Revive el fervor religioso en propios y extraños como cada Semana Santa en Taxco
*Es el mayor atractivo turístico, histórico y cultural, que rubricó su arraigo e identidad entre los habitantes de la ciudad platera
Claudio Viveros Hernández
Taxco
La tradicional Semana Santa en Taxco, cuyos orígenes se remontan a la llegada de los frailes franciscanos y con ellos la evangelización que devino en el sincretismo cultural y religioso, revivió como cada año el fervor popular, las procesiones y, sobre todo, el ritual y la penitencia pública a la que se sometieron mujeres y hombres agrupados en diferentes hermandades.
Ayer se desarrollaron las actividades más intensas e impactantes, donde como cada año esta ciudad cobijó y atrajo a lugareños a su tierra y a miles de turistas nacionales e internacionales. Actualmente, es el mayor atractivo turístico, histórico y cultural, que rubricó su arraigo e identidad entre los habitantes.
El Jueves Santo marcó aquí la pasión de Jesús, donde se congregaron decenas de imágenes de diferentes iglesias, de la ciudad, barrios y comunidades, para ser parte de la procesión de Los Cristos, la más imponente que surcó durante varias horas de la noche y de las primeras horas de este viernes las calles empedradas y serpenteantes, iluminadas por miles de velas, con las características tonadas de la música de chirimías.
La tradición del Cristo de Xochula
El Jueves Santo se guarda aquí como un día de devoción, de recogimiento y reflexión, aunque con los nuevos tiempos, las vacaciones y la modernidad, estos días de asueto son para vacacionar y romper las rutinas, hasta llegar a los excesos etílicos y conductas desenfrenadas juveniles que muchas veces rompen con las expresiones de fe, según se desprende de comentarios de los mismos habitantes o miembros de hermandades que se sienten afectados por lo que llaman “falta de respeto”.
El de ayer fue un movimiento que arrancó desde las primeras horas del día en las diferentes capillas. Una de ellas, la de la comunidad de Xochula, al sur de la ciudad, que reunió a cientos de personas de todas las edades, quienes a pie y a temprana se trasladaron hasta allá para acompañar en su camino al Señor de Xochula, a quien los creyentes le atribuyen favores y milagros, por lo que lo veneraron y llegaron con él, cerca de las 3 de la tarde, en una larga caravana, transportados en repletos camiones para materiales de construcción donde se alcanzaron a ver hasta más de cien personas, sorteando las curvas y peligros de caminos y la carretera federal para culminar en el centro histórico de la ciudad y frente al Santuario de la Veracruz.
De acuerdo con lugareños del poblado de Xochula, la ceremonia se ha realizado por decenas de años. Desde entonces el Cristo es escoltado por los habitantes del lugar y por los cientos de personas que llegan a él para acompañarlo en su travesía.
En el trayecto y su llegada, fueron otros centenares que los recibieron con chorros de agua para colmar la sed y el calor sofocante al compás del accionar de los claxon de los pesados camiones desde donde los “peregrinos” gritaban y clamaban en tono festivo “agua-agua-agua”, la cual les arrojaban en bolsas de plástico o con cubetas desde las casas. El calor parecía apagarse parcialmente y luego se encendía una y otra vez para ser acallado con más agua que les arrojaban.
Así llegaron al corazón de Taxco y se distribuyeron por doquier, en una enorme masa humana multicolor, muchos empapados, sedientos, extenuados y adoloridos por el ajetreo y los vaivenes de los camiones.
La música de las chirimías, característica de la Semana Santa, se escuchó en repetidas ocasiones y a la llegada de cada una de las imágenes que, paulatinamente, llegaron a La Veracruz. Las últimas de ellas, a eso del mediodía y hasta las 3 de la tarde, fueron las de Zacatecolotla, Tehuilotepec, Poder de Dios, Minas Viejas y Xochula, con cientos de niños, jóvenes y adultos.
Hermandades, piratas y políticos
En esta manifestación de fe, por la noche salieron a las calles cientos de mujeres y hombres que, de manera anónima, al proteger su identidad con el capuchón y la vestimenta de color negro, se intercalaron silenciosamente entre las imágenes religiosas y la feligresía en una disciplina pública, conocidos como penitentes, ánimas, encruzados, flagelados o encorvados.
Al ritmo de un andar sincrónico y el sonido de las cadenas arrastradas atadas a los tobillos, la disciplina o cabresto con la que azotan su espalda hasta sangrarla, o la carga sobre sus hombros y brazos extendidos a los lados con rollos de varas de zarzamora llenos de espinas, estos personajes se sumaron de diferentes puntos de la ruta a la más prolongada de las procesiones.
Los penitentes se contaron por cientos, unos integrados a hermandades bien identificadas y, otros tantos, protegidos dentro de grupos no reconocidos oficialmente, lo que da cuenta del rompimiento de las reglas, aún dentro de la religiosidad y la disciplina que imponían hasta hace varios años este tipo de cofradías, pero que se violenta y provoca el desorden con una queja contenida entre los que respetan las normas que las vieron nacer.
Ahí también, al igual que en días anteriores, otra vez, sin pena alguna, aparecieron funcionarios y políticos locales que han sido durante varios años la comidilla de la gente.




