Eduardo Pérez Haro
El sector rural en el rescate del sector productor vs sector financiero
Para Manuel Coello y Agustín Andrade.
En el plano internacional la crisis financiera se esparce a otras regiones. Sin haberse desahogado la complicada situación de Grecia ahora España ya con más del 20% de población desempleada, atrae las miradas de todo el mundo, tras el anuncio de un incremento en el nivel de endeudamiento para 2012. Mientras tanto, en ese mismo sentido, se alistan Irlanda y Portugal para subir a la escena y detrás vienen otros países integrantes de la Unión Europea.
La crisis se padece con desempleo que, al reconocer de la misma Chritian Lagarde actual directora del FMI, “está desgarrando las costuras de la sociedad”, ello, en combinación con la elevación de precios, con desaceleración del crecimiento económico y una recesión en la Eurozona que amenaza con escalarse a nivel global, China ya registra sus efectos con repercusiones en todo el orbe, una situación en la que los trabajadores, los empresarios y los que no tienen trabajo pierden, es decir, una situación donde todos pierden.
Sin embargo, el problema de fondo es aún más preocupante cuando las alternativas que se ofrecen con i) el esquema de ahorro y recapitalización del sistema financiero se hace con base en la reducción del gasto público pues con ello se disminuye el papel motor del Estado en la economía; ii) el incremento de los impuestos y la elevación de las tasas de interés del crédito, elementos, ambos, que encarecen el precio de costo de la producción con el consecuente quiebre de las empresas (con excepción de las de servicios financieros);iii) la disminución real del salario frente al incremento de los precios de las mercancías y, una vez más, iv) el desempleo en aumento como colofón.
Decir que este costo que se paga frente a la crisis es muy alto sería expresión pequeña al lado de los gigantescos problemas que le significan a millones de personas de todos los niveles sociales en todas las partes del mundo, pero más delicado resulta advertir que el esquema no es sino para satisfacer la inercia centralizadora del capital financiero y peor aún, que al repetir las fórmulas para enfrentar el problema, y después de sacrificar una generación completa, el ciclo de recuperación paulatina habría de rencontrarse con una crisis de características semejantes.
La crisis actual no es de coyuntura como no lo fue la crisis de la gran depresión del 29 en el siglo pasado. Los cambios que se precisan implican un reordenamiento de largo plazo para el que no basta la repetición escueta de teorías y políticas económicas, y la recurrente disputa artera sobre los recursos y los territorios de interés como lo ejemplifica Irak y Afganistán o ahora lo significa Irán, o en general los países norafricanos (Túnez, Egipto, Libia) y ahora Siria o el reciente conflicto en Malí donde subyacen importantes recursos de petróleo, gas, uranio e incluso turísticos.
La repetición de esquemas es prueba manifiesta de su agotamiento, los capitales financieros crecidos desmesuradamente están fastidiando a los empresarios de la producción y a todas las personas. El problema que representa la crisis actual, es estructural y exige una estrategia económica basada en la recuperación del sector productor en un primer plano y el redimensionamiento del capital financiero.
Los Estados de los diversos países del mundo deben tomar la iniciativa para abrir el patrón de actividades productivas y apalancar la generación de nuevos productos, ya sea en la modernización de los productos tradicionales (salud, vivienda, educación, transporte, etc.) ya para la emergencia de nuevos productos (medicina, comunicaciones, energía, minerales estratégicos, servicios ambientales, alimentos, etc).
El cambio estructural del que hablamos, significa y se visualiza en el cambio de ¿qué se produce?, ¿cómo se produce?, ¿cuánto se produce? y ¿para quién se produce? Nuevas formas de organización de la producción constituyen no una idea mejor sino un imperativo para impulsar una nueva fase expansiva de las economías nacionales y la economía mundial, el potencial de las nuevas tecnologías no puede seguir sacrificado por la centralización financiera máxime cuándo se ha ingresado a su fase de descapitalización por estrangulamiento del sector productor, el empleo y los mercados.
El planeta entero se sumerge en un esquema de reproducción simple contranatura de su lógica de reproducción ampliada basada en el aumento absoluto del mundo de las mercancías, la multiplicación de los empresarios y el número y calidad de los empleos. Bajo este marco y orientación hemos expresado la importancia de volver la mirada al sector rural por su mayor rentabilidad (altos precios) en el marco de la crisis actual y el potencial disponible de medios de producción (tierra), trabajo (pequeños productores y trabajadores agrícolas asalariados) y tecnología dura (maquinaria, equipo, insumos, etc.).
Especial relevancia, asume el acoplamiento de estos factores potenciales en un esquema de nueva gestión productiva que en principio presupone i) una nueva forma de organización de la producción sectorial por regiones, ii) la configuración de economías de escala basadas en la compactación de tierras y iii) la constitución de empresas asociadas con el capital privado, para lo que se requiere el apoyo subsidiario del Estado en componentes para la infraestructura productiva y iv) la intermediación técnoproductiva y de gestión con el sistema financiero y los mercados.
La gran agricultura de riego y buen temporal en la que descansa la llamada agricultura comercial, para el abasto interno y de exportación, en su esquema “moderno” pero ya tradicional, ha llegado a limites reconocibles en el saldo negativo de la balanza comercial del sector agropecuario por lo que sus mejores oportunidades las encuentra en esquemas como el que se requiere en asociación con los pequeños productores abriendo un patrón de actividad que le dé mejores márgenes a la seguridad alimentaria y aproveche las oportunidades, que, paradójicamente, surgen en medio de la crisis ante el aumento de la demanda general de los productos del campo, provocada por la destacada presencia de los grandes países emergentes integrantes del BRICS.




