Federico Vite
Casi 500 páginas de ficción a medio gas
La gran mayoría de los volúmenes que encontramos en las librerías no son piezas artísticas. Eso ya lo sabíamos. De hecho, pensando como lector, sólo buscamos historias. Claro, lo ideal para alguien con apetitos narrativos es que de preferencia las novelas (relatos o cuentos) recién adquiridas estén bien contadas. No más, no menos, sólo las palabras suficientes para darle cuerpo, espacio y tiempo a las acciones. ¿Es mucho pedir? Ya no estoy hablando de innovaciones, eso quedó sepultado desde los griegos; simple y sencillamente deseamos que esas historias renueven –o lustren– el tratamiento de los temas ya manidos (casi todos para ciertas editoriales de gran impacto). Pensando en los universos personales de ciertos autores, recordé a Carlos Fuentes, quien se diera a la tarea de inventar una ciudad y la forma de hablar en ella. Le dio voz pues a invenciones que fueron muy bien recibidas por lectores latinoamericanos y, en menor medida, por ávidos e inquietos narradores españoles. Fuentes también fue el encargado de hacerle creer a la editorial Seix Barral que Jorge Volpi era la renovación de un discurso mucho más poderoso que el de los anteriores escritores y el mismo Fuentes se encargó de pasar esa estafeta, de consumar el padrinazgo –cuentan algunos agregados culturales españoles– en Barcelona, allá por los 90, cuando Volpi estudiaba en la Universidad de Salamanca. La versión de ciertos agregados culturales va más allá, pero no se sabe a ciencia cierta si se trata de una historia diseñada para el denuesto, lo que sí es cierto, eso lo contó el mismo Volpi en persona, a unos cuantos curiosos hace diez años, que trabajó para políticos cercanos a Salinas de Gortari y, por esas chambas, se fue relacionando con muchísimas personas que le daban curiosidad, y los veía como personajes. Lo simpático es que de esas relaciones obtuvo trabajo como agregado cultural de México en París. Pero volviendo a lo importante, lo literario, es que su obra más citada y traducida me parece un mal borrador de novela: En busca de Klingsor. Es una historia inverosímil y mal lograda que por alguna inexplicable razón se encuentra en todas partes, es como si los editores se empeñaran en que la leas. Klingsor obtuvo el Premio Biblioteca Breve 1999 Seix Barral.
Antes de la fama y el “éxito literario”, Volpi había publicado un libro bastante decente, bueno incluso, que pasó inadvertido, como si le hubieran dicho que lo bien hecho no vale la pena promocionarse. Hablo de A pesar del oscuro silencio (1992, Joaquín Mortiz México). Esta novela sobre Jorge Cuesta es por muchos motivos más lograda que En busca de Klingsor. Ahora, el punto que desata mi curiosidad es que noto con morbo que la editorial Alfaguara publicó la reciente novela del también director del Festival Internacional Cervantino, Memorial del engaño, en la que se cuenta, a manera de autobiografía, la crisis financiera de la primera década de este siglo. En la solapa se lee, “el 17 de septiembre de 2008, dos días después de que se declarase la quiebra de Lehman Brothers, J. Volpi, uno de los genios financieros y mecenas de la ópera más respetados de Nueva York, abandonó intempestivamente sus oficinas de JV Capital Management. Ese mismo día las autoridades lo acusaron del desfalco de 15 mil millones de dólares, cifra considerablemente menor de los 65 mil millones de Bernard Madoff pero suficientes para acreditarlo como otro de los grandes criminales financieros. A diferencia de otras confesiones surgidas al calor de la crisis,?Memorial del engaño?es una poderosa historia de familia que adquiere los tintes de una novela negra. A la par de sus propias mentiras, J. Volpi desvela las de su padre, un empleado del Departa-mento del Tesoro que durante la segunda guerra mundial trabajó como asistente de Harry Dexter White, el creador del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Al término del conflicto, los dos hombres fueron acusados de pertenecer al mismo círculo de es-pías comunistas. De un engaño a otro, este libro singular nos conduce de los secretos de alcoba de Wall Street al grupo de agentes soviéticos que fraguaron el capitalismo mo-derno en un escalofriante catálogo de las duplicidades que anidan en el corazón del ser humano”.
Volpi creó una serie de videos en Youtube y subió algunas imágenes en twitter para darle verosimilitud a Memorial del engaño. Incluso, se atribuye la traducción, originalmente titulado en inglés Deceit, a Gustavo Izquierdo. Me abruma pensar que gente con muchísimo más talento que el joven Volpi no logre ver consumada la aparición de sus libros en editoriales de alto impacto; en especial, cuando este caballero de las artes juega a reinventar la ficción con palitos chinos. Lamentable pensar en la obra de Joaquín Hurtado (Guerreros y otros marginales, Laredo song y Crónica Sero) y ver que la realidad literaria nos dice: Volpi es mejor, no sé por qué, pero es mejor. En fin. Peroratas de uno. No, los libros que vemos en las librerías no son obras de arte. Me quedo pensando en la sapiencia de aquella frase coquetona de Héctor Suárez: ¿qué nos pasa?




