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Federico Vite

¿Por qué sólo hablan de alcohol, señor Carver?

Se cuenta en la biografía Raymond Carver, writer’s life, de Carol Sklenicka, publicada en el 2009 por la editorial Scribner, que la recepción de Catedral (1983) en el mercado editorial de Estados Unidos fue una sorpresa amable y aún irrepetible, pues no pensaban que los lectores anglosajones tuvieran tan buena recepción de un libro de cuentos en el que se pondera, como bien lo reseñaron los críticos literarios de The New York Times de los 80 de siglo pasado, la honorable fortaleza de contar la tragedia de los gringos de clase media.
Stephen King publicó en The New York Times, en 2009, que la biografía hecha por la señorita Sklenicka era un estupendo y ambicioso trabajo. No sólo diseccionaba los infiernos que Carver hizo pasar a sus familiares durante su grave etapa de alcoholismo, escribe King, sino que alude al proceso creativo de los cuentos que le fueron dando aliento vital al autor para continuar con su rehabilitación.
La etapa fiestera, perfectamente detallada en Raymond Carver writer’s life, detonó una serie de preguntas existenciales en las que Carver se vio como una persona muy egoísta, que sin querer había comenzado a marchitar su vida profesional. Se puso a escribir pues, a darle sentido al universo fragmentario de un alcohólico rehabilitado, capaz de hacer, con cada texto, una disección íntima y personal de sus andanzas. Le cantó a eso que corta la existencia de alguien con vicios pequeños pero brutales.
Quizá por la lectura de la biografía incubó inquietudes medianamente nacionales: ¿por qué hay tantos imitadores de Carver en los cuentistas noveles del país? Ojalá fuera por la estética del autor de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?¸pero, tal vez para mi azoro costeño, sólo escucho que se desviven hablando de las prácticas ejercidas por el papá del minimalismo literario para lograr el embrutecimiento etílico necesario. No se refieren, tal vez por temor a revelar algunos secretos, a que Carver definió y perfeccionó su estilo gracias al talento de Gordon Lish –exhaustivamente comentado, aburridamente estudiado–, quien puso la cuota de talento necesario para que un libro como Catedral fuera finalista del Pulitzer, en 1984, premio que finalmente obtuvo la novela Ironweed, del extravagante y fugaz escritor William Kennedy: este libro es protagonizado, al igual que varios de los cuentos de Carver, por un alcohólico. ¿Lish ayudó con su trabajo al crecimiento del cuentista y poeta?
La vida de Raymond también estuvo plagada de discordias y eventuales reconciliaciones, tanto afectivas como laborales, pero el caso más sonado es el affaire Lish vs Carver. En?1998, a 10 años de la muerte de Carver, un artículo publicado en New York Times magazine, escrito por D.T. Max, generó polémica. Aseveraba que Gordon Lish no sólo dio consejos a Carver, sino que reescribió párrafos enteros de sus cuentos.
En el caso de los relatos del libro?De qué hablamos cuando hablamos de amor, Lish reescribió 10 de los 13 finales de los cuentos. Diles a las mujeres que nos vamos (Tell The Women We’re Going) se vuelve más abstracto en manos de Lish, quien suprime las relaciones de causa y efecto que llevan a dos adultos a matar adolescentes, y añade profundidad donde había sobreexplicaciones, señala Max. Otro escritor que ya empezó la tarea de cotejar la mano de Lish en la obra carveriana es Alessandro Baricco, quien en algunos ensayos afirma que hubo cambios sustanciales en las dos versiones (Lish vs Carver), pero no estamos ante la reconstrucción de toda una obra, sólo de cambios que le dieron a los cuentos una dimensión estética mucho más definida.
Cinco años después de la aparición de Catedral, se publica la reunión de cuentos Where i’m calling from, cuyo texto homónimo del libro me parece una declaración de principios que considero una cuota de belleza difícil de pagar en el ámbito literario. Where i’m calling from (Desde donde llamo) cuenta un instante en la vida de un hombre que intenta comunicarse con su esposa; él llama desde un centro de rehabilitación, muy al estilo de los doble AA, pero no recibe el apapacho sentimental –algunos dirían fortaleza– tras confesar que nuevamente ha vuelto a beber y ahora no sabe qué pasará si fracasa. Échenle un ojo. Palabras más, palabras menos, este cuento replantea uno de los tópicos del realismo sucio: se acabaron los héroes. Y aparte de la cuota de academicismo, este cuento nos recuerda que escribir no consiste en relatar una serie de bravuconerías estéticas ni monótonos discursos azucarados; nos confiesa que la estética de un discurso se logra indisolublemente entre la vida y la obra de un autor. Todo empezó por la biografía hecha por Carol, pero sirva este breve artículo para releer algunos cuentos del Chejov anglosajón.

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