La tradición de viajar a Acapulco ha incluido el mismo camión por 12 años
Salvador Serna
Para la familia Padilla Moreno, sol, arena y mar son la perfecta combinación para la diversión.
Emilio, Erika, Pablo, Pío, Branco, Estanislao, Silvia, la abuelita Estela, el tio abuelo Joaquín, Paola, Noemí y Jorge, así como otros 12 amigos más, forman parte del clan Padilla Moreno, residentes de la popular colonia Gabriel Ramos Millán, cerquita del Palacio de los Deportes, en la delegación Iztacalco del Distrito Federal.
El pasado jueves 5 de abril llegaron al puerto de Acapulco a bordo, de lo que ellos denomina, su “limousín” de lujo, que no es otra cosa que el clásico autobús, con el letrero de Turismo para pasajeros. Y se instalaron en Caleta.
“Nunca, pero nunca falla. Es cumplidor, siempre fiel y leal. Nuestro camión rentado jamás nos ha dejado tirado en 12 años de venir a Acapulquito de forma ininterrumpida. Claro pero, también cuentan las virtudes y pericia del chofer, que es Don Nacho, pero ahorita no está, se fue a caminar por el Zócalo. Le gusta mucho ir allí”, dijo Emilio Padilla Moreno, esposo de Erika Shulz de Padilla.
Al momento de la entrevista, la esposa se muestra más hermética hasta al grado de soltar “¿Y qué le importa?”.
–“¿Camión? No, es un autobús de lujo. Tiene aire acondicionado, películas dvd, televisión plasma y un baño”, contesta molesta.
Subo por la escalinata del autobús “servicio plus” y he aquí el inventario: Ropa y calzado regados por todo el piso, respaldos de los asientos hasta abajo casi casi cama-, trajes de baño y toallas colgadas en los bordes superiores donde se pone el equipaje de bolsillo. Maletitas, maletas y maletotas dispersos y algunos abiertos. En vez de una televisión pantalla de plasma, está la tradicional de 25 pulgadas, Trinitron con cinescopio. Al fondo junto al solitario sanitario, el tesoro perdido de los trastes, cazuelas, olla express, utensilios de cocina, un pequeño anafre, licuadora, exprimidor de jugo y el infaltable invitado a la fiesta : un tanque de gas de 10 kilos.
Ahí están, separados en bolsas las cebollas, jitomates, aguacates y limones. Los cartones guardan atún, ensalada de verduras, galletas saladas, huevo, tortillas de harina, sardina, café, arroz, frijoles y las joyas de la corona: 2 cartones de sopas maruchan, uno de refrescos y 3 de cervezas de todas las presentaciones. También hay botellas y latas vacías de todas las marcas de cerveza.
-¿Nunca comen en un restaurante ?- le pregunto tratando de despejar la incógnita.
“Claro, a las 2 de la tarde sí comemos. Nos vamos al Zócalo, casi siempre. Ya fuimos a comer a Puerto Marqués, estuvimos en el restaurant Lupita, incluso nos pusimos a jugar basketball en la cancha del pueblo, juega bien Don Adrián, se ve que la hacia gacha en su juventud” dice con sarcasmo Don Emilio.
Llegan sus hijos Jorge y Noemí y le piden algo de comer a Doña Estela, la abuelita. De inmediato les prepara unas quesadillas de atún con huevo duro, freídas en aceite
–¿Qué es lo que más les gusta de Acapulco?-
–“Pues todo, chavo. La Quebrada esta chida. Anoche, muchísima gente como en el templo mayor de México.
–¿Volverán en vacaciones de verano o en diciembre?-
–“No creo. Me toca estar con la suegra” .




