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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

*Segunda carta al presidente

Señor presidente de México, Enrique Peña Nieto –o señor que se encarga de leer editoriales sobre su jefe–, me atrevo a volver a distraerlo de sus no dudo hartísimas ocupaciones y gravísimas preocupaciones, propias de su altísima responsabilidad, para transmitirle un par de quejas-peticiones, tan sinceras como respetuosas.
Su humilde servilleta es uno de los 200 y tantos mil habitantes de la ciudad de Chilpancingo, na’ más y na’ menos capital de Guerrero, que andamos rete preocupados, agüitados, con el Jesús en la boca, y que no nos calienta ni el solazo sureño de estos días, a causa de dos bronquillas –que por acá se sienten como broncotas–, que a continuación le describo, aunque supongo y espero que usted al menos medio conoce.
Primera. Cuando nos mandó a 300 policías federales para que se hicieran cargo de la seguridad pública en Chilpo, detalle que agradecimos como gente educada, supusimos que la violencia criminal menguaría, pero la neta parece más cruenta, desatada e intimidante que nunca, aunque el alcalde Mario Moreno piense y diga que “no, de ninguna manera”.
Le juro que los chilpancingueños no somos sacatones ni nos espantamos fácil, que como usted seguro ha oído, los guerrerenses sabemos harto y desde hace harto de violencia y violentos. Pero en Chilpo la vida siempre había sido tranquila y serena, con no más de tres o cuatro crímenes escandalosos en cien años; por eso nos acalambra gacho saber que unos fulanos aventaron dos granadas en el hotel Jacarandas, que otros o los mismos fulanos dejaron un muertito mero en la puerta de Casa Guerrero, y que otros o los mismos mataron de sendos tiros en la cabeza a tres adolescentes y otro joven, luego de perseguirlos por las calles de nuestra ciudad.
Y el acalambramiento gacho no cede na’ más porque “siempre que hay detenciones de uno de los principales líderes de la delincuencia viene acompañada de este tipo de hechos”, según explicó el gobernador Ángel Aguirre.
Segunda. A juzgar por el canto de las cigarras y el olor a tierra mojada, empezará a llover antes de que concluya la restauración del “encauzamiento” –así bautizó dice usted estas obras– del río Huacapa.
De por sí la obra no es mucho de nuestro agrado, sobre todo de los que pensamos que rehacer errores es el peor de los errores; ahora imagínese cómo nos sentimos viendo y sabiendo que le cuelga un buen para que concluyan los trabajos; especialmente imagínese cómo se sienten los que viven en sus márgenes y en zonas inundables y de riesgo. Cualquiera sentiría rete gacho, ¿a poco no?
Pa’ qué abundo y alargó más el rollo, que supongo y espero que usted al menos algo sabe ya de lo que le cuento. Aunque también podría suponer pero espero que no lo tengan engañado funcionarios de allá o acá, diciéndole que toda está de pelos, que las obras avanzan de acuerdo con lo planeado y que los chilpancingueños están rete contentos y agradecidos con el apoyo de su gobierno, y rete felices de que la violencia criminal haya menguado harto y de que ya no andamos rete preocupados, agüitados, con el Jesús en la boca, y que ya nos calienta el solazo sureño de estos días, a causa de esas dos bronquillas que le platiqué, porque sincera y respetuosamente, por acá se siguen sintiendo como broncotas.

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