María Luisa Garfias
El pacto de las mujeres
¿Qué es lo que ha pasado, para que en estos 60 años de ciudadanía las mujeres hayamos avanzado tan lentamente? ¿Cómo justifican los partidos políticos, los órganos electorales y el mismo gobierno de Guerrero, que a pesar de contar con un marco jurídico que protege los derechos políticos de las mujeres, continuemos subrepresentadas en los espacios de toma de decisiones políticas, como es el Congreso, los ayuntamientos, las direcciones partidarias, los órganos electorales y el mismo tribunal electoral? ¿Cuál es el argumento para que de 1963 a 2012, sólo 71 mujeres hayan integrado el Congreso local, mientras que los hombres han sido 410? ¿Será que a las mujeres no nos interesa la política o será que como se pregona, las mujeres no tenemos la capacidad para hacer propuestas, debatir o negociar?
Para ligeramente explicar el porqué, pero no justificar, debemos ubicarnos en la organización social en que vivimos, el patriarcado. La antropóloga Dolores Reguant señala que “Eel patriarcado es una forma de organización política, económica, religiosa y social, basada en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres; del marido sobre la esposa; del padre sobre la madre, los hijos y las hijas; de los viejos sobre los jóvenes y de la línea de descendencia paterna sobre la materna. Este sistema ha surgido de una toma de poder histórico por parte de los hombres, quienes se apropiaron de la sexualidad y reproducción de las mujeres y de su producto, los hijos; creando al mismo tiempo un orden simbólico a través de los mitos y la religión, que lo perpetúan como única estructura posible”.
Ha sido pues, el patriarcado, el que ha impregnado las estructuras de la sociedad, de las instituciones educativas, de la familia, de la Iglesia y de todas las estructuras sociales, el que nos destino como espacio de vida el ámbito privado, es decir, la casa, los hijos, el esposo y todo lo qué en ella se encuentra, dejando para “ellos” lo público.
Es así que la influencia del patriarcado se enraizó en las instituciones políticas, que ante el temor de la pérdida de poder y reconocernos cómo iguales, se niegan a visibilizarnos, utilizando para ello algunas veces la desacreditación y la violencia. Ese uso cotidiano y de por vida del poder, en todos los sentidos, ha generado entre ellos un pacto, el de valorar solamente las conductas masculinas y haciendo de ellos los parámetros de lo femenino.
Esta conducta patriarcal y este abuso de poder de quienes mayoritariamente han dirigido el país y por lo tanto los estados, como el nuestro, es lo que ha llevado a no tocar campanas al vuelo en este 60 aniversario del sufragio femenino, en donde la ausencia de mujeres en los parlamentos y los cabildos, nos mantienen excluidas del pacto político, económico y social del país.
Y cómo ayer, recordando a las sufragistas, las mujeres de hoy tenemos que renovar nuestro deteriorado pacto e ir construyendo una conciencia común, sobre la necesidad de hermanarse con otras mujeres, para ir poniéndose del lado de la otra, y no del otro, para cuestionar y modificar la relegación a la que nos ha llevado las conductas y políticas patriarcales; tenemos que tomar conciencia de la invisibilidad de nuestros derechos y por lo tanto de nosotras mismas y recuperar nuestra ética cómo feministas, como defensoras de derechos humanos o como libre pensadoras.
Por ello, las mujeres políticas y las que no lo son, debemos hacer un pacto interideológico, que responda a una prioridad, la de frenar la desigualdad y la discriminación genérica, que somete y rebaja a las mujeres a un “status” de inexistencia.
Es necesario recuperar nuestra historia, para mirar a todas esas mujeres que lucharon para conquistar los derechos que hoy disfrutamos. En esa retrospectiva pensemos en la política, escritora, dramaturga y feminista, Olympe de Gouges, quien en 1791 ante la negación de la asamblea francesa de reconocer los derechos de las mujeres, redactó y dio a conocer la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, para reclamar para las mujeres los mismos derechos políticos que disfrutaban los hombres, el voto entre ellos, la respuesta fue el calabozo y la guillotina.
O visibilicemos a las más de nueve mujeres del barrio de Santa Julia, en la capital del país, asesinadas el 5 de junio de 1857 por marchar para exigir reconocimiento al voto. La historia de las mujeres en su lucha por el sufragio en México, no está exenta de la violencia del Estado. Logramos la reforma constitucional, somos ciudadanas, pero nos siguen tratando como menores de edad.
La violencia política del patriarcado hacia las mujeres nos arrebata nuestros derechos, es tiempo de unidad y no de división, es tiempo de hermandad, de sororidad. Debemos convocarnos y construir una gran alianza, para exigir –y ya no pedir– lo que por derecho nos corresponde, la igualdad de derechos.
El congreso de Guerrero tiene una deuda histórica con nosotras, es tiempo de pagarla, queremos paridad, respeto a nuestros derechos y castigo a los generadores de la violencia política. Recordemos a las sufragistas y en memoria de ellas, construyamos la unidad.




