Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
* La agenda de los problemas públicos
El principal problema de la agenda pública en el actual proceso electoral, es que se define en los medios alrededor del debate de los partidos y sus candidatos, y no a partir de los problemas reales de la sociedad y sus electores.
Hasta ahora, desde el arranque de las contiendas internas de los partidos, los temas de esa agenda han sido casi todos problemas personales de los aspirantes a las candidaturas.
Que si estos o aquellos para el Senado, que si uno u otro en el primer lugar de la fórmula, que si el candidato del gobernador o el de grupos del PRD, que si los de Figueroa, René o Héctor Astu-dillo para diputados del PRI, que si Mario Moreno para alcalde de Chilpancingo o no, que si Walton o Evodio para Acapulco, que por qué tu y no yo… que un montón de agendas y problemas privados e incidentales que no deberían preocupar ni ocupar a más guerrerenses que a los directamente involucrados y aludidos.
Las honrosas excepciones, por escasos y aislados, han sido temas, más que problemas, presentados de manera muy general, la mayoría condensados en lemas y eslóganes de campaña que, por ende, se quedan como meros enunciados sin debate verdadero, como voluntades retóricas sin fundamento ni argumento.
Porque sí, la unidad es necesidad política, la educación, condición sine qua non; las mujeres, un acto de justicia; la pobreza, el enemigo común; la corrupción, condenable; la impunidad, in-aceptable; la inseguridad, un flagelo; y, el cambio, deseable.
Pero, ¿qué más? ¿Cómo, con qué, cuándo, dónde, quiénes, con quiénes, para qué, cuánto tiempo, cuánto cuestan las soluciones?
Porque si todos esos problemas son tan relevantes, tan graves, urgentes y prioritarios, ¿por qué los partidos y sus candidatos no les dedican más tiempo, espacio, esfuerzo, atención e interés? ¿Por qué se debaten más en sus problemas personales y privados, que en los problemas de todos?
Mal por ellos, sin congruencia, responsabilidad, vocación y convicción. Pero mal también por la sociedad y sus electores, sin coherencia, compromiso, interés y participación activa. Y mal, por supuesto, también por los me-dios, porque atienden, cubren, reproducen, escuchan y reflejan más los problemas de los primeros que los de los segundos.
Si los problemas de todos no pueden ser asignados a la agenda pública, ¿cómo un problema concreto recibe semejante atención? La definición de la agenda pública impone preguntas políticas fundamentales como:
¿De qué forma las situaciones se definen como problemas públicos? ¿Cómo los problemas llegan al gobierno? ¿A través de qué canales? ¿Traídos por quiénes o por qué agentes? ¿Cuáles problemas generan atención y cuáles no? ¿Qué tanto influye el dinero en las políticas públicas? Son todas preguntas complejas acerca de privilegios y poder.
Aunque la respuesta a la pregunta fundamental es sencilla, al menos en teoría: la agenda pública es el conjunto de temas que articulan el debate social.
Sin embargo, ese conjunto de temas son impuestos por la clase política dominante, con la complicidad, complacencia o negligencia de los medios de comunicación.
Hasta la aparición de los me-dios digitales y las comunidades virtuales, sólo los grandes grupos mediáticos y algunas grandes instituciones democráticas como los partidos políticos o los sindicatos podían participar en la formación del contenido de la agenda pública. El sociólogo alemán Jürgen Habermas, denunció cómo la fusión entre los grandes grupos multimedia y la élite relativamente estable de los grandes partidos políticos, oligarquizaba el acceso a la determinación de la agenda pública, vaciando la esfera pública y por tanto feudalizando el Estado.
A lo largo del siglo XX, la imposibilidad de modificar la agenda pública desde fuera del entramado institucional y mediático de poder, fue invocado por distintos grupos terroristas e insurgentes como legitimación para la acción violenta, siendo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, con el subcomandante Marcos a la cabeza, el ejemplo más congruente de este discurso.
Pero la aparición y el desarrollo de los medios digitales y las comunidades virtuales está modificando drásticamente este panorama. Las ciberturbas (término acuñado en español en 2003, para describir las movilizaciones y encuentros callejeros masivos producto de un proceso deliberativo desarrollado previamente en la red virtual) de Filipinas en 2002 o España en 2004, se produjeron precisamente en rebeldía frente a un discurso mediático que los participantes consideraban manipulado desde el poder político.
El fenómeno de las ciberturbas demuestra como el viejo sistema de filtros informativos del sistema mediático descentralizado se ve incapaz para contener el flujo de información adversa al poder cuando la blogsfera, el primer medio de comunicación distribuido, alcanza un cierto desarrollo social.
Pero el subcomandante Marcos desapareció sin dejar huellas perennes en la agenda pública, ni sucesores capaces de presionar o influir sobre los temas del debate político-electoral.
Porque hasta ahora, al menos desde el arranque de las contiendas internas de los partidos de esta elección concurrente, los temas a debatir en la agenda pública han sido casi todos problemas personales de los aspirantes a las candidaturas y no los problemas colectivos de los electores.




