Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

  Rubén Padilla Fierro

   La Montaña

La región de La Montaña en nuestro estado, alberga a más de 400 mil indígenas de diferentes etnias, que se comunican en diferentes lenguas y cuyo conocimiento del español es escaso. La Montaña representa la región más pobre y abandonada de nuestra entidad federativa y entre las de mayor marginación en toda América Latina. Es ahí donde se dan las mayores inequidades, en todos los ámbitos.
Si de educación se trata, hasta ahora el gobierno del estado ha contribuido a mantener los altos índices de analfabetismo, deserción escolar, bloqueo a la educación bilingüe, magros pagos a los maestros, desatención en desayunos escolares, abandono a la infraestructura escolar, amén de otros rubros que por no atenderlos también son causa común de que sus habitantes no logren una mejor calidad de vida.
Existen muy pocas carreteras y de ellas sólo algunas, que no llegan a tres, tienen asfalto, la que une Chilapa con Tlapa lo tiene, pero se ha omitido su mantenimiento por sexenios completos, muestra viejo como peligroso trazo, es reducida y sus condiciones distan mucho de ser seguras sobre todo en época de lluvias, los deslaves logran incluso impedir el paso, y los camiones pesados contribuyen a su mayor deterioro; es una de las que más topes tiene, que parecen murallas, algunos incomprensibles entre dos cerros, que no benefician a nadie o como en Atlixtac, uno cada 30 metros hasta llegar a ocho, tal vez para proteger su ganado caprino.
El resto adolece de todo, son de terracería, sin mantenimiento, sin obras de infraestructura, muros, puentes y desagües que al menos permitan su paso durante las peores épocas, su mal estado deja aisladas poblaciones enteras y es otro dique más que se opone al progreso de la región, dificulta el libre traslado de vehículos y personas, encarece los productos del campo y el intercambio de mercancías, la llegada de médicos y maestros y contribuye a deteriorar aún más la ya de por si miseria en que se vive, con tristeza e impotencia se observan cuerpos muy adelgazados, vestidos con delgadas y raídas telas que un día fueron blancas; hombres, mujeres y niños que deambulan descalzos a pesar del frío, el polvo y la insalubridad, producto del escaso alimento que logra mantenlos vivos.
El obligado aislamiento, deteriora la salud individual y colectiva, además de que como en todo el estado, los hospitales carecen de todo, desde medicamentos hasta médicos especializados, igual que las escuelas, sus paredes adolecen de pintura, más no de escurrimientos que el tiempo pinta de negro y que hablan del largo abandono en que propositivamente se les mantiene, tal vez para no destacar entre el pobre caserío, así el recurso para su mantenimiento desaparece como por arte de magia en la realidad pero se ejerce en el papel, incluso se presume que “se solicitan apoyos adicionales porque nunca alcanza”, es tal la simulación que para no fallar y tener sustento muestran sin rubor las estadísticas de mortalidad materno infantil, la provocada por diarreas y neumonías, además del avance de las enfermedades crónico degenerativas.
Esta zona a pesar “del esfuerzo que realiza el gobierno de los buenos ejemplos” ostenta el nada loable primer lugar en desnutrición, se alcanza según el Instituto Nacional de la Nutrición hasta un 300 por ciento por arriba de la media nacional, pero no se piense sólo en niños, no, es en la población completa desde el recién nacido hasta el anciano.
Pensar en agua entubada, drenaje, pisos de cemento, camas en alto es utópico, comer carne una vez cada 15 días es un lujo que pocos se pueden dar, sal, chile, agua y tortilla es su alimento principal; el producto de su trabajo y esfuerzo es poco valorado y es habitual que los intermediarios se queden con la mayor ganancia; pueden verse pueblos de viejos o fantasmas, abandonados por la expulsión de sus habitantes para servir como mano de obra barata en otras regiones o estados, muchos ya no regresan y abandonan sus escasas pertenencias ante lo distante que vislumbran el progreso y una mejor calidad de vida, que en otras regiones logran obtener.
Detonar la región de La Montaña deberá ser una prioridad para cualquier gobierno que se precie de equitativo, hacerlo a profundidad en todos los rubros, respetando usos y costumbres de sus pobladores, pero abriendo oportunidades de empleo, proyectos productivos, acercando educación, salud y vías de comunicación, no con la dispersión de millones que favorecen a los núcleos de población que más votan, sino con obras y servicios que les permita su radicación y logren la confianza de que su terruño es rico e invaluable.

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