Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

*El cangrejo rey

Aunque los lugareños lo conocen con el nombre menos aristocrático de Moyo, en las revistas de cocina exótica se refieren a ellos como cangrejo rey, y sin duda lo son por su tamaño desmesurado con que crecen entre los manglares, en la espesura de los esteros.
Los moyos son pues cangrejos que asustan a quienes no están familiarizados con ellos porque además de su tamaño espectacular que llega a igualar al de una tortuga, cuentan con unas temibles tenazas en su extremidad delantera con las que cazan y aseguran su presa.
Todo el cuerpo lo tienen lleno de duras y puntiagudas espinas que hacen estragos en  quien los llega a pisar. A veces los moyos hacen travesuras a los bañistas escondiéndoles la ropa que dejan mal puesta o comiéndose sus alimentos, pero nunca había oído que alguien contara algo parecido a lo que le sucedió al güero de allá de Ocote de Peregrino.
Cuenta que en una ocasión que fue a pasear con su familia a la playa de Las Antenas, cerca de la Universidad Tecnológica, enseguida de que todos se arreglaron para meterse al mar, aprovechó que se quedó sólo para hacer sus necesidades fisiológicas y no halló lugar más apropiado que bajo los mangles, en la parte seca del estero.
Dice que como a él le gusta hacer del baño a gusto cuando anda en el campo casi se quita toda la ropa para no sudar y que en esa ocasión tenía que desfajarse la pistola calibre .45 que traía en el cinto.
Puso el pantalón y la camisa enfrente y la pistola sobre la ropa disponiéndose a disfrutar el placer de expulsar del cuerpo lo que se había comido, y cuenta que estaba tan despreocupado haciendo lo que el cuerpo le pedía que cuando escuchó el ruido de un motor que se acercaba, ni se inquietó, hasta que cayó en la cuenta de que iba en la dirección donde él se encontraba en una postura poco apropiada para recibir a alguien.
Como supuso que él quedaría expuesto y sin calzones ante el carro que se aproximaba, quiso apurarse a vestirse, pero cuando levantó la vista donde se encontraba su ropa se dio cuenta de que un enorme moyo emergía de ella y con sus poderosas tenazas agarraba la pistola apuntándole.
La primera reacción del güero fue de sorpresa y dice que hasta risa, pero se contuvo porque cuando intentó dar un paso para rescatar su ropa el tremendo animal se movió como los experimentados gatilleros que se van a batir a duelo. El güero daba un paso pa’delante y el moyo un paso pa’trás, así estuvo durante breves segundos pensando seriamente en que con un movimiento brusco el moyo podía disparar, (¡y que tal si no tenía mal tino!).
Como el güero lo platica tan convencido y festivo hasta uno llega a creer que las cosas sucedieron como lo cuenta. Dice que en ése intento estaba de querer recuperar su arma y la ropa para vestirse que finalmente quien lo salvó fue precisamente el carro que anunciaba su llegada, pues se paró precisamente donde el moyo se vio en desventaja porque ya no supo a quien apuntar, tirando la pistola y aligerando la carga para huir entre el fango.
Ya el güero no tuvo que dar ninguna explicación, la explicación a los recién llegados que lo encontraron sin calzones, de manera que lo más honroso para él fue taparse la cara para que no lo conocieran.

El pinto es un hijo de la chingada

Esta vez la jugada de gallos era en Las Hamacas que así se llamaba el patio de recreo que durante años funcionó como club de los galleros en El Coacoyul.
Como nunca falta en ése ambiente la presencia de turistas que buscan emociones nuevas llegó hasta el lugar cercano a Ixtapa un grupo de vacacionistas deseosos de  vivir la experiencia de un juego clandestino.
Cuando anunciaron la hora de las apuestas los visitantes se sintieron contagiados por el ánimo que se vivía en torno al ruedo. El líder del grupo de turistas se acercó al que le pareció hombre experimentado de entre los apostadores y le preguntó.
–Oiga, y cuál de los gallos que van a pelear es el bueno.
–El giro grey, respondió con desenfado el interrogado.
Entonces el visitante regresó con el grupo que lo acompañaba para darles la noticia  sobre el gallo bueno, procediendo a hacerse una cooperación para apostar, seguros de que ganarían favorecidos por el amplio conocimiento de quien circunstancialmente se convirtió en su asesor.
Entre todos juntaron cinco mil pesos que fue el monto de la apuesta.
El gallo giro grey venía del criadero de Chevo, en el municipio de La Unión y su contrincante, el gallo pinto, era de Petatlán del partido de Rogaciano Alba.
Con todo el ceremonial los amarradores hacían su trabajo con las navajas que ya el juez había aprobado para la pelea.
Los dos gallos aparecían imponentes. El giro grey con su brillante plumaje blanco cubriéndole el pescuezo hasta juntarse con las plumas amarillas del medio cuerpo hasta el nacimiento de la cola de un encendido color negro, y el pinto, mezcla de rojo brillante en el pecho y  blanco el resto del plumaje.
Las apuestas aparecían cargadas para el gallo de Petatlán, pero los visitantes no eran muy fijados en esos detalles y sólo esperaban ver que en los hechos se reflejara el saber de su asesor.
Por fin soltaron los gallos y empezó la pelea en el centro del anillo, y era tal la ferocidad del primer encuentro que volaron las plumas a diestra y siniestra. Los gallos parecían parejos y así lo percibieron los amarradores que luego de levantarlos y ver que ninguno estaba herido volvieron a soltarlos.
La pelea se definió en el segundo encuentro cuando el gallo pinto más veloz que el giro tomó la delantera y con un golpe certero casi le cortó el pescuezo a su oponente dejándolo con los aleteos de la muerte entre la arena levantada y ensangrentada.
En cuanto los visitantes se dieron cuenta de que habían perdido la apuesta, le reclamaron a su líder el error cometido y éste indignado fue en busca de su asesor circunstancial que en ése momento estaba recibiendo su premio por haber apostado por el gallo pinto.
–Oiga amigo, ¿Por qué usted le apostó al pinto y me dijo que el bueno era el gallo giro?
–¡Pus qué no ve amigo! No me equivoqué,  usted me preguntó por el gallo bueno.
El hijo de la chingada es el pinto. ¿No vio cómo mató al giro?

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