Inicia el desalojo de los 335 refugiados que permanecían en el Centro de Convenciones
Karla Galarce Sosa
Damnificados que desde hace más de un mes viven en el albergue del Centro de Convenciones esperan alguna solución de las autoridades estatales y federales, ante la pérdida total o parcial de sus viviendas, debido a que desde el anuncio del cierre del refugio están con la incertidumbre de dónde dormirán.
Ayer por la mañana eran 335 personas registradas en el albergue que está a cargo del Ejército, pero poco a poco comenzaron a desocuparlo. Ayer inició la mudanza de algunas familias.
El brigadista de Protección Civil estatal, Ricardo Oms Ríos, indicó que la dependencia estatal dispuso de una camioneta que ayudará a las familias a trasladar lo poco que tienen para volver a sus casas y restablecer sus rutinas.
Fueron 40 personas que ayer dejaron el albergue. Llevaban colchonetas, una despensa con el sello de la Cruz Roja y bolsas con algunas prendas que recibieron durante la estancia en el lugar.
Aquellas familias que tienen niños pequeños cargan consigo bolsas llenas de caramelos que una asociación civil les llevó. Hasta el cierre de la edición, había en el albergue 295 personas, entre niños, mujeres y hombres.
La rutina en el albergue transcurría bajo el mismo techo de una amplia casa, donde vivían cientos de personas bajo un mismo factor común: la pérdida total o parcial de sus viviendas.
Para unos, según comentaban los damnificados, su estancia allí ya era difícil porque no había privacidad y debían sujetarse a reglas que debían cumplir. “No hay como estar en su casa”, comentaba una mujer a otra, de quien se despedía porque volvería a su casa en la unidad Luis Donaldo Colosio, una de las más afectadas por el paso de la tormenta tropical Manuel.
Vanessa avisó en la mesa de registro que dejarían, ella, su esposo y su pequeño hijo de 2 años, el lugar donde vivió durante 33 días.
Antes de salir, los brigadistas de Protección Civil le entregaron tres colchonetas, una despensa y papel higiénico. Las mujer tomó de la mano a su hijo y les fueron cortados los brazaletes que los identificaban como huéspedes del “hotel del CIA”, como lo llamaron otros damnificados.
“Estoy en el hotel del CIA, vivo desde el 15 de septiembre, en la Costera”, dijo otra persona cuando compartía su experiencia de colaborar en la elaboración de despensas durante los días de la contingencia, de convivir con soldados y otras familias, de regirse bajo reglas de convivencia y, en la limpieza del lugar ante la necesidad de vivir en el albergue porque perdió su casa.
Oms Ríos explicó que a las familias cuyas viviendas fueron dañadas de manera parcial les serían entregados algunos materiales para que las reparasen.
“No los van correr”, les decía a quienes se acercaban para preguntarle qué ocurriría con el albergue ante su inminente cierre.
Tal noticia fue confirmada por el coronel intendente Efraín Flores Almazán, quien informó que ellos habían recibido la orden de desmontar la cocina y dejar libre el sótano donde funciona el comedor y donde tienen instaladas dos plantas purificadoras de agua, la cocina, una tortillería móvil y las mesas, el centro de acopio, empaque y área de carga y descarga de las despensas.
El coordinador del centro de acopio y albergue del Centro de Convenciones dijo que comenzó a funcionar el 15, que se atendieron, durante la primera semana a 2 mil 600 personas, pero conforme los días transcurrieron las actividades de las familias fueron normalizándose y la gente comenzó a dejar el lugar.
“Ahorita tenemos 335 albergados, hay registros que desde el principio la gente manifestó pérdida de sus casas, de todo, otras personas dijeron que tuvieron pérdidas parciales”, explicó el mando castrense.
En relación al cierre del albergue, indicó que la decisión de que siga en funcionamiento o de cerrarlo no compete al Ejército. “Yo recibo órdenes directas del comandante de la región, que es mi mando y él a su vez recibe indicaciones”,
Flores Almazán detalló que hasta ayer fueron preparadas 450 raciones. “Hay gente que llega a desayunar, comer y a cenar y se retira, nosotros no podemos negarles el apoyo; para nosotros, la misión es cubrir esa necesidad básica a todos”.
En lugar hubo hasta un 70 por ciento de personas que tenían piojos, informó el teniente Alejandro Piedras Pérez, quien se encarga de coordinar las tareas de vigilancia y organización del área de dormitorios, registro y zonas de “recreo”.
En la alfombra verde que cubre parte de la terraza del Centro de Convenciones y que forma parte de la zona destinada al albergue, fue conectada una pantalla en la que se proyectaba una película para los niños. Muchos de ellos fueron rapados para disminuir la población de personas con piojos.
Piedras Pérez abundó que una de las reglas para mantener un espacio seguro fue impedir que las personas, la mayoría hombres que llegaban con aliento alcohólico, se quedaran en el lugar; otra medida fue que los damnificados debían ser identificados de alguna manera, debido a que “hubo hombres, principalmente jovencitos”, que se reunían en una esquina apartada del albergue a fumar y que incluso llegaron a generar pequeños disturbios por el control del espacio.
De acuerdo al registro, hay familias de las colonias Isla de Las Casitas, El Quemado, Hermenegildo Galeana, Alta Membrillo Jardín Mangos, Altos de Tamarindo y El Derrumbe.
El caso de Rosario Beltrán Parra es singular. Él fue deportado a principios del mes pasado desde Phoenix y enviado a Reynosa Tamaulipas. Su deportación lo trajo hasta Acapulco dos días antes de que ocurriera el desastre en el puerto el 15 de septiembre pasado. Llegó en autobús de Reynosa a la ciudad de México y de ahí, lo trajeron a La perla del Pacífico, Acapulco. Vive en el albergue como voluntario en espera de que alguna autoridad le ayude a volver a Los Mochis, de donde es originario. Llevaba 6 años trabajando como tablarroquero y desconoce el paradero de sus hermanos, con quienes perdió comunicación después de que murieron sus padres.
La señora Martha Rodríguez Liborio perdió todo y desde hace más de una semana busca restablecer su vida y continuar con su trabajo como trenzadora en la isla de La Roqueta.
El joven Fabián Ruiz Gómez, otro damnificado, dijo que hoy dejaría el albergue, una vez que las autoridades le entregaran dos pacas de láminas de cartón y un poco de madera para reconstruir el techo su casa e improvisar una pared.
El vecino de la colonia Jardín Mangos comentó que él ayudó durante los días que hubo más damnificados, a descargar los camiones con ayuda humanitaria y a armar las despensas.
El coronel informó que los damnificados serían enviados al albergue del CICI de Renacimiento.




