Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Para ayudar a sus familias niños acapulqueños laboran en el comercio informal en las playas

Mariana Labastida

Para ayudar a sus familias y tener dinero para lo que requieran en la escuela, niños acapulqueños se dedican al comercio informal en las playas de Acapulco durante el periodo vacacional.
Otros, en cambio, se pueden ver acompañando a sus padres, que también venden de manera informal en las playas, pero que no permiten que sus hijos interactúen con los turistas o personas extrañas a los prestadores de servicios turísticos.
Jesús Galindo García de 11 años es uno de los tantos niños que recorren descalzos las playas de Acapulco para ofrecer diferentes productos a los visitantes durante su estancia como donas, cubetas y palas para que jugar con la arena, tatuajes, llaveros, collares o quesadillas. Esto último es lo que vende Jesús, quien hace dos años empezó con la venta en la playa para tener dinero para comprar los materiales para la escuela; actualmente está cursando el sexto año de primaria en una escuela de su colonia, la Emiliano Zapata.
Desde los nueve años, el pequeño vendedor recorre la playa del hotel Maralisa, donde inicia la zona dorada de Acapulco, y hasta la Base, según su tiempo, en tres horas puede vender la charola verde con quesadillas que lleva al hombro, 15 órdenes, un total de 60 quesadillas es con las que sale a trabajar, “yo traigo pocas porque no puedo cargar más, pesan”, dijo sonriendo.
Jesús es el más pequeño de su familia, su hermano de 13 años también se dedica a la venta de quesadillas igual que sus dos padres, ambos hermanos empezaron hace dos años al ver que los papás ganaban dinero y aprovechando los periodos escolares de descanso.
“Al principio si me dio flojera, el primer día pero luego se me quitó”, recordó el pequeño.
Dudando, Jesús responde que sí le gusta lo que hace, lo prefiere a estar en su casa “flojeando, allá no voy a ganar nada”, y en un día si vende todas las quesadillas de dos charolas obtiene 600 pesos, quedándose con una parte para él.
Como Jesús, se pueden ver a muchos pequeños vendedores informales que al igual que los adultos corren en busca de un refugio cuando ven que hay operativo de las autoridades, ya que pueden perder la mercancía que llevan.
Aunque no hay diferencia entre los adultos y los niños a la hora de vender, los turistas los desprecian de igual manera al ofrecer la mercancía, aun cuando a los niños les llaman la atención porque anden vendiendo, debido a que la insistencia de los vendedores es contante. Un vendedor viene detrás de otro, de sombrilla en sombrilla.
En las playas de la bahía de Santa Lucía, los vendedores informales, de manera irregular venden quesadillas, ostiones, cocteles de frutas, agua de sabor, nieve, raspados, algodón de azúcar, donas con dulce, collares, ropa, sombreros, bisutería de fantasía y supuesta plata, llaveros y artesanías, entre otros productos.

468 ad