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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

*De grinchismos y actos amorosos

Como saben los lectores decanos de este espacio, hace seis años confesé aquí mis convicciones grinchescas, pocos días antes de la Navidad. Desde entonces, cada año por estas fechas corrijo y aumento las razones y motivos de semejante desacato espiritual.
Pero como los lectores recientes de este escribidor no se enteraron, solicito paciencia y gracia de los primeros para contextualizar y aclarar lo mínimo necesario a los segundos, lo que después compartiré con ambos.
Simpatizo con El Grinch –un personaje de ficción creado por Dr. Seuss en 1957, en su libro infantil titulado ‘Cómo El Grinch robó la Navidad’–, porque el personaje es una parodia del consumismo predominante en la temporada decembrina, y la obsesión por lo material por encima del significado espiritual de la Navidad.
Hoy, como nunca antes, la Navidad es el carnaval de los suicidas, la única temporada del año en la que el mundo combate la depresión con ron y villancicos.
El día de la Navidad es asistir a la fiesta de cumpleaños de un extraño y descubrir que los únicos invitados son tú y tu familia. Es una telaraña económica que te somete y obliga a comprar regalos para gente que ni siquiera te simpatiza (compañeros de chamba) y gente que ni siquiera sabes cómo se llama (sobrinos y sobrinas de tercer grado).
Mientras la Navidad es vista por los ingenuos como una época de unión familiar, a los cínicos lo único que nos recuerda es la primera vez que nuestros padres nos mintieron. Hicieron hasta lo imposible por convencernos de que Santa y los Reyes Magos existían, y de que si te portabas mal en el año, estabas frito.
Aunque fuera de temporada el término Grinch suele ser sinónimo de grouchy (gruñón en inglés), no me identifico con semejante interpretación peyorativa. Por ende, ni ésta ni las anteriores entregas buscan fastidiar fiestas y ánimo navideños a nadie, mucho menos a los estimados lectores. Además, como el grinchismo no es religión ni secta, menos aún escondo intentos perversos de proselitismo y adoctrinamiento, pues cada quien es libre y capaz de razonar sus propias filias y fobias navideñas.
Pero justo por eso, me siento obligado a presentar hechos concretos y razones claras para fundamentar mi grinchismo, en una versión corregida y aumentada.
El hecho de que cada año, las tiendas arrancan la época navideña más y más temprano. En éste, la temporada la iniciaron ¡en octubre! A este paso, el año próximo probablemente comenzarán en julio.
La epidemia frenética de alegría artificial y júbilo forzado. Ánimos incongruentes, particularmente en latitudes violentas e intimidantes como la nuestra.
El horrible maratón incesante de villancicos y canciones navideñas atacándote por doquier.
La iconografía conflictiva que te enfrenta con dos iconos fantásticos: el religioso (Jesús) y el comercial (Santa y los Reyes), ambos con agendas propias. La puerta de la esquizofrenia.
La presión de comprar regalos para gente que sólo ves una vez al año.
La presión proporcionalmente inversa a la anterior, de recibirlos con la titánica exigencia de parecer emocionado y agradecido al recibir velas, corbatas y camisas que no te vas a poner.
El oso incomparable de regalar algo a la persona que te lo regaló la Navidad pasada.
Todo el numerito del intercambio de regalos. Cuando intercambias regalos con alguien, te sientes cuenta-chiles si el que le das es más barato que el que te da; lo mismo pasa a la inversa. “¡Guau, un Blue Ray!… eeh, gracias… yo te compré unos calcetines Donelli…”. Calculas cuánto gastar en cada persona, lo que significa básicamente ponerle precio al amor. ¿Cuánto vale mi mamá? ¿Trescientos, quinientos, mil pesos? ¿Y cuánto mi sobrino? Una excelente razón para permanecer soltero es la agonía de escogerle un regalo de Navidad a tu pareja. Y claro, ella o él usualmente te dicen, “no tienes que regalarme nada, con que estemos juntos esa noche es suficiente”. Esto, déjenme decirles, es una vil mentira.
Las compras de última hora, cuando cualquiera con dos dedos de frente sabe que debe alejarse de cualquier cosa parecida a un almacén comercial. Sin embargo, de alguna forma las hordas enardecidas siempre logran arrinconarte en callejones sin salida.
Lo único peor que los tarados que compran todos sus regalos el 24 de diciembre (como tú comprenderás, escribidor), son las nefastas que tienen listas sus compras navideñas desde agosto. No soy misógino, pero siempre son mujeres las que se adelantan tanto (nombren tres fulanos que hayan comprado sus regalos antes de diciembre).
A pesar de lo anterior, no me mal vibren, porfa. De niño me encantaba la temporada navideña. Pero, como decía el comediante gringo Richard Pryor: “Desde que soy adulto la Navidad se parece mucho a un día en la oficina. Uno hace todo el trabajo, pero un tipo gordo de traje se lleva todo el crédito”.
Pero para que vean que lo Grinch no quita buena voluntad, tan presumida en estas fechas, les deseo a todos, lectores y no lectores de este espacio, sabiduría y lucidez para recuperar con los suyos principales, el verdadero significado de la Navidad… “¿y cuál es, según tú, el verdadero significado de la Navidad?”, me preguntó mi padre en la sobremesa, temo que un poco fastidiado por mi grinchismo pomposo… “eeeeh… pues la unión familiar, la armonía, el amor, ¿no?”, le respondí, acalambrado y errático ante la alevosa e inquisitoria pregunta paterna.
“Pos sí, ¿qué no?”, pensé temiendo haber respondido una pendejada. “Darse uno mismo, pensar sólo en los demás, cómo llevar la mayor felicidad a nuestros semejantes, ése es el verdadero significado de la Navidad”, recité en silencio la frase más famosa de Charles Dickens en su emblemática novela ‘A Christmas Carol’ (Un villancico navideño).
Insatisfecho, dejé a un lado mi ateísmo y consulté en Internet el portal digital del Vaticano, presumiblemente lleno de expertos en una tradición tan religiosa como la Navidad.
Ahí, aseguran que el verdadero significado de la Navidad “es el amor. Juan 3:16-17 dice: ‘De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él’. El verdadero significado de la Navidad es la celebración de este increíble acto de amor”.
Eso les deseo a ustedes, y para hacer lo propio, hago mutis hasta el segundo miércoles del año venidero.
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