde sustituto en 1965 y más tarde también notario). La denuncia se reproduce en una plana entera del tabloide Trópico, fechado el 30 de abril de 1941. Se acusa al anterior gobernador del estado de haber usado la figura de la expropiación para apoderarse ilegítimamente de sus tierras, vendiéndolas enseguida a particulares. “Hemos interpuesto los recursos procedentes ante las autoridades administrativas y judiciales y esperamos fundadamente que se nos hará justicia”. “¿Cuál es la prisa?”, preguntaría hoy Don Teofilito.
(“El gobernador anterior”, al que se refiere la denuncia, fue el general Alberto F. Berber. Un mandatario defenestrado en 1941 como lo fueron una veintena más, antes y después, ya por la vía armada o por la legislativa desaparición de poderes. El presidente Ávila Camacho acusó a Berber de “crímenes y abusos”, además de “violar el voto popular en las elecciones municipales”.

Mozimba

Los fraccionadores bautizaron las calles de Mozimba con nombres de dulce, chile y manteca: Granjas, Riscos. Tehuacán, V. Carranza, Tu-lipanes, Gardenias, Madero, Es-cudero, Loma Bonita y Altamira. En una de ellas está el domicilio de la familia Heredia-Alarcón, de la que fue jefe el doctor Martín Heredia Merckley, alcalde de 1966 a 1968. Vive también por ahí un exitoso banquero cuando la banca mexicana era mexicana y no española, Beto Abarca Rebolledo, más amigo que pariente. Ahí mismo, la heredad de quien fue generoso amigo Facundo Castrejón, político y dirigente transportista, hoy In-fonavit López Portillo.

Paracaidistas

Cuando Mozimba es una simple loma pelona recibe la visita de centenares de hombres, mujeres y niños. Vienen dispuestos a quedarse allí para siempre. La chapona del monte es rápida y a ella sigue la instalación de carpas precarias, simples tenderetes. En esas están los paracaidistas, como se conocía entonces a los invasores de terrenos ajenos (“como caídos del cielo”), cuando escuchan un sonar rítmico y preciso. Son los soldados del 20 Batallón de Infantería, adscrito a la 27 Zona Militar, marchando a paso veloz rodeando la superficie invadida. Los jefatura, porque el caso lo merece, el propio comandante de la 27ª Zona Militar, general Práxedes Giner Durán (no Praxedis, aclaraba). Un hombre de pocas palabras cuyo voz cuartelera no admite contradicción:
–¡Señoras y señores, escúchenme bien porque no acostumbro repetirme: lo que ustedes están haciendo es contra la ley y por tanto son todos delincuentes. ¿Está claro? Ahora bien, como no pueden quedarse aquí y tampoco puedo jalar con todos a la cárcel, les doy 30 minutos para desalojar el terreno con todo y sus chivas. Y apúrense, porque hablándoles me he comido parte de su tiempo!.. ¡ya solo les quedan 20 minutos!
–Así hasta se agradece, no como otros cabrones que llegan arriando chingadazos y robándole a una sus cosas– comenta una mujer confesa de por lo menos tres invasiones anteriores.

Aquí no, allá sí

Lo que no se supo sobre aquella acción fue un aparte pedido por el militar a los líderes paracaidistas. Les advierte que él simpatiza con esa clase de movimientos porque entiende las necesidades de más jodidos sin tierra. Les pide por ello absoluta discreción por lo que va a aconsejarles. El consejo es que mejor invadan la Barranca de La Laja, prometiéndoles que se hará de la vista gorda si lo llaman para desalojarlos. Obedientes, aquellos ocuparán La Laja y ahí siguen hoy los hijos, nietos y bisnietos.
Habrá una explicación para el por lo menos extraño proceder del militar chihuahuense. Conocía la animadversión del presidente López Mateos contra el hispano Manuel Suárez, propietario de los terrenos de La Laja, y él buscaba un favor muy especial del mandatario “carita”. Estaba seguro que chingarse al gachupín significaría el bono tan buscado. Práxedes Giner Durán recordará aquella azarosa jornada acapulqueña, el día que tome posesión como gobernador de Chihuahua (1962-1968).
A la larga, el gobierno pagará la indemnización por la expropiación de La Laja (algo así como cuatro miserables millones de pesos). Colonia visitada por López Mateos cuando inaugurare la avenida acapulqueña con su nombre.

Giner y La Liga

Un grupo de 13 hombres encabezados por el profesor rural Arturo Gámiz García –maestros, estudiantes y líderes campesinos–, denuncian abusos. Explotación y despojos por parte de los caciques ganaderos y compañías madereras y algodoneras de Chihuahua. Todos cobijados por el gobernador Práxedes Giner Duran, él mismo un riquísimo terrateniente. Cansados de no ser escuchados, aquellos 13 jóvenes atacan el cuartel militar de Ciudad Madera cuando el calendario marca el 23 de septiembre de 1965. Muchachos veinteañeros, mueren todos acribillados dando vida a un movimiento insurrecto bautizado con la fecha aciaga: Liga 23 de Septiembre. Para el héroe de la jornada habrá honores, más poder y más riquezas. (Laura Castellanos).
Muerte en el Ejido

La avenida Ejido se anexa a Pie de la Cuesta por una pendiente hoy suavizada. Es una calle de tránsito intenso especialmente durante las mañanas por la presencia del colegio Mac Gregor. La institución se estremece y con ella todo Acapulco con el proditorio asesinato de un padre de familia. José González Miravalles, hispano gerente del hotel Prado Américas, desempeñándose también como corresponsal del diario Novedades de México (su paisano Francisco Torquemada lo era de Excelsior) y jefe de Relaciones Públicas del diario Trópico. Un sujeto hiperactivo que nunca terminó de desgachupinarse, si alguna vez lo intentó.
Aquella mañana del 5 de julio de 1963, Pepe Miravalles cumple el ritual cotidiano de llevar a su criatura al colegio Mc Gregor. Estaciona su automóvil en plena avenida Ejido, cerca de la institución. Cumplido el encargo se entretiene unos minutos saludando amistades que hacen lo mismo que él. Aborda enseguida su auto y cuando apenas introduce la llave del encendido, dos hombres penetran abruptamente al asiento posterior. Uno es Silvino Noriega y el otro, según versión periodística, Bruno Sanguilán. La violencia verbal entre patrón y ex trabajador es breve pero áspera, brutal:
–¡A mí no me va a asustar ningún muerto de hambre como tú, pendejete… Sábetelo que la empresa no te debe ni un cinco porque yo mismo le pagué tu indemnización al líder de la Sección 20, Martín Sánchez Rodríguez, cóbrasela a él si tienes tantos güevos…! Y te advierto una cosa, cabroncito: no me vuelvas amenazar porque yo sí te parto toda tu madre. ¡Entérate, pobre pendejo, presidentes y gobernadores me deben favores y aquí los tengo comiendo en mi mano! ¡Ahora tú y tu apestoso amigo sáquense de mi carro, a la chingada!
–¡Pinche gachupín mañoso, a tí sí te va a cargar la chingada y ahorita mismo!–, sentencia un enloquecido Silvino Noriega, al tiempo que saca una pistola de entre sus ropas para accionarla en una sola ocasión sobre la nuca del hispano.

La Calle 12

La Calle 12 fue un popular swing de principios del siglo pasado y es una de las trece que bajan como toboganes hasta la avenida Ejido, las primeras numeradas de la ciudad. Comunican a las colonias Cuauhtémoc, Alta Cuauhtémoc, Bellavista, Alta Bellavista, Juan R, Escudero y Mártires del 68. En esta última es comprensible la existencia de una Calle 2 de Octubre y hasta una Antonio Castillo (?). Suena a confusión, sin embargo, una bautizada como Olímpica, por razón de que “Olimpia” se llamó el batallón que masacró a los mártires del 68.
De la otra acera, fluyen hacia Ejido las calles Río Lerma, Río Colorado, Río Bravo, Río Grande, Sierra Norte de Puebla y Malpaso. Esta última condujo a miles durante el siglo pasado para convivir con las damas que lo habían dado (el mal paso, por supuesto) laborando en la Zona Roja. Muy pocas de ellas dignas de posar para un calendario, excepto la hermosa Gloriela, cuya cuota mínima equivalía a cien salarios mínimos de los años 70.

Próximamente: Más sangre en Ejido…

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