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Humberto Musacchio

Becaproa para las
universidades privadas

Avanza la batida del gobierno federal contra la educación popular. Además de mantener en la inopia a las universidades públicas y de impedir su mejoramiento, se ha trazado una política de estímulo a los centros privados de educación, primero con la deducibilidad de las colegiaturas y ahora mediante el plan de financiamiento que incluye el negocito de las llamadas becas-préstamo.
Fue en marzo del año pasado cuando la Federación anunció que las colegiaturas por la enseñanza privada serían deducibles del pago de impuestos, lo que en la práctica significó un subsidio a las escuelas particulares de todo nivel, pues con la deducción se estima que Hacienda dejará de recaudar 13 mil millones de pesos anuales, los que por supuesto pagaremos los contribuyentes. Con la mitad de esa suma, declaró el rector de la UNAM, doctor José Narro Robles, se podría duplicar la cobertura de la educación superior. De ese tamaño es el despropósito de una medida tan antipopular, clasista y reaccionaria.
Ahora, con bombo y platillo se anuncia un Programa Nacional de Financiamiento a la Educación Superior, pero no a cualquiera, sino precisamente a la que imparten las instituciones propiedad de particulares. Se trata de que los cinco bancos y una sofol participantes en el programa abran créditos pagaderos hasta en 15 años con un monto tope de 215 mil pesos para licenciatura y de 280 mil para posgrado, a una tasa de 10 por ciento.
A los funcionarios se les llena la boca anunciando que los alumnos no requerirán aval, pero los bancos participantes pueden estar tranquilos, pues si por cualquier razón el beneficiario del préstamo no lo paga, lo hará Nacional Financiera con todo y los intereses, que a esa “módica” tasa de diez por ciento pueden acabar cuadruplicando la deuda, pues si el rédito se cobrara únicamente sobre la deuda contratada, en los 15 años de plazo el saldo crecería 150 por ciento. Pero como en México se cobran intereses sobre intereses, el monto del débito puede llegar a ser de tres y cuatro veces la cantidad prestada.
En los años setenta la matrícula en educación superior privada era menor al cuatro por ciento del total de inscritos. Hoy, gracias a las políticas neoliberales y el sistemático regateo de recursos a las universidades públicas, ya están en instituciones privadas 30 por ciento de los jóvenes que cursan enseñanza superior, los que en números redondos suman dos millones 700 mil.
El explosivo crecimiento de la matrícula se explica porque cada día egresan más muchachos de la enseñanza media y el sistema educativo no es capaz de ofrecer opciones para todos. Dos millones 800 mil siguen estudios superiores, pero una cantidad muy superior vegeta en el limbo del desempleo y la falta de escuelas.
A la tragedia de la mayoría de nuestros jóvenes se suma ahora la burla que implica este programa, con el cual se quiere paliar la tacañería del gasto gubernamental en las universidades públicas a cambio de garantizar el negocio a la educación privada, que si bien cuenta con cuatro o cinco instituciones respetables, está conformada en una alta proporción por universidades-patito, con profesores pésimamente pagados, deplorables planes y programas de estudios –cuando los tienen–, sin bibliotecas ni laboratorios, instalaciones paupérrimas y una cabal ausencia de renovación y actualización del conocimiento, la que sólo se logra mediante la investigación científica, algo que la educación privada no sabe con qué se come.
En suma, en materia educativa, otra vez, “Primero los Forbes”.

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