Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
*Me vale la política
En cuanto arrancó 2014, un montón de feisbuqueros (al menos un montón en mi red social) anunciaron desde sus muros la inminencia ineludible del que, aseguran, será el principal asunto en la agenda pública guerrerense este año: la batalla de los aspirantes a candidato a gobernador del PRI y el PRD.
Casi todos anunciaron el evento con ansiosa impaciencia, aunque la mayoría dejó claro y con descaro que el motivo de su interés no es tanto el debate de argumentos y proyectos políticos, sino el espectáculo irresistible del golpeteo recíproco entre los suspirantes que, también aseguran, será más feroz, cruento, agrio y escandaloso que nunca.
Pero dije “casi todos”, porque uno de los feisbuqueros hizo su anuncio con tono y ánimo aparentemente opuestos a los demás: “Este año será largo y pesado por culpa de los mismos que otra vez quieren ser candidatos a gobernador. Qué hueva, me vale madre la política. ¿Eres priísta? Me vale. ¿Perredista? Me vale. ¿Panista? Me vale madre”, concluyó reiterando.
Y dije “aparentemente”, porque el desprecio indiferente por la política del feisbuquero valemadrista, termina pareciéndose mucho al interés morboso y frívolo de los otros.
Sin embargo, aunque es fácil entender las razones y los motivos de ambos, confieso que me identifico más con la desesperanza oculta en la indiferencia despectiva del valemadrista.
Para empezar, la política no es un deporte, afortunadamente, porque los deportes despiertan la pasión lúdica de los fanáticos. Además, la política es lo que la gente hace cuando podría estar haciendo algo útil, pero eso es difícil y exige esfuerzo, así que deciden no hacerlo.
Vista con cinismo aprendido, la política es algo así: gastar mucho tiempo esperando a que tu adversario diga algo estúpido para que la prensa piense que es importante para la gente. Discutir con los otros, solo para oír tus propios argumentos y pensar “¡uta, qué pinche listo soy!”. Entender los conflictos solo desde el punto de vista que te conviene y luego, ocasionalmente, tratar de entenderlos desde el punto de vista de tus adversarios y encabronarte cañón, cañón.
Pensarte como miembro de un partido político, no como un ser humano con oídos y ojos, y un six de chelas en tu refri, esperando a que regreses a casa. Trazar conclusiones épicas desde la plataforma de tu partido para lanzar tu siguiente candidatura (la que venga, la que sea, la que se pueda). Básicamente, anteponer tu propia necesidad de sentirte emocionalmente satisfecho.
La vida no es así. En la vida no hay “equipos”, no es un juego de malos contra buenos. ¿Quién nacionalizó el petróleo? Un priísta. ¿Quién fue balconeado recibiendo dinero prohibido para una campaña? Un perredista. ¿Qué ex presidente apoya la legalización de la mariguana? Un panista. ¿Saben qué es lo que nos detiene? La negación de los arquetipos inventados por los políticos y reproducidos por los ciudadanos.
Ayer pensé, “¿por qué los priístas son tan corruptos?”, y en ese momento recordé a no pocos militantes de ese partido, de quienes me consta su integridad y honradez. Es decir, estigmaticé a los priístas como los únicos corruptos de la clase política, y eso es injusto e incorrecto. Hay no pocos panistas y perredistas que, me consta, son tan transas y descarados como el peor de los peores tricolores. Los priístas, como los perredistas y los panistas, son mexicanos comunes y corrientes, y por ende, tan listos y tontos, tan corruptos y honrados como cualquiera.
Vista con idealismo resistente, así es como debería funcionar la política: hay un problema. Un político tiene una idea para resolverlo. Otro político no está de acuerdo. Ambos argumentan. Argumentan un poco más. En poco tiempo, logran cierto consenso sobre lo que se debe hacer, o quizá algunas personas votan entre dos opiniones. Nunca, ninguno de los políticos involucrados es adorado como El Nuevo Mesías, ni condenado como El Cuarto Jinete del Apocalipsis. No importa (al menos no debería) si uno de los políticos votó a favor de la reforma energética, o si el otro fue balconeado por su secre, que subió fotos de ambos encuerados en un motel a su muro de Face, porque estaban debatiendo sobre el reordenamiento del transporte urbano en Chilpo, y los asuntos sociales valen gorro, a menos que se quiera hacer encabronar a alguien.
Si el candidato perredista gana la elección a gobernador, el sol saldrá y todos tendremos que ir a trabajar. Si la gana el candidato priísta, el sol saldrá y todos tendremos que ir a trabajar. Es cierto, partes de nuestras vidas cambiarán dependiendo del ganador. La relación con Peña Nieto será mala si gana el PRD (aunque igual y no), los líderes sociales serán más perseguidos si gana el PRI (aunque igual y no).
Así que si tú, querido lector de este espacio, te describes a tí mismo como “del partido que sea”, arrójate desde el puente Mezcala. Entonces, la prensa de “todo lo que dicen los políticos es importante” publicará un largo reportaje sobre cómo los priístas te dieron su empujoncito, o sobre fuentes confidenciales que aseguran que eras un agente encubierto del Cisen, y que por eso el empujoncito te lo dieron los otros.
Irremediablemente, unos creerán la primera versión y los otros la segunda, pero ninguno de los presuntos señalados se sentirá aludido ni preocupado. Total, antes de que el primer gallo cante, casi todos dirán “me vale, es una bronca de políticos, no un partido de las Águilas contra las Chivas”.




