Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*Lo que mujeres y hombres debemos leer

*Amor de la Costa

*Todo sobre los charros del Suspeg 

*Después de muchos años, seis ex compañeras de escuela se juntan en el mismo pueblo donde empezaron a hablar sobre muchachos, a escuchar la palabra sexo y a murmurar romanticismo, en un relato interlineado por las intimidades familiares, las costumbres, los modos sociales y el poder de la religión, así como por las calles y jardines de un pueblo imaginario ubicado al sur de México, que todo indica que se trata de Tixtla.

Lo que mujeres y hombres debemos leer

Esta es la primera novela de Estela Sandoval Cervantes. Ya su título: Lo que toda mujer quiere saber pero no se atreve a preguntar, suena a best seller, a película de Woody Allen, a mujeres al borde de un abismo de nervios, a lo que todos sabemos pero no nos atrevemos a recordar (y menos vamos a andar preguntando), y remite de inmediato a la palabra hombre, afín y contraparte de mujer, su palabra pareja: la otra mitad de la naranja. Si D. H. Lawrence reunió varias historias de Mujeres enamoradas en un libro así titulado, Estela juntó a varias mujeres divorciadas para que contaran su historia personal: qué fue de su vida: de su familia, de su trabajo y, en especial, de su relación sentimental con los hombres.
Después de muchos años, seis ex compañeras de escuela se juntan en el mismo pueblo donde empezaron a hablar sobre muchachos, a escuchar la palabra sexo y a murmurar romanticismo, en un relato interlineado por las intimidades familiares, las costumbres, los modos sociales y el poder de la religión, así como por las calles y jardines de un pueblo imaginario ubicado al sur de México. Éste no se menciona por su nombre, pero todo indica que se trata de Tixtla. El sitio de la reunión es sintomático y recompensador: completa el círculo narrativo que la autora ha ido construyendo en forma sencilla y, como los recuerdos de la contadora de su novela, juvenil, en capítulos exhaustivamente ilustradores de la relación de las mujeres con su mitad ególatra y esquiva.
Claudia, la narradora, alter ego de la autora, reconoce que “crecimos con la cabeza llena de telarañas”, que a pesar de las lecturas y los tiempos que corrían “no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado”, a modo de denuncia social; en el entramado anecdótico, sin embargo, destaca el tono de confesión (“se supone que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres”), del que suelen desprenderse revelaciones dramáticas y sustantivas.
En las páginas finales, la autora dispone un análisis de cada caso a modo de advertencia, como si se propusiera formas de armonizar el rompecabezas de las relaciones humanas, en especial lo que atañe a la eterna naranja platónica. El conjunto trae consigo lo que muchos hombres fingimos olvidar y, desde luego, Lo que toda mujer quiere saber. Esta primera novela de Estela Sandoval Cervantes trae recuerdos presentes que todos debemos releer.
En el Prólogo, Gustavo Adolfo Torres Blanco señala “la inspiración vigorosa” de la autora, y tras recalcar que las historias de las ex estudiantes “entretejen magistralmente sentimientos encontrados y situaciones contrastantes: esperanza y desilusión, amor y desamor, confianza y abuso, inmediatez y búsqueda de trascendencia”, plantea que “los lectores podrán ubicarse según su perspectiva en severos críticos o cómplices solidarios de cada historia. No importa si quien lo analiza es hombre o mujer, siempre nos moverá a la reflexión. ¿Cuál es el enfoque de las relaciones íntimas de pareja según el género? ¿Cuál es su trascendencia? ¿Cómo marcarán nuestra vida?”
Estela Sandoval Cervantes (1959) es ingeniera textil, pero sus intereses –integra una familia tixtleca con especial vocación por la cultura– la llevaron a diplomarse en promotoría cultural y como instructora de danza. Su primer libro, quizá su tesis profesional, fue Los textiles en la fibración, y a partir de ahí ha publicado cuentos, poemas, un libro sobre Tixtla y otro de remembranzas alrededor de la figura de su mamá, Estela Cervantes Basilio.

Amor de la Costa

El texto que sigue tiene su historia: Julio Leocadio Castro (1964) le pide a Angélica Gutiérrez que escriba una Presentación para un libro que considera listo para publicar. De paso, a través de Angélica, me invita a leer su texto (que recibo por internet) y a enviarle, por escrito, mi opinión. Leo su libro –Amor de la Costa– con gusto, y en cuanto puedo le envié mi comentario. Me apuré porque Julio ya había conseguido una “lana” y recalcaba la inminencia de su publicación. Más que comentarios, son “observaciones”. Rapiditas y desorganizadas como un recado urgente. Tan informales que nunca escuché su voz ni su invitación directamente y todo se intercambió electrónicamente. Se sobreentendía que la opinión que me pidió de puritito refilón estaba destinada nomás a él, a ver si servía para algo ahora que le echara una última revisada a su texto, antes de mandarlo a la imprenta.
Como que me acuerdo que Julio invitó a una presentación de su libro en la Costa Chica, donde vive, pero sin dar fecha. Vive en Ayutla y sólo de vez en cuando se da una vuelta por Chilpancingo. A los dos o tres años tuve la fortuna de encontrármelo en el zócalo, con un ejemplar de Amor de la Costa (dedicado) en la mano. Hojee más rápido que ojié: la colorida y simbólica pintura de Erika Zeferino Peralta que llena la portada, la solapa con foto y datos del autor, seguida por la Presentación de Angélica, quien señala que Julio, el sociólogo “que un día quiso cambiar el mundo, ahora está en búsqueda de la esperanza del cambio ya no del sistema sociológico y político, sino de sí mismo”, y asegura que el Julio Leocadio “más auténtico” y menos “cursi” es el que canta al café o a su tierra. Tras los poemas y relatos, el sorpresón: la carta que le había enviado a Leocadio ocupaba toda la contraportada… Le recordaba a Julio cómo era originalmente el asunto, por qué me centro en errores y casi no menciono sus virtudes, cuando llegó una maestra y Juan Sánchez Andraka, que pidió su libro. Terminé de contar cómo las observaciones que mandé por internet en calidad de mientras habían resultado impresas en la cuarta de forros, y hasta Julio, que dedicaba un libro a Juan, se rió de mi sorpresa.
Empieza con “Estimado Julio Leocadio”, a quien después de agradecerle su confianza digo “lo siguiente”. Lo siguiente se centra en la sensación de franqueza que dan los textos, que de inmediato nos dibujan “un alma alebrestada y convidante, asombrada y sensual –si se suelta–, y, cuando no lo esperamos, inconforme y triste… Se agradece la honradez –sigue–, pero los lectores te estaríamos aún más agradecidos si la transmisión de tus experiencias la dieras en el cuerpo y el desarrollo de cada verso, antes que ir al final del poema, como suele ocurrir”. Echo un rollo que ni yo entiendo (“El conejo no debe ser más pesado que la hierba”) pero que trato de aclarar enseguida: “La riquísima y emotiva feria de vivencias que surgen de tus poemas insisten en estar al nivel del ojo, al ras de la realidad, nos las comunicas emotivamente pero con pocas metáforas, confiando –demasiado, quizá– en la convocatoria de la rima, arrinconando en muchos casos a los lectores en la empatía de tus experiencias vitales, antes de habernos convencido del valor particular de cada verso…”
Considerando que, mientras no se publique, un libro está en proceso, y de que estoy platicando con un amigo, no está mal. Pero luego expulso: “Y es que tus asuntos suelen extenderse y agarrar una onda narrativa… El paisaje es indefinido, campirano pero no tan idílicamente florido… Me parece que los rasgos urbanos aparecen alrededor de la antipoética palabra ‘nihilismo’ de los textos que cierran el poemario. Al menos para mí, la tremenda y valiosa emotividad que ronda, palpita y resuella en tus textos se da en una sintaxis tan ordenada que parece corresponder al rígido orden de la realidad a la que te refieres…” Cierro mis acres observaciones con eso de que “no está mal rimar, pero, como dijera Verlaine, si te metes a rimar, borra bien la rima”.
Para terminar, a pesar de que por ahí dice: “con el cielo cobalto del firmamento”, destaco la robustez de “La ternura”, que está de antología. “Es sintético, moderno y muestra el filtro por el que el surrealismo empieza a colarse en los amores costeños de Julio Leocadio”.
La última vez que vi en Chilpo a Julio me informó que era inminente la segunda edición de Amor de la Costa. Fue hace casi un año y desde entonces no he vuelto a saber de él. Quién quite y cuando me lo encuentre en las calles de Chilpancingo me informe que, en efecto, su libro ya fue felizmente republicado, pero que la presentación ya pasó.

Todo sobre los charros del Suspeg

Sobre la sucesión del Suspeg es un sabroso coctel de información maciza sobre la historia de uno de los sindicatos más poderosos de Guerrero y buen número de datos colaterales –incluyendo chismejos de oficina y aún revelaciones personales– que hace unos meses publicó, por su cuenta, el sindicalista Enrique Arreola Ochoa.
En su Presentación, Zacarías Cervantes (que cita a Monsiváis: “Lo más trágico del sindicalismo es que los líderes charros, antes de ser charros, son líderes”) cuenta que, tras leer los originales del texto, “llegué a la conclusión de que el autor debió llevarse… sus más de 12 años conociendo al ‘dinosaurio’ desde sus entrañas, ya sea como maestro de telesecundaria o como comisionado en el Comité Ejecutivo Central –donde conoció los business, las negociaciones, los amarres y los acuerdos bajo la mesa…–” además de realizar “largas entrevistas con actores que conocen muy bien a la organización gremial y lectura de mucha bibliografía”.
Para el dirigente sindicalista Bernabé Benítez Felipe, el autor “nos lleva de la mano para descubrir… las ambiciones, traiciones, desencuentros y encuentros de los personajes que por años se han servido del Suspeg, de los amasiatos por conveniencias; algo que les queda bien claro a estos sujetos es el hecho de que más vale una rebanadita de pastel a quedarse sin nada. En la fauna política de nuestro sindicato, el odio de ayer se convierte en el más puro amor del presente”.
Al tiempo que Arreola Ochoa realiza labores de prensa en el sindicato (por un tiempo lo apodaron Charreola), dirige Numeralia del Sur, revista libre y marginal que lleva siete largos años apareciendo con inusitada puntualidad. La crítica política directa y el humor con filo negro que rebosa las páginas de la revista, no faltan en la Sobre la sucesión… Si a esto juntamos la autocrítica y autoironía que el autor suele aplicarse a sí mismo en sus escritos, sobre el entramado de una crónica sindical ya tenemos un libro con buena dosis narrativa y muy personal. Para que los lectores no se vayan sin un ejemplo de esto, nos vamos a la contraportada, donde se informa que Enrique Arreola Ochoa es sonorense (1961), “de madre guerrerense y padre sonorense, pero más bien el autor se considera un engendro de la UAG…, donde estudió economía y para maestro en ciencias sociales, en la oscura década de los ochentas del siglo pasado y comía lo que nunca sobraba en el comedor universitario y la casa de estudiantes número 2”. “A partir del siglo XXI está comisionado en su sindicato” y “paralelamente incursiona en los medios de comunicación y a partir del mediodía se disfraza de periodista”; para él, Numeralia es su alter ego, “después de su familia surgida en estas tierras surianas, claro si olvidar además a los amigos que lo tratan como paisano, guerrereño, y lo señalan sin chauvinismos, digno de pisar el suelo sin avergonzarse de lo que hace, dice y escribe”.

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