Renato Ravelo Lecuona
Aguascalientes en Madrid
Bajo la cabeza común de Escriben al subcomandante Marcos, en La Jornada del 27 de noviembre aparecen dos artículos, uno firmado por Carlos Monsiváis y otro por Marcos Roitman, comentando el mensaje de Marcos a los asistentes del Aguascalientes de Madrid. En verdad Monsiváis no le escribe a Marcos, le escribe a la opinión pública en general, para definir su posición sobre las leperadas escritas por el Sub, y lo hace en nombre de su simpatía por el movimiento indígena. La forma y el estilo es lo que más le ofende a Carlos y el terrorismo lo que más le preocupa.
De fondo está la idea de que Marcos al avalar al movimiento autonomista vasco Batasuna, encubre el apoyo a la ETA, pues dice: “El expediente de Batasuna es muy amplio y muy demostrativo en cuanto a su carácter de grupo subordinado a una lógica terrorista” y casi le pregunta al Sup: ¿cuál es la “causa legítima” del pueblo vasco que Garzón niega? ¿El independentismo o la defensa cerrada de ETA, uno de los grupos más justamente descalificados del mundo?”. Aparte de la dificultad de escudriñar y creer que esta fina división de objetivos exista en la mentalidad del Estado español, viéndolo con toda benevolencia, caemos en el terreno discursivo que el mismo Estado quiere, terreno que cubren con excelencia los medios de todo el mundo: poner en la conciencia pública lo que le conviene para justificar su actitud, es decir, las formas como le hacen la guerra estos vascos. Esto es lo que todo el tiempo ha hecho para diferir el examen de las razones de fondo que tiene para no ceder la autonomía al pueblo vasco; tiempo en el que ha empleo medios represivos y el terrorismo de Estado, ocultos a “la opinión pública”, para orillar a los vascos a responder abiertamente con la misma moneda: el terrorismo. De la misma manera que el Estado mexicano masacra movimientos sociales para producir guerrilleros separados de las organizaciones populares para descalificarlas y someterlas en la lucha civil.
Los Estados se adjudican en exclusiva el derecho a la impunidad. Su lógica es provocar al contraterror para descalificar al contrario y, por ejemplo, evitarse la necesidad de convencer al pueblo español de que existan razones humanas de peso para negar la autonomía a un pueblo que quiere su independencia, porque no existe tal razón, menos cuando no ha podido ni podrá vencer la resistencia de los vascos. Estas que son las cuestiones de fondo están fuera de la atención de los medios, negocio supraliberal que pone en la mente de todos lo que los Estados quieren, y en este caso, el terrorismo.
Los etarras, en efecto, considero que cayeron en su trampa, y que ésta no tiene salida. El enemigo no va a cambiar por terror, no va a renunciar al poder por miedo. La violencia divide a la sociedad en ambos lados de la trinchera, tanto que es difícil separar en los manifestantes contra el terrorismo el sentimiento hegemonista español sobre los vascos, de su simple condena al terror como táctica que los afecta. Esta situación fortalece al Estado hegemonista. Un principio revolucionario indefectible es que no puede haber contradicción entre medios y fines. La violación de este principio es una característica del sistema dominante que no tiene mas lógica que la eficacia para destruir al contrario, por cualquier medio, como la guerra sucia, por que no tiene fines humanos sino intereses de Estado. Y todo movimiento revolucionario tiene fines humanos, no intereses, y no puede alcanzarlos lesionando personas e intereses de terceros, sino logrando su solidaridad. La causa vasca puede tener un amplio apoyo internacional, sin duda, pues está en la hora de los tiempos. Hay que tirar los dardos donde hagan mella: en la conciencia de los pueblos. De su causa justa hablan poco los medios, pero cada acto de la ETA es universalmente difundido, para crearle la cortina de fuego que perpetúa la impunidad del Estado y se cumple exitosamente su estrategia de comunicación.
La lógica del terrorismo es atacar a la sociedad civil para demostrar que el Estado imperial no pueda garantizarle la seguridad a la sociedad, aunque es una estrategia que tiene bandera justa, que tiene pueblo detrás de ella, que es antiterrorista de Estado; es una lógica fallida, pues en lugar de debilitar ideológicamente al contrario, lo fortalece señalando la inocencia de las víctimas y la impunidad de los comandos; lo fortalece para combatir la disidencia como ahora lo estamos viendo, pues el Estado español emprende una franca ofensiva, que en lugar de retroceder avanza contra Batasuna como expresión civil, popular, de la lucha autonómica. Cada acto de los etarras debiera servir para levantar una ola de indignación, no contra su forma de guerra que no ataca al enemigo, sino contra la impunidad del Estado español que no pone la cuestión vasca en una seria discusión, pacífica, legal, constitucional, civilizada. Pero esta discusión, este examen de fondo por la sociedad, no se da así, por el contrario, triunfan las razones de Estado para no hacerlo y seguir ejerciendo su impunidad jurídica de una manera incuestionada que convence hasta los más inteligentes críticos que descalifican las reacciones violentas sin señalar la violencia que los ha llevado a ellas. Los que quieren vivir y prosperar en la paz se ven forzados a optar por alguna de dos violencias. Y en ello no está el cambio. El Estado español para esto gana los servicios del juez Baltasar Garzón al que podemos creer que luchó contra la impunidad de un Estado lejano, el chileno, con la detención de Pinochet. Pero la impunidad del Estado español (¿alguien creerá que es inocente?) consiste en que no busca, ni quiere, una salida justa, pacífica, humanista, a las tendencias autonómicas de los vascos. Garzón apoya ahora esta impunidad, indistintamente de lo que haya hecho con Pinochet.
Esta crítica de Monsiváis parte de ese cuestionamiento al terrorismo inducido desde el poder que se da en los medios, precisamente para obviar las razones y la cuestión de fondo que lo origina: la impunidad del Estado y su negativa a sentarse a discutir la autonomía. Si le cedemos este derecho, caemos en su juego. El Sub descalifica al terrorismo como táctica, no sólo en su mensaje y Carlos lo reconoce.
Sobre la cuestión de Pinochet sí le escribe a Marcos su tocayo Roitman. Con todo el temor de no ofenderlo, de reflexionar con él, sin revelar la motivación de “definir su postura” en el mercadeo de la opinión pública, le hace una amplia explicación para fundamentar que Garzón no es el protagonista de ese enfrentamiento a la impunidad del Estado chileno, sino numerosos actores anónimos que pugnaron y trabajaron para instrumentar el juicio, acto evidentemente significativo para todos los pueblos como el nuestro que tiene muchas cuentas pendientes, que se empiezan tímidamente a cobrar por delitos alternos, mas no por genocidio y guerra sucia. Masacres como la de Aguas Blancas son el antecedente de las respuestas armadas a la impunidad del Estado que reprimió las protestas pacíficas y legales contra la corrupción burocrática. Pero estamos aún lejos, aunque para allá vamos. Si doña Rosario Ibarra se pronunciara por la lucha armada, será entendida y admirada aunque no seguida, pero ello no se dará porque ha demostrado que el fin de su lucha es abatir la impunidad del Estado, y su medio una condena social, jurídicamente ejecutada, forzada por la ciudadanía. Su fin es la condena de la impunidad del Estado, su medio una sociedad que lo sancione, lo que supone una avance real, social, que impida toda impunidad.
El tono del mensaje de Marcos a los globalifóbicos reunidos en Madrid es de una habla cotidiana, que incluye ese tipo de leperadas, entre “compas”, en la confianza de una plática privada, tan privada que sólo la pudieron leer unas diez mil gentes el mismo día, y ahora claro, tendrá más lectores. Después de meses de silencio sale ese mensaje y su tono coloquial, me dejó perplejo. ¿Qué onda? me pregunté. La Jornada hizo el esfuerzo de ponerle seriedad a la misiva rescatando para cabecear la publicación del mensaje completo, con las pocas frases resaltables que suelta Marcos en medio de la irreverencia completa y el cotorreo. ¿Por qué ese nivel de su discurso, que sabía tendría primeras páginas en los periódicos, sabiendo que es vocero de un movimiento indígena que no usa ese lenguaje? Carlos le exige, además de un humor fino, la seriedad de un tratadista de Estado, para hacer respetar a quienes representa, y de plano, lo descarta como tal al decir: “Si, en efecto, el crecimiento de los globalifóbicos es geométrico, resulta inaplazable el debate sobre el destino de los indígenas y de los excluidos, y debe darse en los términos que Marcos ha cultivado y a los que penosamente renunció en esta carta”. ¿Para siempre, Carlos? El Estado mexicano ha querido descalificar a Marcos para descalificar la causa indígena, opuesta a su estrategia depredadora de sus formas de vida. Zedillo hizo su intento y fracasó, Fox le tendió la mano para ser retratado por los medios y también, pero se han encontrado con un líder más brillante que todos sus personeros. Son tres presidentes ya los que no encuentran cómo derrotar al movimiento por la vía pacífica, de descalificarlo. Juegan al agotamiento, pues ninguno de ellos quiere ceder la autonomía, quieren la depredación del capital universal.
Solo la invectiva de Monsiváis me dio una explicación a la forma del mensaje de Marcos. Los que se cubrieron el rostro para ser vistos, quienes empuñaron las armas para que el Estado se pusiera a pensar, quienes negociaron durante meses y meses la propuesta de ley que más consenso ha reunido en toda la historia mexicana, quienes lanzaron una consulta a favor de la paz y el diálogo enviando a miles de campesinos zapatistas a levantar su encuesta por todo el país sin los recursos del Estado, quienes aglutinaron a los dirigentes de todos los pueblos indios de México, quienes se lanzaron en una marcha “del color de la tierra” y tuvieron la recepción más grande que haya tenido una caravana popular en toda la historia de México, quienes pusieron un lenguaje nuevo, bello y expresado su propuesta en un lenguaje poético y simbólico: Para todos todo, para nosotros nada; representar, no suplantar; aspirar al poder sin ejercer el poder; para hacer oír la voz de los sin voz; etc. Estos seres que creyeron poder convencer a la sociedad mexicana de la justeza de sus demandas, que negociaron la paz digna, que dialogaron por meses con los representantes del Congreso de la Unión, y que forzaron a que el presidente Fox respaldara su propuesta de ley. Estos seres pobres en dignidad, vieron como sus esfuerzos de años de negociación quedaron enterrados por un puñado de reaccionarios clericales, neoliberales y dizque demócratas que unánimemente en el Senado mostraron su cretinismo y su pequeñez histórica, rechazando la propuesta que ya era un patrimonio histórico de México y fraguaron asociados otro remedo de ley. Ellos vieron desde la selva Lacandona cómo la clase política quedó tan callada, tan conforme y cómo moldearon la opinión pública. Este triunfo arrollador del cretinismo histórico sobre el Estado mexicano, dejó en silencio al movimiento indígena. ¿Qué hacer? ¿Cómo convencer al Estado mexicano? ¿Cómo quitarle lo ciego y estúpido que es? Las armas nuevamente les darían el triunfo en cualquier campo de batalla y todos los medios invocarían al “Estado de derecho”. Es decir caeríamos en la misma provocación del Estado español contra los vascos. Provocar su violencia, para descalificarlos por terroristas. Esta desde luego no fue su salida. ¿Darle más floritura a su lenguaje? ¿Hacerlo más fino y entendible, más conmovedor para quienes tienen el poder y no quieren oír? ¿Caviar popular para el vulgo empresarial, néctar de historia para la clase política que sólo quiere dominar y engordar en el poder?
Silencio. Meditación. No caben mesas de diálogo porque no hay garantía de que respeten lo que se negocie. No tratan de moderar, esclarecer y embellecer más su lenguaje, porque no hay garantías de que lo escuchen. Nuestras marchas por todo el país los aterran, aunque sólo llevan la palabra, pero les reafirma su deseos de exterminio con planes Puebla, Panamá y Anexas, pues quieren un México sin indios, otros quieren un estado vaticano, otros empresarial, otros burocrático y los indios sólo quieren un México humano, donde quepan. El movimiento indígena se quedó sin interlocultor en el Estado mexicano, aunque tiene la simpatía del pueblo; tiene que esperar a un 2010 cuando revienten entre sí las clases dominantes para que resurja de sus filas el nuevo zapatismo más nacional e internacional, que ofrece a las clases medias su visionario proyecto de nación; quizá habrá que esperar otros 500 años o quizá en el mundo estalle otra propuesta mundial contra el capital. Hay que trabajar hacia ello, con los pueblos. Callar y esperar.
Cuando Marcos saludó a los globalifóbicos de Madrid, lo hizo con el lenguaje que usan los “compas”, para compartir sus ideas como cuates. Sólo hay interlocución entre los pueblos, no con sus Estados, sordos y ciegos. El Sup debió desautorizar a la clase política a meterse en la conversación privada entre los pueblos que están planeando públicamente su liberación, afinando ideas al tiempo que reúnen adeptos de todo el mundo. En este terreno tiene que haber divergencias, ¡a huevo! La idea de un partido e ideólogo infalible, fue una tradición burocrática que debió morir con la URSS. El modo del artículo de Marcos Roitmen marca una pauta para integrar la crítica en este movimiento mundial contra el capital, pues si no cabe la crítica no vamos a construir una democracia alternativa a los Estados que usurpan la representación de los pueblos y les imponen su dominación burocrática a través del manejo de los medios. Estos son de interés social y debemos rescatarlos del capital y de los Estados, pues éstos, como el mexicano y el español no escuchan, administran los intereses del capital, con camisa blanca y corbata de seda, tienen clara su estrategia economicida y cultivan votos a través de su imagen en medios bien pagados, hacen leperadas con un lenguaje elegante. Marcos, usó un lenguaje lépero para expresar sus preocupaciones que obviamente son serias, con un lenguaje que no es el indígena, pero está en su derecho de ciudadano simple que no se pone el solemne saco de estadista institucional, él no quiere ese rol, plantea sus ideas a sus compas reunidos en Madrid como él quiere y ya. Carlos respingó como si fuera vocero de un Estado, cuando no hay diálogo con los Estados, cuando éstos, lépera pero solemnemente se niegan al reconocimiento del otro, cuando ejercen su impunidad desde el poder.




